La dolce vita de Michel Houellebecq

May 11 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 1359 Views • No hay comentarios en La dolce vita de Michel Houellebecq

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El autor francés recién recibió el Premio Estatal Austríaco de Literatura Europea 2019, por la totalidad de su obra narrativa, poética y ensayística

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POR JOSÉ JUAN DE ÁVILA 

Las novelas de Michel Houellebecq a menudo se juzgan a la ligera como obras de un provocador; el caso de Sumisión refrendó, con los atentados en París del 7 de enero de 2015, cómo una mala lectura o un mal lector pueden detonar tragedias. Houellebecq es satírico, el mayor —quizás el único— de la literatura francesa actual, como en su época lo fue Jonathan Swift para los atónitos ingleses que leían en las aventuras de Lemuel Gulliver, hoy digeridas para el público infantil, una suerte de irónica venganza contra el capellán irlandés.

 

En Serotonina (Anagrama, 2019), su reciente novela, Houellebecq ya no recurre a la distopía islámica para satirizar contemporáneos; su personaje, funcionario del Ministerio de Agricultura, bon vivant, escribe desde el futuro personal como candidato a suicida, para desgajar la sociedad europea posglobalizada que apenas sostienen con alfileres las tres M: Macron, Merkel y May.

 

Florent-Claude Labrouste, de 46 años, rememora: comienza su historia con la fantasía, más patética que erótica, que le provocan un par de jóvenes españolas en Almería “a finales de la década de 2010”, época en que le “parece” recordar que Emmanuel Macron “era el presidente de la República” Francesa.

 

Se droga con Captorix, un antidepresivo que libera serotonina, mientras bebe café Malongo y agua mineral Volvic. Odia su primer nombre compuesto, único reproche a sus padres cuyo suicidio es parte de la tragedia de un hombre que confiesa desde el principio su incapacidad de controlar su propia vida, la cual juzga como “un fláccido y doloroso derrumbamiento” con nihilismo sarcástico y administrativo.

 

Siempre hablando en pasado de una época real presente, el protagonista menciona que el Captorix, (que recuerda los antiguos nombres de héroes galos, como Cingétorix y Vercingétorix, o hasta el cómic Astérix), se comercializó a finales de 2017 y permitió a los pacientes integrar con “facilidad inédita los ritos más importantes de una vida normal dentro de una sociedad evolucionada (higiene, vida social reducida a la buena vecindad, trámites administrativos sencillos)” sin favorecer las tendencias suicidas.

 

Varios paralelismos emparentan el desencanto filosófico de la cultura de la felicidad que Houellebecq satiriza y sataniza, con La dolce vita, de Federico Fellini, estrenada hace casi 60 años. Como Marcello, periodista pobre diablo que se pasa manejando su convertible Triumph Fury, de orgía en orgía, entre el jet set y la plebe, entre intelectuales y divas, persiguiendo la gran nota sin querer jamás hallarla ni mucho menos escribirla, Florent-Claude Labrouste se ha dejado llevar por las circunstancias y, como presunto católico, culpa a Dios, “guionista mediocre”, de sus quebrantos y de ser él mismo una estafa.

 

Maneja un Mercedes 4X4, tiene al menos 700 mil euros en su cuenta corriente y amigos con castillos. Vive con una japonesa, más Juliette del Marqués de Sade que heroína de Haruki Murakami (de hecho, tiene más de personaje de otro Murakami, Ryu, o de modelo de Nobuyoshi Araki), a la que sueña tirar por la ventana tras descubrir que ella estelarizó y grabó al menos un par de gang bangs, uno con perros.

 

Su decepción de la fantasía occidental de la novia japonesa le empujan a dejar su próspero trabajo de burócrata burgués, su departamento de lujo en el piso 29 de la torre Totem; busca desaparecer voluntariamente, como en un documental que vio por televisión (cada año más de 12 mil franceses desaparecen, abandonan a su familia, rehacen su vida, incluso sin cambiar de ciudad, escribe). El mismo novelista ya exploró la sensación de la desaparición voluntaria hace unos años, que derivó incluso en el falso documental de 2014 L’enlèvement de Michel Houellebecq, de Guillaume Nicloux.

 

Las mujeres son fundamentales en la depresión de Labrouste maquillada por la serotonina, que como efectos secundarios provoca náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Kate es una danesa ex yuppi a cuyo lado Florent-Claude se sintió niño, apapachado por su inteligencia y su amor, por su voz que lo hacía sentirse “limpio de toda suciedad, de todo desamparo y de todo mal”. Y a la que traicionó.

 

Kate recuerda a la alegre joven Paola (Valeria Ciangottini), cuya aparición angelical en un restaurante de playa a mitad de La dolce vita y en su escena final da en vano esperanza de purificación a Marcello. La despedida de Kate en la estación de trenes refuerza esa sensación fatalista de antecedente fellinesco.

 

Claire, aspirante a actriz y alcohólica, cuyos máximos papeles eran masturbaciones en vivo mientras una colega leía a Bataille, o como la voz de textos de Maurice Blanchot en radio, pensaba que ya nadie sería feliz en Occidente, que la felicidad debe ser considerada un ensueño antiguo. Otro desastre para Labrouste, como Camille, su novia más duradera, o el sexo, o la cultura, o Francia o la Unión Europea.

 

Ya desde 1998 escribía en Las partículas elementales su idea de futuro y de la obsesión actual por la edad: “…llegará un momento en que la suma de los placeres físicos que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores (…). Este examen racional de placeres y dolores, que cada cual se ve empujado a hacer tarde o temprano, conduce inexorablemente, a partir de cierta edad, al suicidio.”

 

El personaje de Houellebecq, autodestructivo, filósofo burócrata, no tiene piedad con nada ni nadie. París le repugna, “esa ciudad infestada de burgueses ecorresponsables”; se burla del lenguaje “incluyente” y de los movimientos sociales, “¿cuál será el femenino de indignados?”, y hasta de conceptos como feminicidio: “a mí me parecía bastante divertido, me sonaba a insecticida o a raticida”.

 

Imaginándose en prisión mientras fantasea con asesinar a su novia japonesa, rebautiza la novela de Dostoievski como Humillados y enculados. Pone al dictador español Francisco Franco como el impulsor del turismo de lugares con encanto en el mundo. No le horrorizan la pederastia o el infanticidio. Su sátira retrata el hundimiento de Europa, dividida entre falso hedonismo y la depresión.

 

Como el personaje Steiner de La dolce vita, Labrouste alcanza un clímax de desencanto y desesperación con su amigo aristócrata y líder ganadero Aymeric, cuya aparente vida perfecta (similar a la del gurú filósofo de Marcello que termina asesinando a sus hijos), se agota cuando su mujer le abandona por un pianista inglés y se lleva a sus hijas. Amante de las armas, Aymeric conduce una protesta de agricultores de Normandía a la inmolación. Francia arde, como la Catedral de Notre-Dame.

 

La publicación de Serotonina coincide justo con el incendio de la catedral gótica, como ocurrió con los ataques terroristas contra Charlie Hebdo y las Torres Gemelas, tras las apariciones de Sumisión (2015) y de Plataforma (2001). Houellebecq, ¿escritor maldito y vidente, o sólo un cronista de su tiempo? Curioso que otro maestro de la sátira, Jonathan Swift, murió hace casi tres siglos debido a la depresión.

 

 

FOTO: El escritor francés Michel Houellebecq, aún con todos sus dientes, durante una gira por Nueva York en 2017. / EFE

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