Marielle Heller y la falsificación feminuminosa

Mar 2 • Miradas, Pantallas • 994 Views • No hay comentarios en Marielle Heller y la falsificación feminuminosa

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Una escritora en bloqueo creativo y ahogada por las deudas crea un método para satisfacer las necesidades de un mercado urgido de novedades literarias

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POR JORGE AYALA BLANCO

En ¿Podrás perdonarme? (Can You Ever Forgive Me?, EU, 2018), inteligente opus 2 de la actriz-guionista-realizadora-TVserialista californiana de 40 años Marielle Heller (debut rompedor: Diario de una chica adolescente 15, sobre una chava que se enamoraba de la madre de su novio), con sugestivo guión de Nicole Holofcener y Jeff Whitty basado en el libro confesional autobiográfico ¿Podrás perdonarme? Memorias de una falsificadora literaria de Lee Israel, la gatófila literata cincuentona en decadencia y lesbiana de rechoncha efigie en retiro sensual Lee (Melissa McCarthy soberana como nueva Ladrona de identidades) se hace expulsar de su empleo alimenticio por embriagarse en la oficina a las 3:30 de la mañana en 1991 y mandar al carajo a su jefe, asiste a una reunión social donde mira con desprecio al escritor ultraderechista de éxito sin problemas de bloqueo creativo y se enfrenta a su agente literaria en desdeñosa estampida augurándole el peor destino Marjorie (Jane Curtin), se lleva a la brava un abrigo ajeno del guardarropa, padece porque no le alcanzan sus exiguos dólares para adquirir los medicamentos veterinarios de su gatita anciana Jersey a la que adora, recibe el rechazo del casero de su depto maloliente y deshaciéndose, empieza a vender sus pertenencias acosada por las deudas y el pago de la renta, sufre humillaciones del comprador de sus libros usados y rematador a enorme descuento de la otrora alabada biografía de la cosmetóloga Estée Lauder que ella escribió hace demasiado tiempo, recita de memoria en su paso por la TV los grandilocuentes diálogos intelectuales de La loba (Wyler 41), deambula a altas horas de la madrugada por las calles neoyorquinas, entabla en cierto bar desvelado un principio de espontáneo entendimiento amistoso con el pomposo gay narcomenudista inepto Jack Hock (Richard E. Grant egregio) sin pudor para admitir su única virtud (“Jack Hock, big cock”), logra venderle a buen precio a la guapa librera lesbiana que luego intentará ligarla Anna (Dolly Wells) tanto una carta que recibió de Katharine Hepburn como una hallada por casualidad al investigar a la olvidada estrella de vodevil Fanny Brice, para coleccionistas ávidos, y por fin se decide a falsificar, duplicar y robar 400 cartas de celebridades literarias (tipo Dorothy Parker) y del espectáculo (tipo Noël Coward) que le pagan en centenares de dólares y le sirven para salir avante por un tiempo, hasta que sea incluida en una lista de falsificadores perseguidos, use al decrépito Jack para las delictuosas entregas aunque haya permitido la muerte de su gatita, y finalmente sea capturada por la policía, sometida a proceso y sentenciada a causa de su falsificación feminuminosa.

 

 

La falsificación feminuminosa juega a fondo el juego del biopic desglamurizado, heterodoxo, ultraintelectualizado, satírico epocal y de continuo humor cáustico, basándose en la dramática frustración literaria rampante de su heroína, más transgresora y oscura de lo que exhiben una fotografía deliberadamente desastrada y noctámbula hasta en sus escenas diurnas de Brandon Trost y una jazzística música sensualmente irónica cual poswoodyalienesca, de Nate Heller, que concuerda con algunos fragmentos fílmicos del programático Barrio bohemio/Next Stop, Greenwich Village (Mazursky 76) incorporados como en primera persona añorante al implacable flujo intimista del relato.

 

 

La falsificación feminuminosa va descubriéndose paulatinamente como una larga, melancólica y triste meditación sobre el lúcido vacío afectivo (“Soy una mujer de 51 años que ama a los gatos más que a las personas”) y la tentación siempre fallida de establecer relaciones amistosas-amorosas, nunca de lleno la historia de una amistad con el pusilánime paria en paridad Jack o de amor con la atractiva Anna, una insostenible amistad a contralógica y una tardía tentación lésbica, encuentros fortuitos de solitarios ebrios a perpetuidad, contubernios de almas perdidas, confabulación de extravagancias, coincidencias pasajeras de la conciencia cínica (“El sarcasmo es mi religión”) y excentricidades de perdedores inadaptados que la sociedad excluye sin rabia y casi con dulce crueldad inadvertida, cuyos inolvidables momentos culminantes vienen a ser clandestinamente efusivos o entrañablemente secretos, como la travesura del telefonema cómplice al librero ojete sobre su casa presuntamente incendiándose, el descubrimiento en la conjunta limpieza general de heces gatunas debajo de la cama y por doquier, el sobre con el texto tentador que permanece intocado hasta ser abierto demasiado tarde, o el asomo por la vitrina de la bella librera con ambiciones más eróticas que literarias.

 

 

Y la falsificación feminuminosa admite cierto paralelismo con La mula (Eastwood 18) a la hora en que sus protagonistas-ejes de la ficción encaran discursivamente y con gran dignidad y firmeza sus fechorías a la hora de los juicios legales y las sentencias, en sustancia jamás real y completamente arrepentidos, pero ahí donde el nonagenario chofer transportista de droga al servicio de narcotraficantes estadounidenses-mexicanos reconocía sus delitos para seguir cultivando sus inigualables lirios magníficos en la prisión, la falsificadora de ¿Podrás perdonarme? queda en libertad condicional para pagar con trabajo comunitario en albergues de gatos sus deudas con la sociedad, intentando restañar sus relaciones inmediatas citando en un bar al amigo traidor Jack ya minado por el VIH con el objeto de pedirle permiso para narrar los recuerdos que ya estamos viendo y demás, pero en medio de gigantescas paradojas sardónicas, reconociendo que nunca había sido más feliz y creativa que al cometer sus delitos (“La mejor etapa de mi vida”) y una honda satisfacción por la perfecta factura de éstos, todavía en este instante llamando tan clandestina cuan abiertamente a la codicia secreta de los fetichistas lamenombres famosos, diría Canetti, en el aparador de una librería de viejo.

 

 

FOTO: ¿Podrías perdonarme?, protagonizada por Melissa McCarthy, recientemente nominada al Oscar a Mejor actriz por su actuación en esta cinta, se exhibe en las salas comerciales de la Ciudad de México. /Especial

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