El oficio de los claroscuros

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El cine mexicano abre las puertas a las directoras que marcan la pauta del discurso cultural, social y político, en un momento crucial de nuestra historia

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POR GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ

 

Para la directora de cine Natalia Beristáin siempre hay una visión complementaria en toda historia que se cuenta en la pantalla. En películas, los protagonistas descubren las orillas de su propia intimidad pero también el uso del espacio público. Beristáin lo mismo ha recreado con su obra la frustración de una actriz retirada que comparte sus temores con la soledad de su nieta, así como los costos de la vocación literaria en la vida de pareja de una escritora mexicana que transgredió los cánones de su época.

 

Natalia Beristáin (Ciudad de México, 1981) nos habla de Los adioses, su segundo proyecto cinematográfico, donde aborda la vida íntima de la pareja que, a lo largo de 18 años, formaron escritora Rosario Castellanos –autora de Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962)– y el filósofo Ricardo Guerra –alumno de José Gaos y miembro del grupo Hiperión que, en los años 50, exploró la identidad del mexicano como una de sus principales vías reflexivas–. Se da tiempo para hablar de sus otros proyectos, los retos de la industria cinematográfica en México y el que considera un “desprecio absoluto por la cultura” de parte del nuevo gobierno.

 

Para la creación de Los Adioses, con guion de Javier Peñalosa y María Renée Prudencio, uno de los objetivos que tuvo claros Beristáin fue exponer las tensiones en una relación de pareja entre la vocación creativa así como el vínculo humano de la vida conyugal, y las flaquezas personales de Castellanos, con las que se identifica: “Yo soy la otra parte que también es ella: falible, contradictoria, insegura, se me quema el arroz. Es a partir de allí que puedo entender la complejidad de una relación como la de ellos.”

 

En su primera película, No quiero dormir sola (2012), con guion de Beristáin y Abril Schmucler, aborda el encuentro de dos universos femeninos de distintas generaciones: el de Dolores, una actriz retirada con problemas de alcoholismo, y su nieta Amanda, quien es arropada por su abuela frente a su imposibilidad de dormir en la soledad.

 

El 22 de marzo, Netflix estrenó Historia de un crimen: Colosio, una serie de ocho capítulos que Beristáin dirigió con Hiromi Kamata: “Eso comienza a cambiar el paradigma de que los universos masculinos sólo pueden ser contados por los hombres y que ellos los saben contar mejor que nadie. Lo que cuenten siempre será incompleto, siempre faltará la otra parte”, dice sobre esta serie que se basa en el magnicidio de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI en las elecciones de 1994, asesinado el 23 de marzo de ese año en Tijuana. En 2018 también dirigió El secreto de Selena, serie que le permitió conocer de cerca las aspiraciones y descalabros personales de la reina del Tex-Mex.

 

En su cuenta de Twitter, Beristain se sumó y fue una de las promotoras de #MujeresJuntasMarabunta, una campaña feminista que busca impulsar la solidaridad entre mujeres con una marcada agenda en la promoción de sus derechos en todos los ámbitos. Esta reelaboración de la frase “Mujeres juntas, ni difuntas”, convertida en un hashtag, recoge las demandas de una generación de feministas, demandas que a su parecer dialogan estrechamente con historias como la de Rosario Castellanos.

 

¿Por qué abordar la vida de Rosario Castellanos y Ricardo Guerra cuando hay otras parejas en México con relaciones tormentosas, como Diego Rivera-Frida Kahlo y Elena Garro-Octavio Paz?
Porque no estaba buscando hacer una película sobre una pareja famosa. Estaba buscando hacer una película sobre la intimidad de una pareja y los claroscuros que ahí habitan. Tenía cuestionamientos alrededor de la maternidad, desde la mirada de una mujer que decide ser madre y profesionista. Me preguntaba si ser mujer está determinado por el contexto histórico, social y cultural que te toca vivir. Eso quería abordar. Tocar la contracara entre la vida privada y la vida pública. Mientras buscaba cómo darle forma a todas estas inquietudes personales me topé con las cartas entre Rosario Castellanos y Ricardo Guerra, a lo largo de sus 18 años de relación. La mujer que descubrí en esas cartas era alguien con quien yo me podía comunicar casi íntimamente. A partir de esto empezó a tomar forma todo lo demás que yo traía desde antes y me permitió trasladarlo a esta pareja.

 

Más allá de la correspondencia, ¿hicieron otras investigaciones para conocer más sobre la relación de ambos?
Pasé casi dos años leyendo toda la obra de Rosario Castellanos. Nos entrevistamos con gente cercana a ellos: Hugo Gutiérrez Vega, Elena Poniatowska y Dolores Castro. Por su parte, Daniel Giménez Cacho –quien interpreta a Ricardo Guerra en sus años de madurez– tuvo un acercamiento con una pareja sentimental de Guerra; y también habló con Juan Villoro, pues su padre (Luis) fue muy amigo de Ricardo y él mismo lo conoció muy bien cuando trabajaron juntos en la embajada de México en Alemania. Fue una investigación muy completa. Cada quien intentó sumar sus perspectivas sobre estos dos seres.

 

¿Qué características encuentras en la relación entre Rosario Castellanos y Ricardo Guerra que te indicaron que era esta la historia que querías contar?

Los vínculos humanos. En eso puedo conectar con una mujer como Rosario: brillantísima, lúcida, con una pluma transgresora de los cánones de su época, todo eso que yo no soy. Yo soy la otra parte que también es ella: falible, contradictoria, insegura, se me quema el arroz. Es a partir de allí que puedo entender la complejidad de una relación de dos seres como Rosario y Ricardo.

