Morelia: sabor y júbilo

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La variedad de propuestas, desde una entusiasta Orquesta Sinfónica de Michoacán hasta la memorable actuación del cuarteto Penderecki, hace de este festival un encuentro de referencia en América Latina

 

POR IVÁN MARTÍNEZ


Hoy termina la edición 29 del Festival de Música de Morelia “Miguel Bernal Jiménez”, esa iniciativa que, nacida de los hijos del compositor insigne de la ciudad bajo la idea de éste de convertir a su ciudad en una capital americana de la música, se desarrolla cada noviembre en la antigua Valladolid. Este año, el inicio del festival coincidió felizmente con una declaración de la UNESCO hacia la localidad al nombrarla “Ciudad Creativa de la Música”: noticia que alegra como reconocimiento abstracto, pero que en términos prácticos no deja muy claro para qué servirá a éste y a otros proyectos que hacen ejemplar la vida cultural de Morelia frente a otras ciudades del interior de la República
.


El caso de Morelia es particular, pues la mayoría de sus iniciativas musicales es de instituciones de gestión privadas o independientes en su administración, pero que sobreviven presupuestalmente de los distintos órdenes de gobierno. Si los títulos al patrimonio tangible de las ciudades obligan de éstas compromisos tangibles para su salvaguarda, no quiero pecar de ingenuo al imaginar la cantidad de recursos que llegarán a su conservatorio, a su centro de investigación de nuevas tecnologías o a su orquesta sinfónica que tan precaria y milagrosamente sobrevive.


Hay que ir adoptando compromisos transexenales en vez de caprichos sexenales o trienales: la actual alcaldía suele soltar muchas ideas al aire que no se desarrollan y poco ha hecho por brindar apoyo a lo que ya existe y por lo que se les brindó el reconocimiento.


Hice, como cada noviembre, parada obligada para asistir al Festival y fue la Orquesta Sinfónica de Michoacán –reducida a la mitad de sus integrantes– el grupo con el que comenzó mi visita a este encuentro. El viernes 17 de noviembre los escuché en el Teatro Ocampo dirigidos por su recién estrenado director titular, Alfredo Ibarra.


Logro de los encargados de la curaduría, el ensamble ofreció uno de los conciertos más atractivos del festival. Lo fue en términos de programación, pues ofrecieron cuatro obras de compositores mexicanos, tres de ellos vivos. El programa inició con la Alborada de Miguel Bernal Jiménez, formalmente una de las piezas más logradas del catálogo nacionalista del compositor michoacano y que fue brindada con júbilo y entusiasmo, y a ella siguió una versión revisada del Concierto para violín de Héctor Infanzón; buen lucimiento del solista William Harvey, la pieza no tiene la buena factura de otras obras de concierto autoría del jazzista, como su Concierto para vibráfono, más sólido en contenido y orquestación, más maduro en lenguaje.


La orquesta estrenó luego las Efemérides surrealistas de Leonardo Coral, obra bien asentada en forma, quizá sea lo más nacionalista que este reseñista le haya escuchado al compositor. Concluyeron con la Suite Hoofers de Eduardo Angulo, cuya anodina simpleza pudo haber tenido mejor suerte de contar con una mejor lectura de Ibarra, una batuta incapaz de distinguir un fox trot de un swing y menos un paso doble de un tango, los elementos vernáculos en que se basa la pieza.


El lunes 20 por la tarde, tras un espléndido viaje latinoamericano (aunque incluyera a CPE Bach, el viaje fue latinoamericano) del flautista Luis Julio Toro al mediodía,  concluyó sabrosamente con el Temazcal para maracas y electrónica que Javier Álvarez escribió para él. Aún con eso, el Festival tuvo su prietito en el arroz: de alguna forma, logró colarse a la programación el Wiener Kammersymphonie, un quinteto de cuerdas que definiría como un ensamble estudiantil de no estar seguro que cualquier estudiante habría despertado más interés que esta aburrida sesión. A sus interpretaciones vacías, que podrían pasar por correctas en una primera lectura en un salón de clases, se les sumó el pianista Álvaro Siveiro para ejecutar juntos una versión camerística del Tercer concierto para piano de Beethoven, que no pudo resultar más débil. Perdido él en la pobreza de sus habilidades, hubo de perderse un par de pasajes y barrer otros no pocos.


Afortunadamente, ni eso me quitó el buen sabor de boca que había quedado tras escuchar el sábado 18 por la noche el mejor concierto de ese fin de semana y quizá de todo cuanto haya escuchado en el año: el ofrecido por el cuarteto Penderecki, también en el Centro Cultural Universitario; ensamble de lo más fino, del que quizá sólo su afición por la música contemporánea les haya relegado del lugar que debieran ocupar en el circuito de cuartetos.


Aquí ofrecieron un programa bastante clásico que permitió apreciar sus cualidades: uno de los cuartetos mozartianos conocidos como “prusianos”, el no. 21 K. 575 en Re en una versión lo más transparente; el Cuarteto Virreinal de Bernal Jiménez en una interpretación que lo enalteció como lo que es, una pieza universal de música y no el ejercicio nacionalista simplista que suele hacerse de él; una ejecución vehemente y rica en texturas del Cuarteto op. 27 de Grieg; y el Quinto cuarteto, “Rosalind” de Murray Schafer, breve joya romántica de la escritura contemporánea canadiense.

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