No pienses mal de mí

Dic 16 • destacamos, Ficciones, principales • 1795 Views • No hay comentarios en No pienses mal de mí

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La Navidad es una época propicia para renovar las relaciones de pareja, aunque en ocasiones los proyectos no resulten exactamente como sugieren ciertas publicaciones de la vida moderna

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POR LUIS BERNARDO PÉREZ

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No pienses mal de mí por contarte esto. Te lo platico porque te tengo confianza y porque sé que no vas a ir con el chisme. Fíjate que la culpa fue de la mugre revista aquella. ¿Sabes de cuál te hablo? De Mujer moderna. No te hagas, claro que la conoces. Yo nunca la he comprado; la leo en la estética de Martita mientras espero a que me atienda. Resulta que el otro día estaba viendo las fotos de los artistas y leyendo los horóscopos cuando me encuentro con un artículo. Eran dizque consejos de Navidad para encender la pasión amorosa en tu matrimonio. Ya ni la amuelan. ¿Qué tiene que ver la navidad, que es tan santa y tan inocente, con el chachondeo? A pesar de que el artículo era una bobada, pensé que algo así nos vendría bien a Marcos y a mí. Fue sólo un pensamiento, no es que quisiera hacer lo que decía la revista. Has de saber que hace más de un año que Marcos y yo no hacemos nada de nada. No sé qué le pasó. Antes él era bien apasionado y quería a cada rato. Fíjate que una vez… pero no, eso mejor no te lo cuento porque no viene al caso y me da un poco de pena. Además, lo que te quería decir era lo de la revista. Resulta que después de leer el artículo que te digo le estuve dando vueltas al asunto y, al final, me dije que, en realidad, no era algo malo. Digo, no era como cometer un pecado ni nada por el estilo; era sólo una travesura, un juego. ¿Qué podía pasar? Así, siguiendo los consejos del artículo, me compré unos zapatos de tacón alto azul cobalto, divinos, y un listón amarillo de los anchos. Con el listón fabriqué una banda, de esas que usan las reinas de belleza, y escribí sobre ella: Feliz navidad, mi amor, soy tu regalo. Usé un marcador azul y brillantina para que las letras lucieran más bonitas. La verdad es que me quedó muy bien. Luego escondí los zapatos y la cinta en mi lado del ropero. El mero día 23, después de dejar hecho el pavo y pagarle a Juanita me fui al salón de belleza para darme una retocada. Regresé como a las siete apuradísima porque Marcos había quedado de llegar a las ocho. Entré en la recámara y me desnudé. Al principio pensé dejarme el brasier y las pantaletas, pero la revista decía que tenía uno que quitarse todo, así que obedecí. Sólo me puse los zapatos azul cobalto y la banda amarilla. No te rías. Bueno, ríete si quieres. Yo también me reí cuando me vi en el espejo del tocador. Me sentí tonta. ¿Vergüenza? Sí, un poco, acuérdate que yo vengo de escuela de monjas. Pero al estar ante el espejo también comprobé que no estoy tan mal: aún tengo las bubis en su lugar y un piernón que ya lo quisieran muchas que andan presumiendo por allí. En fin, el caso es que así como estaba fui la sala, puse un CD de bossa nova y me serví una cubita para darme valor. Imaginé la cara que pondría mi gordo cuando llegara y me viera. Seguro le iban a brillar los ojos y a lo mejor ya ni cenábamos. Aunque también me entraron los nervios. ¿Y si no le parecía bien? ¿Y si se burlaba? Estuve a punto de renunciar al plan. Pero en eso que dan las ocho y escucho a Marcos abriendo la puerta y diciendo ya llegué, vieja. Y yo que me pongo muy emocionada y me paro junto al árbol de navidad, posando muy sensualota a la luz de los foquitos de colores. Haz de cuenta una modelo de esas que salen en las revistas para señores. Todo estaba saliendo según el plan hasta que, de pronto, oigo voces desconocidas. Dos o tres personas hablaban con Marcos en el recibidor. ¡El cabrón no venía sólo! ¿Lo puedes creer? Me quedé paralizada y sin saber qué hacer. Luego pensé en correr hasta la recámara, pero para ello tenía que atravesar el pasillo y pasar junto a Marcos y sus amigotes. ¡Hubiera sido una locura! Entonces se me ocurrió encerrarme en el baño de las visitas y quedarme allí. Para eso, solamente debía cruzar la sala, pero entonces que escucho pasos acercándose. No iba a alcanzar a llegar. En mi desesperación, lo único que se me ocurre es esconderme detrás del sillón. ¿Qué pasa? No me mires así. ¿Qué otra cosa podía hacer? No me iba a quedar allí parada, fingiendo que no ocurría nada. Buenas noches, soy la esposa de Marcos Legorreta, mucho gusto, feliz navidad, como verán estoy encuerada. ¡Imagínate! Así que me quedé detrás del sillón, mientras Marcos invitaba a los visitantes a sentarse. Por los comentarios que escuché