Marfa, la reconversión del polvo

Oct 20 • Conexiones, destacamos, principales • 1192 Views • No hay comentarios en Marfa, la reconversión del polvo

 

Esta pequeña ciudad en medio del desierto texano, destinada a ser una ciudad fantasma, ha experimentado un renacimiento cultural y económico gracias al trabajo de artistas encabezados por el minimalista Donald Judd, quienes desde la década de los 70 cambiaron el rostro de sus calles y sitios públicos para convertirla en un centro de peregrinaje para los amantes del arte contemporáneo, el diseño y la arquitectura

 

 

POR PABLO GOLDIN MARCOVICH

 

 

Para Koko, Bruno, Manny, Hugo y Omar

 

A raíz de una serie de coincidencias y decisiones precipitadas, el Jueves Santo a las 4 de la mañana me encontraba en el aeropuerto de la Ciudad de México esperando un vuelo con destino a Chihuahua. La meta era llegar a Marfa, una diminuta localidad en el desierto de Texas donde convergen artistas, celebridades, vaqueros, turistas y poblaciones locales en un sitio de apariencia fantasma.

 

El principal atractivo de la zona son los edificios que el artista estadounidense Donald Judd (1928-1994) adquirió en los años setenta y transformó paulatinamente en talleres y espacios de exhibición permanente para su obra y la de otros colegas cercanos a él. La inercia de esa intervención trajo consigo galerías de arte, restaurantes sofisticados y eventos culturales que encontraron un auge reciente a partir de la instalación en 2005 de una escultura que simula una tienda Prada a la mitad del desierto. Incluso Beyoncé en 2014 publicó en Instagram una foto frente a esta pieza concebida por los artistas Elmgreen & Dragset, nutriendo el fenómeno viral en el cual se ha convertido este pueblo. Sin embargo, las distintas ruinas presentes en la zona, el incremento en los precios de servicios y bienes raíces, y la gran cantidad de casas abandonadas, exhiben una problemática urbana compleja donde no todo es armonía pero ciertamente tampoco puede ser llamada una tragedia. Es un ejemplo que nos ayuda a entender los procesos de construcción y abandono de las ciudades a través de una narrativa muy particular.

 

Aún en el aeropuerto, la escena a mi alrededor es deplorable. Rodeado de niños llorando, personas trasnochadas y un profundo olor a papas sabor fuego, la sala de espera exhibe la concentración de aburrimiento, control y precios desmesurados que representan las infraestructuras aeroportuarias. Aterrizo en la ciudad de Chihuahua a las 7 de la mañana y tomo un camión hacia Ojinaga, la ciudad fronteriza que colinda con Presidio, su contraparte estadounidense. En 2015 Ojinaga tenía poco más de 18 mil habitantes, mientras que Presidio era habitada por sólo 3 mil 959.

 

Block de construcción gris y locales comerciales aparentemente cerrados son el paisaje de mi trayecto por Ojinaga. Cruzo el puente que conecta con Estados Unidos hasta el punto de control fronterizo donde la gente se amontona en la puerta. Viajeros frecuentes y algunos cuantos desorientados nos insolamos colectivamente en espera de un turno para el trámite que pudimos haber realizado por internet. Presidio se compone de construcciones genéricas con tiendas de todo por un dólar. Alcanzo el camión de milagro; los amigos que me invitaron a este viaje llegarían más tarde en coche desde Monterrey.

 

 

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Marfa es el tipo de fenómenos que pasan desapercibidos hasta que descubres una larga lista de conexiones que desconocías. No sólo las obras que se exhiben en sus museos son referencias constantes para el arte contemporáneo, el diseño y la arquitectura, también el cine, la música y las redes sociales de sus visitantes se han beneficiado de esta región. Los vídeos “On Hold” y “Brave For You” de la banda británica The XX y películas como No Country for Old Men de los hermanos Coen fueron filmadas en esa área. Es un sitio de culto que ha oscilado por momentos entre el éxito y el deterioro. De acuerdo a las cifras oficiales, de 1930 a 2016 pasó de los 3 mil 900 a los mil 700 habitantes. La desmovilización que acompañó el fin de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos dejó una enorme cantidad de infraestructura militar en desuso, lo que ocasionó el abandono gradual de viviendas y equipamientos institucionales por todo el país. La base militar Fort D. A. Russell fue uno de esos casos. Al dejar de funcionar en 1946, la economía y vida cotidiana de Marfa se congeló por décadas. Sin embargo, fue en ese mismo estado de pausa y desuso que el artista Donald Judd encontró los incentivos para reinventar su práctica.

