La firma Maisky

Dic 8 • Miradas, Música • 766 Views • No hay comentarios en La firma Maisky

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Durante su presentación con la OFUNAM, el violonchelista Mischa Maisky demostró que frescura y arrebato interpretativos son esenciales para mantener la autenticidad de este instrumento

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POR IVÁN MARTÍNEZ

Si uno hace una búsqueda por internet para descubrir quién es el mejor violonchelista del último siglo, encontrará en las distintas listas un puñado de tres o cuatro nombres que siempre se repiten: Rostropovich, Casals, Piatigorsky, Maisky… de estos cuatro, Mischa Maisky es el único vivo. Maisky es también el único violonchelista que pudo ser discípulo de Rostropovich y Piatigorsky. Y como todos los demás, le debe a Casals el descubrimiento de las Suites para violonchelo solo de Bach, ese corpus cumbre del repertorio para su instrumento que tantas críticas le ha traído como intérprete y que como pocos artistas ha tomado con suficiente simpatía.

 

A Maisky lo escuché en vivo por primera vez al frente de la Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) por allá del 2004: una interpretación del Primer Concierto de Saint-Saëns excepcional que sigo recordando como una de mis experiencias más entrañables de mi historia personal y significativas de mi época de estudiante. En esa ocasión, en una charla con público en su mayoría de jóvenes entusiastas, contestó una pregunta que quizá siempre se le hace incisivamente por las constantes críticas de sus detractores, acerca del vibrato y su particular forma, poco ortodoxa y quizá extrema, de interpretar a Bach: “¿¡20 hijos y NO vibrato!? ¡Bach es un romántico!”

 

Regresó a México al Cervantino del 2009 para interpretar tres de las suites bachianas (recuerdo que por alguna situación presupuestal no hizo las seis como estaba planeado, pero fueron suficientes para estremecer a cuantos estuvimos ahí), y luego en 2011 para hacer las Variaciones Rococó de Tchaikovsky en Morelia. Ahora estuvo nuevamente en nuestro país para rendir en la Sala Nezahualcóyotl, al lado de sus hijos la pianista Lily y el violinista Sascha, primero una sesión de cámara el miércoles 28 de noviembre y luego, otra vez al frente de la OFUNAM, el Triple Concierto en Do Mayor, op. 56 de Beethoven el domingo 2 de diciembre.

 

La velada del miércoles la comenzó precisamente con la Primera de estas Suites. Maisky es sobre todo un artista genuino, honesto. Y el sonido que produce de su Montagnana es no sólo grande y envolvente sino noble aun cuando violento y autoritativo; una personalidad sonora y artística abrumadora y aplastante.

 

Su Bach es el Bach de Maisky, nada sorpresivo, pero tampoco predecible. La suya es una voz auténtica, de arrebatos sí, que sigue sonando al Bach escuchado en Guanajuato, pero que se sigue haciendo con frescura; se escucha a un artista interesado y entusiasmado aún por el mismo repertorio. La suya, no con otros intérpretes que quisieran acercarse a esta lectura para ganar reflectores (pienso en Zuill Baley), es una que posee verdad. Eso las hace interesantes todavía y nos mantiene atentos a cada fraseo, a cada silencio, a cada articulación y a cada color. Eso hace diferente al chelista y a sus interpretaciones aceptables, aun cuando no respondan a la escuela más tradicional.

 

El programa continuó con la Sonata Arpeggione de Schubert junto a su hija Lily y tras un intermedio, los tríos Elegíaco no. 1, en sol menor de Rachmaninov y el no. 2 en mi menor, op. 67 de Shostakovich, en los que se unió su hijo Sascha.

 

No puedo imaginar reto más difícil para cualquier músico que tenga una personalidad menos gigantesca, y sobre todo para dos que además cargan con el mismo apellido, hacer música de cámara con él. Ambos están además en una etapa en la que todavía buscan crear, encontrar su propia voz como artistas. Lily tiene 31 años de edad y Sascha 29.

 

Las personalidades son diferentes pero como trío construyen juntos espléndidamente, se funden en comunión exquisita de ensamble. Hay momentos, como cuando se escucha la atención que ella pone en ellos o en la que ellos tocan unísonos, que se crean posibilidades sonoras de seductora superioridad. El encore del domingo, el adagio del op. 11 de Beethoven, fue de una belleza especialmente pura por su delicado tejido.

 

Tener a Misha Maisky al lado puede ser musicalmente agobiante, pero es un portento que se presta, es una voz que se impone y se transmite con naturalidad, no de forma autoritaria. Y la de ella es justamente lo contrario, es una camerista atenta y quizá tímida, de trabajo noble a la que quizá sea difícil destacar en un contexto solista, pero que como pianista “colaborativa” deja la mesa servida para el lucimiento del conjunto: permite el lucimiento del violonchelo en Schubert pero en Shostakovich se deja llevar con vehemencia para hacerse presente a través de la partitura y no de pretender un carácter propio. Al hijo, en cambio, se le nota un fervor juvenil que busca sobresalir, expresar su voz y hacerse distinguir: lo hace con arrebatos musicales que pueden funcionar algunas veces, como en el romántico trío de Rachmaninov, pero la mayoría de ellas no, como en el clásico concierto beethoveniano. Su paleta de recursos no tienen el rango expresivo del padre, pero sobre todo, no suenan auténticos, así que sobresalen por ásperos.

 

La OFUNAM fue dirigida por Bojan Sudjic en la que quizá haya sido su mejor actuación al frente del ensamble. Su acompañamiento al Beethoven fue llevado con suficiente cortesía y atención y cerró luego el programa sinfónico con la Sinfonía Manfredo de Tchaikovsky en una lectura pulcra que, sin embargo y como sucede con otros directores de poco refinamiento, podría haber llegado al éxtasis si confiara más en los rangos dinámicos y expresivos que esta orquesta y su espacio son capaces de soportar.

 

FOTO: El violonchelista letón Mischa Maisky (derecha) durante su participación con la OFUNAM. / Cultura UNAM

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