El fin de la infancia

Sep 8 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 1472 Views • No hay comentarios en El fin de la infancia

 

Teoría de las niñas, de María Baranda, es una apuesta poética vinculada a la obra de Henry Darger, artista marginal y autor de The Story of the Vivians Girls…, historia fantástica que vincula infancia y esclavitud

 

POR NADIA CONTRERAS

 

Teoría de las niñas (Vaso Roto, 2018), de María Baranda, (Ciudad de México, 1962) se centra en la infancia. Dividido en tres partes y compuesto por un total de 66 poemas, parte de un diálogo directo con el padre, el pintor, y las hijas, que en cada uno de los lienzos-muros, mostrarán sus inquietudes, sus exploraciones, sus miedos. “Creé un mundo, dice Baranda, a partir de unas niñas que son creación de un dibujante, un dibujante que en el poema es mi padre y que inventa todo un mundo; las niñas que se revelan ante su creador y todo lo que le van diciendo como personajes de ese creador” (El Economista, 10 de mayo de 2018).

 

Lo que me interesa destacar en este texto, es cómo la poeta entreteje una historia que poco a poco se va decolorando, las niñas crecen, sangran, sienten deseo, rechazo, felicidad, dolor, conforman así su propia exploración y su conciencia, para finalmente confrontarse con el mundo adulto. Me interesa también la construcción de esta historia (me refiero a la de Baranda), a partir de otra, la de Henry Darger, artista que invirtió parte de su vida en escribir un libro de más de 15 mil páginas, ilustrado con acuarelas, titulado The Story of the Vivians Girls. Lo anterior es posible por medio de un mecanismo que la poeta trabaja de manera perfecta: la imaginación. Y ésta, junto con el poder de los recuerdos, el encantamiento, el hechizo, le sirve para ensamblar, adaptar el argumento, delimitar los contornos, llenar esos espacios vacíos que intentan empañar lo no visto.

 

La dedicatoria con la que abre el libro “Después de Henry Darger y de mi padreˮ, nos coloca frente a una voz que parte de las entrañas y nos preparará para la apuesta poética. Luego, el epígrafe de Juan José Saer: “La infancia es el sólo país, como una lluvia primera, / de la que nunca, enteramente, nos secamosˮ, asegura el sentido metafórico del libro. La lluvia está presente a lo largo del libro. Baranda, quien además escribe libros dirigidos a los lectores más jóvenes, entre éstos: Digo de noche un gato (2006), Sol de los amigos (2010), a diferencia de otros de sus libros como Arcadia (2009), de largo aliento en el que los versos, las pausas, los ritmos, transgreden al poema y lo reacomodan, en Teoría de las niñas apuesta por el poema breve, en verso y en prosa. De esta manera, la poeta nos coloca en medio de la habitación donde el pintor crea su cosmos (recuerdos, ensoñaciones) y el acto de mirar implica, dentro de la historia, un punto de quiebre: “Entra mi padre. / Se pone una cuchara de metal en el ojo / para mirar de súbito, el tiempo / en la superficie de todas las raíces”.

 

El padre, construye el escenario: “traza un muro, luego otro. / Ordena las partículas que ve en las repisas, / cajones / al filo de la cama donde sueña”; el padre, convoca o invoca desde la palabra, la presencia de los niños. Los niños en el dibujo son niñas. La metáfora nos lleva a la historia de Henry Darger, las niñas de sus acuarelas dotadas de un pequeño pene tal vez por el desconocimiento de este sobre la anatomía femenina o por inspiración en el Niño Jesús que veía en sus diarias visitas a la iglesia. Baranda, sin embargo, cambia la historia y así conforma el mundo interior del pintor y el mundo de las niñas que poco a poco tomará su propia luz, sus propios colores; cada verso puede considerarse un episodio del juego imaginativo. Así, por ejemplo, en el poema tres de la primera parte, atestiguamos la primera intención de su esbozo: “Niñas de sal / —se perciben— como una colmena de ángeles plurales”. En el poema once de la segunda parte, las niñas, esas Vivianas de Darger, configuradas íntegramente, son conscientes de sus sentimientos, su soledad, su resignación. Veamos: “Las niñas busca retazos de memoria / en túneles de lumbre / donde el blanco es un pájaro, el amarillo / la fusta de las flores masculinas. // La voz es infinita cuando se busca un nombre”.