 

Judd no fue el primer creativo que cambió la vida metropolitana por territorios deshabitados. Georgia O’Keefe, la llamada “madre del modernismo americano”, por dar un ejemplo, pasó por un proceso similar cuando se mudó de Nueva York a Nuevo México en los años treinta. A su vez, al final de los años sesenta, el interés por establecer diálogos con el paisaje congregó las obras de Walter Di Maria, Robert Smithson y Richard Long, entre otros, en una corriente denominada “Land Art”, que se caracterizó por realizar muchas de sus obras de gran escala en sitios con poca o nula presencia humana.

 

Cuando Judd comenzó a comprar tierras y edificios en Marfa en 1973, su impulso venía además motivado por la necesidad de exponer y realizar su trabajo en un entorno distinto al que los museos y galerías en Nueva York le permitían. Buscaba trabajar sin restricciones de escala ni estar a merced de las exigencias de los circuitos artísticos. En 1977 se mudó oficialmente y continuó comprando casas y edificios que transformó paulatinamente en museos y talleres. En 1979 con la ayuda de la fundación Dia adquirió las instalaciones del Fort D. A. Russel y en 1986 creó Chinati, una fundación sin fines de lucro encargada de administrar las 12 mil 140 hectáreas de tierras vírgenes y más de 80 mil metros cuadrados de edificaciones que el artista poseía para ese momento. Con esta lenta pero furtiva conquista, la ciudad se convirtió en un parque de atracciones dedicado a su obra y a la de artistas amigos que decidió invitar a exponer. El banco, los hangares militares, la barbería, por mencionar algunos edificios, dejaron atrás su funcionamiento original y abrieron sus puertas a artistas como John Chamberlain, Dan Flavin y Emilia e Ilya Kabakov.

 

El fenómeno de acumulación inmobiliaria y su impacto en la ciudad podría tener muchas lecturas. Mientras las acciones de Donald Judd y la fundación transformaron un sitio que había perdido sus fuentes de empleo para incluir nuevas dinámicas y actores, por otro lado, compraron la suficiente cantidad de tierras para preservar a Marfa en un estado inmóvil y limitar su desarrollo orgánico. Casos de decadencia urbana progresiva similares al que el artista encontró en este poblado en los años setenta podríamos enumerar por todo el mundo, como si habláramos de un mal civilizatorio. Sin embargo, las soluciones aún no podrían estandarizarse. Las urbanizaciones que dependen de una sola fuente de empleo se enfrentan al reto de reinventarse o extinguirse cuando esa estructura se modifica. La ciudad de Flint, Michigan, que Michael Moore retrata en la película Roger & Me (1988), viene rápidamente a mi cabeza. Se trata de un caso más dramático y a mayor escala derivado del cierre de una planta de General Motors. En 1960 durante el momento más prolífico de la industria automotriz, la ciudad contaba con 200 mil habitantes. En la actualidad se estima en 96 mil y tiene uno de los índices más altos de criminalidad en urbes estadounidenses con cantidades de población similares. La respuesta durante los años setenta a esa problemática fue la creación en 1984 de un parque temático centrado en el automóvil llamado Autoworld con la intención de atraer turistas. Su cierre, pocos meses después, agregó un nuevo integrante al deterioro urbano que ya asolaba esa ciudad. Marfa, por lo menos, encontró un destino ajeno a la violencia y sus nuevos edificios no sucumbieron en un fracaso comercial semejante. Sin embargo, se enfrenta al reto de la convivencia entre poblaciones externas con mayor poder adquisitivo y poblaciones locales en situaciones económicas vulnerables.

 

 

 

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El reloj de una plaza vacía anuncia las 7 de la noche. Comienza a oscurecer. Han pasado cinco horas desde que bajé del camión y el sitio, a excepción de unos pocos bares, se mantiene inmóvil. Mis amigos siguen en camino. Sentado en la barra del Hotel Saint George, un edificio de apariencia cosmopolita, el cantinero platica con un hombre que viajaba conmigo en el autobús. Viene de Chihuahua, su cara curtida por el sol me recuerda el rostro del escultor suizo Alberto Giacometti en sus últimos años de vida. Lleva veinte años viajando y trabajando por Estados Unidos. Marfa es su sitio preferido. El cantinero, un joven rubio proveniente de Nashville, Tennessee, llegó por una oferta de trabajo que vio en internet.