supe que eran sus compañeros de oficina, y por su forma de hablar me di cuenta de que todos venían bien tomados. Uno de ellos le preguntó a Marcos si no me iba yo a enojar por haber llegado sin avisar. Otro dijo que mejor se iban. El cabrón les contestó que no había bronca, que se sintieran como en su casa, que yo era bien buena onda y que donde cenan dos, podían cenar cinco. Todos rieron de la ocurrencia babosa de mi marido y se pusieron a tomar. Allí se estuvieron un buen rato, platicando y diciendo peladeces, hasta que Marcos comenzó a inquietarse por mi ausencia. Me estuvo marcando al celular varias veces hasta que se dio cuenta de que el aparato sonaba en la recámara. Luego llamó a mis padres para saber si estaba con ellos y después a mi prima Etelvina. No sé cómo se le ocurrió tamaña estupidez. Esas llamadas sólo sirvieron para alarmar a mi familia. Dos horas después y por consejo de uno de aquellos borrachales, avisó a Locatel. Pensaban que me habían atropellado o secuestrado. Estuve a punto de sacar la cabeza detrás del sillón para decirle a los compañeros de Marcos que estaba perfectamente, que no me habían atropellado ni secuestrado y que, por favor, se largaran de una buena vez. Sin embargo, no me atreví. Hubiera tenido que explicar por qué estaba yo allí, desnuda y con una ridícula banda de reina de belleza. Se me hubiera caído la cara de vergüenza. Mi única esperanza era que los compañeros de mi marido se fueran pronto. Pero cuando pensé que las cosas no podían ponerse peor, ¿qué crees? Que llegan mis papás. Estaban tan alarmados por la llamada de Marcos que habían decidido venir para ayudarlo a encontrarme. Y no sólo eso, luego llegó Etelvina con su familia, incluyendo a Edgarcito, a quien se trajeron porque no tenían con quien dejarlo. La sala se llenó de gente. Todos opinaban sobre lo que había que hacer y, mientras lo hacían, se comieron el pavo que yo había preparado. Eso me puso furiosa. Desde mi lugar, lo único que podía distinguir eran los pies de la gente que estaba en la sala. También alcanzaba a ver parte del árbol de Navidad y el nacimiento que yo había puesto con tanto amor y dedicación, con sus pastores, sus vaquitas, sus borreguitos de barro. Y también con su portal con los reyes magos, María, José y el niño. De tanto estar inmóvil, comenzó a darme un horrible calambre en la pierna derecha, pero no me atreví a cambiar de posición por miedo a que alguien me descubriera. Imaginé al curioso Edgarcito asomándose y luego avisando a los demás. Seguro iban a pensar que estaba loca de remate, que era una esquizofrénica y una ninfomaniaca que se disfraza de Miss Mundo y se pasea encuerada por la casa. No lo hubiera soportado. En fin, no me quedó otra que aguantar el dolor y la incomodidad. No sé si perdí el conocimiento o sólo caí dormida a causa del cansancio y los nervios. El caso es que me vi de pronto en un campo muy verde y muy hermoso. A lo lejos se veían unas chozas y a mi alrededor vi pastores, vaquitas y borreguitos. Supe de inmediato lo que sucedía: era diminuta y estaba dentro del nacimiento de mi casa. Aquello se veía tan real… Miré a lo lejos, hacia el portal de Belén, y quise acercarme para pedirle perdón al niño por mi desvergüenza y mi lascivia, pero no me atreví porque estaba desnuda. ¿Cómo me iba a presentar en cueros ante el recién nacido? Sus papás me hubieran echado a patadas. Además, no tenía ningún obsequio para el niño. Ni modo que le diera mis zapatos o el listón. Sería un sacrilegio. Recuerdo que todo eso me hizo sentir tristísima y que me senté sobre una roca de cartón pintado para llorar. Al despertar me dolían los huesos por haber dormido sobre el duro suelo. Ya no se oía ruido en la casa. Con mucha precaución me asomé y no vi a nadie en la sala. ¿Dónde se habían metido? Vi vasos y platos sucios por todos lados. Aquello me pareció una descortesía. ¿Quién iba a limpiar aquello? Juanita no regresaría sino hasta enero, así que seguramente me iba a tocar a mí hacer la limpieza. Porque déjame decirte que Marcos es incapaz de lavar un vaso o echar su ropa sucia a la lavadora. Es un verdadero inútil. Me puse de pie y caminé hasta la recámara temiendo encontrarme con alguno de los amigos de mi marido o con un familiar, pero no vi a ninguna persona. Tampoco hallé a nadie en la recámara. A lo mejor habían salido a buscarme a las delegaciones o a los hospitales. Me quité los zapatos de tacón alto y la banda amarilla. Luego me metí a la cama. No tenía idea de lo que iba a decirle a Marcos o a mis parientes cuando los viera, pero en ese momento no me importó. Lo único que deseaba era dormir.

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ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega.

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