 

Los adioses se estrenó en 2018, un año significativo para todo el movimiento feminista. ¿Cómo dialoga esta película con las demandas feministas?
Creo que dialoga íntimamente. Muchas de las críticas que le hicieron a Los adioses fue porque nos centramos en la relación de pareja y no en el personaje brillantísimo que fue Rosario Castellanos. Mi respuesta tenía que ver con eso que decía: conecto con el lado falible, no con el lado excepcional. Pero hoy día, sumaría a esa respuesta que en Los adioses intentamos hablar de los micromachismos, de cómo esto se presenta en cualquier sector de la sociedad, incluso en los más cultos, entre los más leídos y sensibles. Eso es algo que hoy día, sobre todo en esta última semana que ha sido de río revuelto en el movimiento, creo que dialoga directamente.

 

 

"Los adioses", de Natalia Beristáin, 2018.
"Los adioses", de Natalia Beristáin, 2018.

 

En tus trabajos has abordado la vida de otras mujeres que han sido figuras públicas, ya sea desde ámbitos artísticos o políticos, como Selena y Diana Laura Riojas. ¿Qué encontraste en cada una de ellas como personajes?
Es difícil decirlo porque no son obras personales. ¿Qué me llevo de estos proyectos en los que me convocaron? De Selena tenía que ver con la propuesta, que era mucho más como una investigación policiaca del caso, donde no había propiamente una víctima y victimario, sino que entraba al mundo de Yolanda y Selena. Descubrí que Selena era una chava que en su momento abrió paso a la comunidad hispana en Estados Unidos, pero por otro lado, aunque bailara y cantara como lo hacía, ella en realidad quería dedicarse a hacer ropa. Su propio éxito no le permitía buscar su inclinación natural porque tenía una familia que dependía de ella. Con Diana Laura fue algo similar. La serie Colosio tenía que ver con la política mexicana, un universo absolutamente masculino. Que una historia así se contara con una línea central sobre el personaje de Diana Laura y por otro lado, con la visión de dos mujeres directoras, resulta atractivo. El imaginario colectivo sobre Luis Dolando Colosio ya lo conocemos. ¿Pero cómo lo contamos de otra manera? Justo quisimos contarlo por el lado personal de lo que nosotras imaginamos que atravesó Diana Laura. Me enteré de que era una mujer que ya sabía el tipo de cáncer que padecía cuando su marido fue lanzado a la candidatura, a quien acompañó en todo momento. Al final lo que me mueve más es que piensas en asesinato de Colosio y lo relacionas con el momento que marcó la historia de la política mexicana, pero fue una tragedia personal y familiar. Hubo niños que se quedaron huérfanos de padre y al poco tiempo de madre. Se necesita mucho valor para ser una figura de ese calibre. Seguramente Colosio tenía sus propias ambiciones, porque tampoco se trata de santificar a nadie, pero Diana Laura fue una mujer que cargaba con muchísimo dolor físico, ya no digamos los dolores emocionales.

 

¿Hay en tus películas una redefinición del concepto de intimidad que viven los personajes?
En mis proyectos personales, sin duda. Por lo menos en las dos películas que he hecho hay un cachito de mi ser que está puesto ahí. Eso no quiere decir que por más que yo haya dicho que lo que se cuenta en mi primera película esté basado en mi abuela, la película sea un documental. Probablemente mi entorno más cercano podrá intuir ciertas cosas que están basadas en ciertos hechos o no. Al final hablo desde el corazón, de mi corazón. Eso es algo muy íntimo y muy cabrón verlo en pantalla grande y a eso nos dedicamos.

 

Hace unos meses, en los primeros días de este gobierno, nos enteramos de que FilminLatino dejaría de recibir apoyo estatal. Esta es una de las plataformas más importantes para la exhibición de películas latinoamericanas y mexicanas. No obstante la Secretaría de Cultura y el IMCINE se retractaron. ¿Cuál es tu evaluación de esta problemática?
Por un lado está la pobrísima percepción de la 4T sobre la cultura. Hay un desprecio absoluto por la cultura, que se entiende como entretenimiento. Tachan de banal lo que hacemos y que es mero espectáculo. Me parece grave, delicado, insensible, es no entender el poder que hay en tocar el alma de una persona a través de las distintas representaciones culturales. Por supuesto, hay prioridades en nuestro país, pero la violencia no va a disminuir por el hecho de que un militar tome el control de la Guardia Nacional. Una de las formas para combatir a la violencia es con la cultura. Amén de que estamos en un país sumamente violento y a pesar de no vivir más en la ciudad privilegiada que era hasta hace algunos años la Ciudad de México, es gracias a la cultura que aún no se convierte en Tamaulipas.

Sobre FilminLatino escuché voces adentro de IMCINE en el sentido de que hubo una enorme torpeza en no presentar un primer proyecto antes de anunciar que esta relación se acababa porque FilminLatino es una plataforma importantísima, pero no es mexicana y el dinero que ahí entra termina en otro sitio que no es el cine mexicano. Eso abre una conversación sobre cómo estamos legislando para que los productos y proyectos de cultura terminen de cerrar el círculo para que podamos decir que hay una industria cinematográfica. No hay industria de cine mexicano porque dependemos del Estado, y esta es una ventaja gigante, pero también tiene que ver con una falta de legislación. Además los productores, que son quienes finalmente ponen el dinero para las películas, puedan recuperar su inversión a la par de los exhibidores y distribuidores, para generar así una industria rentable.

 

FOTO: Natalia Beristáin ganó el Premio del Público que otorga el Festival Internacional de Cine de Morelia, por su película Los adioses, en 2017. / Berenice Fregoso / EL UNIVERSAL

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