 

La mesera que nació en Odessa, una ciudad de 117 mil habitantes a tres horas en coche al Noroeste, me platica que sus padres eran mexicanos pero nunca le enseñaron español. Para ella la transformación de Marfa es positiva. Le abrió las puertas para conocer personas de todo el mundo y tener acceso a empleos que no existirían si no fuera por las instalaciones permanentes de Donald Judd y todo lo que derivó de ellas. Días después, a unos cuantos kilómetros en la localidad vecina de Alpine, un sitio totalmente ajeno a la cultura, unos asistentes a un concierto del cantante de country Zane Williams nos comentaban que para ellos Marfa no pertenece a Texas. No les gusta, no le ven interés. Lo consideran un pedazo de Manhattan extraviado en el desierto. El dueño de una tienda de segunda mano opina lo mismo. No le agrada el cambio que tuvo la ciudad, no celebra el tipo de visitantes que llegaron junto con los museos ni el estilo de vida exuberante que llevan. Sin embargo, reconoce la decadencia en la cual comenzaba a sumergirse la zona y los beneficios que trajo consigo la reconversión. Circula más dinero pero todo se ha vuelto más caro. La ciudad es otra. Una gasolinera convertida en galería de arte cristaliza todas esos reclamos y halagos.

 

Visitamos al día siguiente los distintos museos distribuidos por Marfa. Algunos contienen exhibiciones permanentes, otros están dedicados a instalaciones temporales o facetas particulares de la obra de Judd en las cuales desarrolló mobiliario y obras de arquitectura. Las piezas de la fundación Chinati, que se ubican en las instalaciones del ex complejo militar, son infinitamente mejores de lo que imaginaba. La experiencia que genera el vínculo entre los edificios reciclados, el paisaje que se observa en sus enormes ventanas y las obras de arte, supera mis expectativas. Las quince cajas de concreto alineadas en la pradera, las trescientas cajas de aluminio que habitan las dos naves y las distintas intervenciones a los demás edificios donde se encuentran los tubos de Neón de Dan Flavin —minimalista anglosajón— y la intervención de los Kabakov que replica elementos de la ex Unión Soviética; construyen una experiencia sensorial y visual poderosa para cualquier espectador. La armonía entre paisaje, edificios, museografía y piezas me parece suficiente para hacer que el viaje valga la pena. Pero me atrevo a pensar que la ciudad en sí misma, por su rareza y el tinte absurdo que imprime en todo lo que allí sucede es tan valiosa como cualquier otra pieza en la colección.

 

El logro que más celebro de Donald Judd fue haber leído e intervenido en tantas escalas y dimensiones un territorio a partir de las circunstancias en las cuales se encontraba. El resto, las partes negativas por solucionar, aquellas que causan quejas y reclamos, tendrán que ser conciliadas por otros actores, o sus mismos ciudadanos, con las virtudes que esta transformación representa. El viaje me deja con ganas de volver y seguir observando este involuntario experimento de urbanismo temático que pudo ofrecerle una nueva vida a un lugar que parecía destinado al polvo.

 

A mi regreso, observo desde el aire las pequeñas manchas urbanas dispersas en la tierra e intento imaginar reconversiones posibles para territorios que me atrevo a señalar como estáticos, por no decir fantasmas. Basta concebir una historia posible para cada uno, un museo, una nueva fábrica, una institución o un solo individuo que decida mudarse y comenzar a interactuar con su entorno.

 

Los desiertos no sólo concentran condiciones inhóspitas y vacío. Son sitios donde algo más podría estar sucediendo. Lugares que permiten a una historia comenzar y desvanecerse para regresar paulatinamente a la nada donde se originó. De ahí la gran fuerza creativa de estas regiones donde la adversidad es sinónimo de posibilidad.

 

 

FOTO:Donald Judd realizó quince piezas de concreto, entre 1980 y 1984, en Marfa, un pequeño pueblo del condado de Presidio, Texas, cerca de la frontera con México./ Pablo Goldin.

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