La música en la era de Queen para principiantes

Dic 22 • Miradas, Música • 918 Views • No hay comentarios en La música en la era de Queen para principiantes

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En una época donde el pasado convive con el presente en la misma lista de Spotify, Souldier, de Jain; Dirty computer, de Janelle Monáe y Dancehall, de The Blaze, entre otras, son un respiro entre la liviandad de las modas musicales

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POR LEONARDO TARIFEÑO

De todo lo ocurrido en el mundo (y el submundo) de la música durante este 2018, no cabe duda que el mayor acontecimiento es la consagración de “Bohemian Rhapsody”, de Queen, como la canción más escuchada en lo que va del siglo XXI, de acuerdo a estadísticas propias de Universal Music Group.

 

 

El insólito boom de un himno del rock escrito y grabado en 1974, interpretado por una banda que no existe desde hace 25 años y reivindicado gracias a un biopic superficial y complaciente representa una sorpresa cultural extraordinaria que interroga a la contemporaneidad con un arsenal inacabable de preguntas. ¿Se puede pensar que este inesperado éxito demuestra la presunta vigencia del rock? ¿El triunfo es de “Bohemian Rhapsody” o, en realidad, de Freddie Mercury, una figura a la que nuestra época regresa para exhibir en primerísimo plano las penurias de la condición gay? Y, sobre todo, ¿a qué podría deberse la inmortalidad de una canción capaz de reunir los versos “So you think you can love me and leave me to die?” y “Scaramouche! Scaramouche! Will you do the fandango?” en menos de seis minutos sin ningún estribillo?

 

Como todo gran fenómeno cultural, las preguntas que evoca son muchas y ninguna tiene una respuesta inmediata. Una primera aproximación diría que, en una era como la actual, en la que la música casi no circula en formatos físicos, la precisión de su temporalidad se vuelve difusa. Un archivo digital es refractario al paso del tiempo, no se arruga, no envejece. No muere nunca y vive en un presente perpetuo. Su pasado está más vinculado al soporte (vinilo, CD) que al sonido, porque la omnipresencia del remix, la oferta aleatoria de plataformas como Soundcloud y las búsquedas globales en YouTube logran una convivencia muy armónica entre el hoy y el ayer. Tal vez podría pensarse que, a diferencia de otras épocas, por estos días no es tan difícil que un clásico de los 70 regrese al hit parade, ya que hay varias generaciones de audiencias para las que esa cultura musical supone toda una novedad y el pasado se ha convertido en una lista más de Spotify. Quizás en ese horizonte cultural permeable a una recepción desprejuiciada habite la nueva vida de “Bohemian Rhapsody”, favorecida también por la liviandad de la película homónima y el inagotable y siempre atractivo carisma de Mercury.

 

La extinción casi absoluta del CD y el vinilo impone límites muy claros para pensar lo mejor o lo peor del año en términos de discos, sobre todo cuando hoy el consumo musical pasa más por los azares de YouTube, Spotify y hasta de las estaciones de radio que por una escucha personal, íntima y concentrada en exclusiva a la producción puntual de una banda o un autor. Los grandes discos de 2018 (el afropop de la francesa Jain en Souldier; el exquisito funk made in Prince de Janelle Monáe en Dirty computer; el dramatismo del flamenco reinventado por la española Rosalía en El mal querer; las sutilezas electrónicas de Dancehall, del dúo francés The Blaze; la hipnótica y fascinante melancolía de la londinense Tirzah en Devotion) no han tenido ni de lejos el impacto de, por ejemplo, el video de “This is America”, de Childish Gambino, donde el cantante ensaya coreografías pop mientras ejecuta a mansalva a todos los que se le cruzan. En el mismo sentido, el veto de una radio de Estados Unidos a la canción navideña “Baby, it’s cold outside”, compuesta en 1944 y ganadora del Oscar en 1949, por considerarla contraria a los valores cristalizados en el movimiento #MeToo, es más representativa de los dilemas de nuestro tiempo que las angustias de Eminem en su disco de este año, Kamikaze. Las verdaderas noticias cruzan los discos pero no surgen de ellos, como la histórica entrega del premio Pulitzer al rapero Kendrick Lamar, algo así como el certificado de mayoría de edad a un modelo de hip hop sofisticado y amplio de miras, distante de las contradicciones ideológicas de un Kanye West (creador del desigual Ye) que alerta sobre la actualidad del racismo mientras apoya al mayor racista de su país, el presidente Donald Trump. La música está en todas partes, ya no sólo en los discos. Y, muchas veces, lo más sugestivo del año no se refleja necesariamente en la producción.

 

Y con lo peor ocurre algo parecido. Los duetos del reggaetonero J Balvin con la brasileña Anitta resultan previsibles y aburridos, como en la “Machika” de su ambicioso disco Vibras (uno de los fallidos del año), pero no despiertan más rechazo que los toqueteos del pastor Charles H.Ellis III sobre la bonita humanidad de Ariana Grande en el funeral de Aretha Franklin. De igual manera, el suicidio del DJ sueco Avicii tras una existencia de apenas 28 años condensa una desazón abrumadora que ningún disco de música electrónica actual ha podido ni siquiera sugerir, y resulta más penoso aún si se tiene en cuenta que Avicii consideraba a la música house como un camino hacia la solidaridad, que él mismo fomentaba con donaciones millonarias a la ONG Feeding America. La desesperación y soledad de Avicii construyen una larga sombra que afecta a la industria de la música y dibuja una severa incertidumbre en el rostro del futuro inmediato. Y es que hoy tal vez haya razones para celebrar que una canción de 1974 se instale en 2018 para revivir lo que fue y aún es, pero ¿eso es rock o un nuevo truco de la industria para generar éxitos inofensivos y edulcorados? ¿Hay, digamos, un parentesco entre la difusión del proyecto Queen for dummies que encarna la película Bohemian Rhapsody y el rabioso éxito mundial del almibarado Ed Sheeran, convertido en el artista más taquillero de los últimos 30 años al vender casi 5 millones de tickets (el equivalente a 432 millones de dólares) durante su gira “Divide”? En todo caso, a pesar del panorama no siempre alentador que dibujan las tendencias, el poder de la música se mantiene gracias a creadores como Jain, Monáe, Rosalía, The Blaze y Tirzah, más decididos a explorar su singularidad artística que a sumarse a las modas de ocasión. El resultado de su esfuerzo a contracorriente representa lo mejor del 2018 y nadie lo sintetiza mejor que el extrañado Freddie Mercury, quien tal vez por algo de todo esto escribió y cantó “anyway the wind blows / doesn’t really matter / to me”.

 

 

 

FOTO: Portada de los discos Dirty Computer, de Janelle Monáe y Souldier, de Jain. / Especiales

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