Gallego-Guerra y la narcofantasía tribal

Ene 5 • Miradas, Pantallas • 1131 Views • No hay comentarios en Gallego-Guerra y la narcofantasía tribal

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Pájaros de verano cuenta la historia de la relación de un clan del pueblo wayúu con el narcotráfico, un negocio con consecuencias que pasan de padres a hijos

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POR JORGE AYALA BLANCO

En Pájaros de verano (Colombia-Dinamarca-México, 2018), fulgurante primer largometraje de la productora bogotana de 40 años Cristina Gallego y cuarto del riodorense de 37 Ciro Guerra (La sombra del caminante 04, Los viajes del viento 09, El abrazo de la serpiente 15), con guión de María Camila Arias y Jacques Toulemonde Vidal basado en una idea original de Gallego, el impetuoso joven wayúu Rapayet Rapa (José Acosta) resiste sin caerse a los embates de la intimidante danza iniciática a que lo somete la bella ultrasometida recién egresada de su encierro preparatorio Zaida (Natalia Reyes) durante la fiesta con que la recibe en su exigente seno la tribu a la que ambos pertenecen, pero al presentarse un día siguiente con su anciano tío negociador/palabrero (José Vicente Cotes) para pedirla en matrimonio a la matriarca jefa del clan Úrsula (Carmiña Martínez aplastante), ésta le exigirá una excesiva dote de 30 chivos, 6 reses, varios imposibles collares y así, tendientes a la preservación del bienestar de la familia por encima de todo, cual debe ser y como lo determina la ética de la étnica tradición secular, por lo que el ansioso muchacho, para poder reunirla, debe recurrir al auxilio de unos narcotraficantes gringos bajo disfraz de beatos promotores de la paz anticomunista y, aliándose con su dionisiaco amigo agringado Moisés Moncho (John Narváez) y con su feroz mastodóntico primo lejano impasible Aníbal (Juan Bautista Martínez), logrará revendiendo costales de mariguana/marimba su feliz cometido, induciendo e introduciendo a todo su clan en una espiral narcotraficante que durante algunos años llevará una violenta prosperidad a esa región de la Guajira del caribeño norte colombiano, pero que, al aliar las atrabiliarias fechorías violaparientitas del enloquecido sobrino adolescente de cabello decolorado Leonidas (Greider Meza) con las inflexibles exigencias fatales de la dura suegra Úrsula, provocará una guerra de exterminio entre clanes antes apacibles, con aterradoras consecuencias, por descomunal venganza del antes cómplice Aníbal, a manera de una pírrica y suicida comunitaria narcofantasía tribal.

 

La narcofantasía tribal hace coexistir la epopeya-thriller y el réquiem etnogáfico, en la hibridación de una saga-amalgama sorpresiva, gracias a su tesitura exaltada pero eminentemente elíptica y a través de su estructura en cinco largos y sinuosos cantos confesos, cual rapsodias homéricas u obstrucciones/dantescas de Von Trier, todos paradójicos y sarcásticos: Canto I Hierba salvaje 68, II El llanto bajo los techos 73, III La bonanza 79 y IV La guerra 80, como impotentes manotazos del destino y al destino, pues en realidad la hierba salvaje pronto dejará de ser tal para domesticarse y cultivarse para la corrupción foránea, el llanto bajo los techos será el primer paso hacia la opulencia baldía, y la bonanza será una malandanza majestuosa de piscinas en medio del desierto rumbo una estoica tristeza leída en todos los semblantes y las actitudes.

 

La narcofantasía tribal ensarta ideas frenéticas cual vicisitudes legendarias y falsamente aventureras, a modo de un intempestivo y sofisticadísimo haz de cuentos de Las mil y una noches con amplia validez para su Guerra de Troya autóctona, como el colorido suprapintoresco de las ceremonias en contraste con la sordidez del surgimiento y auge y decadencia del narcotráfico, los cadáveres obstaculizadoramente diseminados por el camino vecinal con los que debe pasarse la noche cerrada y recibir sin más el distinto amanecer, el mutuamente irónico-despectivo encuentro con las corrompidas tropas que a cambio del fajo de billetes acordados permiten el paso franco a cualquier camión rebosante de costales con droga, la malvada humillación al ambicioso exlabriego wayúu por la orden de comer mierda de perro para ganarse una carretada de dólares en el púdico extremo derecho del encuadre, la cripta sacra para el entierro/desentierro de los restos de los fieles difuntos familiares ahora escondiendo armas de alto poder de la comunidad sólo compuesta ya por sicarios, y una crueldad con tiros aniquiladores de frente y corte brutal, coreografía de camionetas cercando el horizonte, ensangrentados cuerpos exánimes algún plano después, fotografía siempre suntuosa de David Gallego y música de Leonardo Heilblum en el límite de una percutiva lividez erizada.

 

La narcofantasía tribal aborda, desarrolla y execra así el tema sin duda mayor del tráfico ilegal propiciado tanto por la devastadora codicia del dinero fácil de todo un pueblo hundido en la pobreza y la ignorancia, como por las tradiciones milenarias y la preservación de la familia omnipotente, en torno a la grandeza y miseria esenciales de la matriarca Úrsula, cual monstruosa traslación de la figura señera de La tía Tula unamuniana (Picazo 64), incuestionable y vacía, aplastando a un héroe tan lamentable e inerme como Rapa, cada vez más pasivo y, tras la cadena de acribillamientos que arranca con el de su pintoresco amigo barbón Moncho, casi ausente de sí mismo.

 

Y la narcofantasía tribal sostiene desde su título un extraño, insólito y exaltadamente poético discurso pajarero y veraniego que, aun subliminal, será metafóricamente decisivo y fundamental para el sentido expresivo-temático del relato, al nivel de los Pajarracos y pajaritos de Pasolini (66), o las irracionales irrupciones de los gallos surrealista-buñuelianos, o de El ornitólogo de Rodrigues (16), donde concurren los humanos emulando pájaros a punto de emprender el vuelo, con esas abultadas vestimentas femeninas, o con esas inmensas máscaras de seda roja ondeando al viento, tanto como las delgadísimas patas de algún flamingo o rutilantes grillos carcomiendo hojas o extremidades de caballos esqueléticamente abstractas, para representar ante una infinidad de cadáveres sucesivos el misterioso advenimiento de la muerte, en la creencia indígena de hablar con los sueños y la memoria en un diálogo revelador y perfecto.

 

FOTO: Fotograma de Pájaros de verano. / Especial

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