 

En determinados momentos, las historias se encabalgan para hacer posible otro sueño, otra revelación o encantamiento; historias que se entretejen y pintan otro lienzo: “… Se escucha un rugido de bestia / donde comienzan los sueños”, “Sus sueños parecen colas de serpientes, / cascadas de carneros en forma de peces / y ballenas en palabras”. Sin embargo, la imaginación es un territorio imperfecto, cruel, trágico. Las niñas conocerán un mundo diferente e inocente que el del adulto, no obstante, en el segundo apartado del libro, se vuelve decididamente doloroso. En un diálogo entre el yo poético, el padre y las niñas, el universo se torna oscuro y cada lienzo registra el dolor, la sangre, la soledad, la miseria, el olvido: “Nadie las mira, / como nadie mira nunca a los muertos / caídos al borde / del camino”. Es como si llegara el fin de la infancia donde no se permite jugar, imaginar, inventar, reír, indagar y sólo se debe recoger lo que sobra, lo que en algún momento fue encantamiento, hechizo. Es lo que ocurre en el primer poema en prosa del último apartado: “El dibujante toma la escoba. Lentas apariciones del polvo en las esquinas. Desgarraduras. Piensa en el papel y en aquellos cuerpos en fuga. Basurales para la risa”. Y continúa: “Las niñas son lo inmaterial, sustancia interior del mundo a su imagen y semejanza. Dios escucha. Dios es polvo. Dios cae lento a las cinco de la tarde inclinándose sin el peso de plomo de su cuerpo. Cae a fondo”.

 

Las niñas se muestran pero van desapareciendo. La imaginación es aniquilada por el discurso de lo real o lo que es posible y el hechizo se desgarra: “Al principio hubo un bosque en sus ojos y un hombre sin figura que ahora sueña el sueño de su historia. Compone fechas, fábulas, retazos que ejecutan la memoria entre los hilos del escombro…”. La edad es fuerza de contradicciones. Muy contrariamente a lo que se dice de la edad adulta en donde todo está medido por la razón, la sabiduría, la posibilidad de la dicha y la felicidad, será la edad adulta la que pisoteará nuestros esfuerzos para volver a la edad “poética” de la infancia, ese paraíso de fuerza imaginativa. Baranda plasma la siguiente idea: “Lo que ya fue es un remordimiento en cada ojo, una mirada en una sola línea y el duelo endecasílabo en la llanura buscada por las niñas. Hay un bosque. Es cierto, pero el dibujante lo guarda para decir: hubo entonces, hubo entonces, lo sé, lo hubo”.

 

La poesía de María Baranda es, por medio de la imaginación, encantamiento, hechizo. Es así su espacio poético, su estrategia empleada para construir el reino de la infancia, su lenguaje, un lenguaje perfecto, limpio, como el de Gorostiza en Muerte sin fin y el de Octavio Paz en Blanco. Esta preocupación por el lenguaje, su reflexión y el hecho de asumir el quehacer literario desde la condición femenina, no es exclusivo de Baranda. Pienso en otras poetas mexicanas como Ana Aridjis, Gloria Gervitz, Elsa Cross, Coral Bracho, Verónica Volkow. Así como en El jardín de los encantamientos (1989), Los memoriosos (1995), Dylan y las ballenas (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2003), el encantamiento, evocará el paraíso poético y la imaginación y la ensoñación configurarán esta Teoría. Surgen muchos otros símbolos: la yegua (que en el caso de Parménides lo transporta de la realidad a la fantasía); los lienzos-muro, lienzos-libro; la sangre menstrual y las serpientes (evoco aquí el poema “Usted nunca ha partido” de María Auxiliadora Álvarez); y la habitación, no como una construcción cerrada, si no como el universo que se inserta en la memoria colectiva, donde desafortunadamente los caminos para llegar a la felicidad se distorsionan. Y la poesía, es posible vía de salvación.

 

FOTO: Teoría de las niñas, María Baranda, México, Vaso Roto, 2018, 80 pp./ Especial

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