Nobleza y encanto: los secretos de Susana

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Durante la primera edición de este festival se presentó El secreto de Susana, ópera bufa de Ermanno Wolf-Ferrari, un “caramelito” para lucimiento de la orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata, ejemplo de gracia y redondez sonora

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POR IVÁN MARTÍNEZ 

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Por estos días, la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM lleva a cabo el festival IM-PULSO, una fiesta ecléctica dedicada a las artes escénicas con intenciones de instaurarse como el encuentro anual que marque el paso del escritor Jorge Volpi y su equipo por esta coordinación –destacadamente se ven las manos de Juan Ayala, secretario de programación, y Yuriria Fanjul y Valeria Palomino, encargadas de esta curaduría.

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Lo variopinto de su primera programación, sin embargo, no deja claro el perfil que tendrá, salvo por la naturaleza multidisciplinaria de las piezas de esta primera edición: lo mismo se incluyeron los experimentos a que nos tiene acostumbrado el ensamble Liminar, que laboratorios para la creación de nuevas obras de teatro musical, a cargo de profesores que poco tienen de experiencia en las lides de la creación musical operística o del propio musical (el compositor Enrico Chapela), que ejercicios escénicos varios (bien desde lo teatral, como la puesta en escena de algunos madrigales de Monteverdi, a cargo del director escénico Benjamín Cann, bien desde lo musical, como la puesta de Las Bodas de Stravinsky por el ensamble del director musical Christian Gohmer), que –lo más estelar en su cartel– la puesta de una de las óperas bufas post-románticas de Ermanno Wolf-Ferrari con libreto de Enrico Golisciani: El secreto de Susana (Il segretto di Sussana,1909), cuya puesta estuvo en manos del actor Hernán del Riego y a la que asistí en su primera de dos funciones el sábado 12 en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario.

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No parece una apuesta arriesgada sabiendo acomodar las piezas necesarias para la presentación de esta ópera, que no es ópera sino intermezzo, una especie de subgénero ligero de pequeñas proporciones y que ya en tiempos de Wolf-Ferrari (como ahora), me gusta entender más desde la concepción del compositor sobre su propia obra, que sobre elementos formales que así la identifiquen.

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En este caso, se trata de un “caramelito” de 50 minutos, en un acto, con una trama cómica sencilla de enredo matrimonial: un marido, no fumador, huele el tabaco en su casa y comienza a sospechar la existencia de un tercero, para al final descubrir que quien fuma es su esposa. La comedia de situación es apoyada por un actor –el mayordomo– ubicado en el libreto y que de no ser mencionado por el canto, podría ser prescindible.

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Cosa sencilla de dirigir, Del Riego decidió ir lejos y caricaturizar la escena con resultados adecuados. Para la escenografía e iluminación, recurrió al trabajo de Xóchitl González, quien logra mucho con pocos recursos: tres puertas, una mesa y un sofá cobijados con luces entre azules y rosas acordes al concepto, que es firmado por el vestuarista Mario Marín del Río, cuyo nombre, ya visible hasta en la sopa, se ha vuelto sinónimo de imprevisión: aquí ha atinado, siendo coherente con el concepto. Pudo ser un error de primera función, pero sobresale en el programa de mano el crédito por diseño de maquillaje: lo que se vio eran caras lavadas.

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Conservador como es el público de la ópera italiana, ésta y otras piezas de Wolf-Ferrari no han tenido en las últimas décadas la cantidad de puestas que merecerían. Por un lado, sus temas son la comedia simple, mientras que musicalmente se trata de un estilo que no se rige por una sola tradición: vocalmente, hay líneas de canto lleno, amplio, de largas frases, pero instrumentalmente está más apegado a la búsqueda de color y textura, no limitando la orquesta a un mero acompañamiento; y mientras el canto puede ser “lucidor” y la orquestación rica, no hay melodías que puedan quedar en el inconsciente del público.

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Lo hecho aquí musicalmente no fue ninguna sorpresa, teniendo las participaciones siempre seguras de la soprano Irasema Terrazas y el barítono Josué Cerón, apoyados por su conocido talento actoral (y la participación del actor Alejandro Camacho, simpático); sobre todo la facilidad con que Cerón viene asistiendo a la ópera bufa. Ambos ofrecieron nobleza y encanto a sus interpretaciones, con líneas copiosas, aunque pudieron lucirse más si la orquesta hubiera cuidado su grandiosidad.

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La orquesta, a pesar del descuido en matices que siempre estuvieron entre el forte y el fortissimo, ha sido lo más destacado; a la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata, ensamble de formación y sin experiencia en ópera, hay que aplaudirle no sólo la redondez de su sonido y la gracia con que sus maderas han ejecutado cada pasaje, sino la docilidad con que han acudido a esta práctica. Gustavo Rivero Weber, su director artístico, y la comunidad universitaria que no deja de apoyar su permanencia a pesar de los críticos de esta iniciativa ya consolidada, deben estar muy orgullosos, como orgullosos deben estar en la oficina de Volpi con el resultado de las dos funciones de esta ópera, que podrá haber costado poco en términos de producción, pero que no vale para dar dos funciones y quedar en el baúl de la memoria del primer IM-PULSO: ¿por qué no llevarla de gira a las ciudades donde la Universidad tiene presencia y de paso hacer el trabajo que la Compañía Nacional de Ópera no hace?

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FOTO: Los papeles del Conde Gil y la Condesa Susanna estuvieron interpretados por el barítono Josué Cerón y la soprano Irasema Terrazas, respectivamente/ Barry Domínguez/Cultura UNAM

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