Poeta y novelista: Thomas Hardy

Jun 17 • destacamos, principales, Reflexiones • 932 Views • No hay comentarios en Poeta y novelista: Thomas Hardy

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Clásicos y comerciales
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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
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Son numerosos los poetas que abandonan, total y parcialmente, la poesía por la novela, ya sea porque el primero es el género juvenil por antonomasia o porque las cuerdas de la lira, arte mayor, se rompen rápido. Faulkner publicó un primerizo libro de poesía (Vision in Spring, 1921) antes de ser novelista, lo mismo que Proust, Wilde, Lezama Lima, Mutis, Blaise Cendrars y muchos de nuestros contemporáneos a quienes los poemas no les dan, a veces, el lucimiento o el dinero, real o soñado, que la narrativa, lo cual está lejos de escandalizarme pues la literatura es, también, un oficio.
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Otros, tras la poesía, ejercen formas diversas de la prosa, como Rilke, sin abandonar el sacerdocio del poeta, y algunos, D. H. Lawrence, en su día, campechanearon durante toda su carrera la escritura de novelas y poemas. Rarísimos son los casos de novelistas puros y duros que abandonen su oficio por la poesía. Hay casos extraños, los de poetas que se iniciaron publicando relatos como Amado Nervo con El bachiller (1895) o Martín Adán, el peruano, quien publicó La casa de cartón (1928), aunque ésta última dista de ser propiamente una novela. Se trata de un artefacto en prosa muy propio de los años veinte y treinta del XX, cuando aparecieron, por ejemplo, las “novelas líricas” de los Contemporáneos. Un e.e. cummings dio a la imprenta La habitación enorme (1922), novela sobre su detención en un campo de prisioneros en la región francesa de Picardía tras la Gran Guerra, pero no califica pues aparece antologado en 1917 junto a otros siete poetas de Harvard.
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La verdadera excepción me pareció, durante años, Thomas Hardy (1840–1928), quien fue uno de los grandes novelistas de las últimas décadas del reino de Victoria, famoso desde el éxito de Lejos del mundanal ruido (1874) y después, sobre todo con El regreso del nativo (1874), El alcalde de Casterbridge (1886), Tess d’Urberville (1891) y Jude el oscuro (1895) y numerosos cuentos (algunos traducidos al español por un joven Javier Marías en 1974 con el título de El brazo marchito) o La bienamada (1892), así como una de las novelas cortas más extraordinarias que he leído, sobre un escultor –Pigmaleón con suerte– enamorado sucesivamente de la abuela, de la madre y de la hija.
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Tras la recepción, tan negativa, a Jude el oscuro, calificada de inmoral por la crítica de Londres, siempre hostil a Hardy, por toda clase de razones, pero sobre todo por ser tenido como un gran provinciano, pero provinciano al fin, el novelista decidió publicar en 1898 sus Poemas de Wessex. A su Dorset natal, en el sur de Inglaterra, lo había rebautizado así, al grado de elaborar una toponomía pseudónima de todos sus lares nativos. Por “volverse” poeta casi a los sesenta años, le fue peor y desde entonces se impuso la idea de que no era del todo serio cambiar de género. Hardy, arquitecto de formación que estaba lejos de ser un intelectual, adivinó que sería echado a un lado, como ocurrió, del camino de la novela del siglo XX. Que no estaría en condiciones de competir con Lawrence o Huxley. Eso creo yo.
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Su buen amigo Leslie Stephen (el crítico ya entonces padre de quien sería Virginia Woolf), su Virgilio en el infierno de las mil y una noches londinenses, le advirtió que no le moviera con la poesía pues los ideales compartidos se habían “vuelto obsoletos y nada nuevo ha sido construido todavía. No podemos escribir poesía viva siguiendo los antiguos modelos, pues han muerto los dioses y los héroes…” Así dice en The Life and Work of Thomas Hardy (1928–1930), que firmó su segunda esposa Florence Emily Hardy, aunque ahora sabemos que fue el mismo Hardy, en una autobiografía simulada, quien la escribió, al menos parcialmente.
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Pero resulta que Hardy fue poeta desde su temprana juventud y nunca dejó de escribirla porque así se lo ordenaba su pansofía pagana, fundada en que todos somos partes de un cosmos divinamente imantado, especulación que no lo privaba de ser un darwinista muy combativo. Ello se aclara en uno de sus poemas donde un hombre mira el cielo estrellado y obtiene –en la traducción de López Serrano– por respuesta de los astros: “No hemos de responder severamente/ a esta mirada dura e impotente/ con que a veces nos mira,/ no hemos de fustigarle ni de mirarle con ira,/ pues él es con nosotros uno, principio y fin”.
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Para él, la poesía era la savia que alimentaba la vegetación de su obra novelesca y así lo leyó Ezra Pound, su primer admirador entre los modernos, asombrado por la pasión de Hardy al escribir sus novelas dominado por la tragedia griega, autor también de un extravagante “drama en mente” napoleónico, The Dynasts (1904–1908), irrepresentable e ilegible, surgido de los manuales escolares, según sentenció George Orwell. Pero desde Virginia Woolf hasta John Bayley, Tom Paulin, Tim Parks y Max Ford, autor de una biografía de Hardy (Thomas Hardy. Half a Londoner, 2016), basada en la contraposición en su vida y obra del campo y de la ciudad, no hay escritor inglés que se prive de escribir una página sobre Hardy.
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Tras su necesaria temporada en el purgatorio, Hardy ha sido recompensando por la ciega Diosa de lo póstumo. Respetado como novelista, creador de uno de los últimos paraísos preindustriales de la literatura, pese a lo basto de sus creaciones, a partir de W. H. Auden y Philip Larkin, ha sido elegido Hardy como el poeta que preludia la belleza de lo ordinario, no sólo muy distinto al engolamiento victoriano y a su hueca retórica, sino como un contemporáneo cabal. Michael Irwin, compilador de The Collected Poems of Thomas Hardy (1984), admite que junto a los abundantes poemas malísimos escritos por Hardy, fue autor de neologismos prejoyceanos e invenciones métricas descabelladas, ajenas a su tiempo y vistas con encendido interés en el nuestro.
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En español poco se conoce de la poesía de Hardy, más allá del poema sobre el Titanic y su vanidad hundida en el mar –de sus novelas, Polanski adoptó al cine Tess d’Urberville con una Nastasia Kinski en plenitud–. En El gamo ante la casa solitaria (Pre–textos, 1999), Francisco Miguel López Serrano ofrece una muestra, modesta por sus dimensiones, de su poesía. El tema del poeta Thomas Hardy fue qué hacer con la memoria de los amores perdidos: “Recuerda que la pérdida, y no la culpa, es mía,/ que es caballero el tiempo, más su trato incorrecto,/ y sabiendo que mi alma la misma es todavía/ –la que antes de causarte dolor perecería–,/ ¿no le darías en nombre de nuestro antiguo afecto/ la mano en el declive sombrío del Trayecto?”
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FOTO: Creador de uno de los últimos paraísos preindustriales de la literatura, a Thomas Hardy se le puede considerar como un poeta que preludia la belleza de lo ordinario./ESPECIAL

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