¿Por qué la crónica?

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De Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo a Salvador Novo, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, la crónica es el gran género de la literatura mexicana, y también el menos estudiado, sostiene Sefchovich en Vida y milagros de la crónica en México (Océano), su más reciente libro, del cual presentamos el primer capítulo

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POR SARA SEFCHOVICH

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1. La crónica es lo mejor de la literatura mexicana.

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Ésta es, sin duda, una afirmación arriesgada. Pero allí están los textos para dar fe de su verdad.

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Nuestra literatura tiene grandes (enormes) poemas, novelas y cuentos. Pero, como conjunto, la crónica es el género de más calidad, originalidad e innovación. Y es, además, el que le habla mejor que ningún otro a los mexicanos, porque recoge y representa lo que compone lo esencial de su cultura.

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2 . Lo es, ante todo, por sus afanes: porque se propone dar fe de lo que sucede, pero también entenderlo. Como afirma Hermann Bellinghausen: “No es ningún ejercicio de contemplación piadosa, sino nuestra oportunidad para saber qué pasa”.

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Qué pasa y cómo pasa. Y quiénes somos los que lo hacemos suceder.

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Lo es, también, por los temas que aborda, que conforman un amplio registro de lo social, lo político, lo económico, lo cultural, lo histórico y lo presente, lo nimio y lo trascendente, lo cotidiano y lo excepcional. Lo es, además, por su “ser literatura”, pues es suya la voluntad de estilo, “de escribir con las palabras adecuadas para el tipo de realidad”, como afirma José Joaquín Blanco. Y lo es, en fin, por su capacidad crítica y su posición moral. No son textos que chorreen moralina ni que pretendan imponer modos de pensar o de vivir, pero son, en todos los casos, lecciones de moral puesta en práctica, aun en los ejemplos que pudieran parecer más frívolos.

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3. México es un país que se ha pasado su historia descubriéndose, explicándose, tratando de entenderse. La literatura y la filosofía buscan nuestra identidad, tratan de comprender quiénes somos y cómo somos, de encontrarle (o darle) sentido a la historia y conciencia a la actualidad. En ese que ha sido un repetido, infinito proyecto, se han quedado las energías de los pensadores, los escritores y los artistas mexicanos. Todos nuestros productos culturales apuntan a ese mismo objetivo de manera persistente: los filosóficos y los literarios, los artísticos y los políticos, los cuales, como afirma José Luis Martínez, se inclinan “insistente y tenazmente, a explorar una sola interrogante: la realidad y la problemática nacional”: “El tema constante será México, México en su totalidad o en algunos de los asuntos que interesan, su historia, su cultura, sus problemas económicos y sociales, sus creaciones literarias y artísticas, su pasado y su presente”, y agrega:

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“Las reflexiones de carácter moral o religioso, tan frecuentes en el pensamiento francés, las de carácter metafísico que prefieren los ingleses o los alemanes, no parecen tener campo en las mentes de nuestros ensayistas, otras son sus preocupaciones. Tampoco la teoría, la divagación intelectual, el solaz gratuito estético o intelectual. Estamos demasiado atareados con saber quiénes somos y qué hacer de nosotros mismos a futuro. Estamos demasiado ocupados haciendo nuestras revisiones de carácter cultural, histórico, filosófico, económico y social, queriendo entender nuestros grandes conflictos del pasado y nuestra identidad”.

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4. La crónica nace de:
• La fuerte tradición oral y al mismo tiempo, el alto valor que se le da a la palabra escrita.
• Los persistentes deseos de las elites por modernizarse (lo que se entiende como estar al día con los países occidentales en cuanto a pensamiento, formas de cultura, patrones de vida y métodos de trabajo), que nos han obsesionado desde fines del siglo XVIII, y al mismo tiempo, los deseos de conservar las cosas, de no cambiar, de seguir siempre la tradición (el edén pueblerino de que hablaba López Velarde).
• Los afanes totalizadores, el deseo de abarcarlo todo y al mismo tiempo el apego a lo concreto e inmediato, a lo tangible.
• El gusto (aprendido de los españoles) por el costumbrismo: “La forma breve, la descripción de la vida colectiva a través de tipos genéricos, la utilización de los espacios que representan actitudes psicológicas de carácter social: el café, el jardín público, el día de fiesta, la calle, la romería” afirma Iris M. Zavala, y, al mismo tiempo, el gusto por el realismo, ese querer copiar casi fotográficamente lo que sucede y ese querer que la escritura nos lo entregue de la misma forma en que lo vemos, conocemos, experimentamos. Como diría Coleridge, volvernos uno con el objeto, hacer del objeto uno con nosotros.
• La sensibilidad romántica: “La rebeldía, la sinceridad, el subjetivismo apasionado, la elocuencia quejumbrosa, la improvisación”, escribió José Emilio Pacheco, y, al mismo tiempo, la tradición católica que apela a conmoverse con el sufrimiento, a “amar a los seres desgraciados y odiar a los satisfechos de la vida”, como decía Julián del Casal.
• El afán de educar. La literatura mexicana, dijo Rosario Castellanos, nunca ha sido un pasatiempo ocioso, alarde de imaginación o ejercicio de retórica sino un instrumento para captar nuestra realidad y conferirle sentido y perdurabilidad. En ella lo estético, lo filosófico, lo sicológico y lo narrativo estuvieron al servicio del conocimiento de la historia y la sociedad. A los escritores les interesó menos entretener que educar, menos la forma y más el contenido. Por eso nunca se limitó a retratar y siempre asumió un compromiso.
• La fuerza de la tradición liberal, la del “escritor popular” que quiere conseguir, escribió Carlos Monsiváis, “el distanciamiento irónico de las obsesiones conservadoras, la sonrisa ante las tonterías de la solemnidad”.
• La moralización constante, permanente (abierta o entre líneas), pues siempre fue, y sigue siendo, una conciencia crítica.

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5. Encontramos crónicas en todas las épocas de la historia mexicana: en la prehispánica, durante la Conquista española, en las tres centurias de la Colonia, en tiempos de la Independencia y durante todo el siglo XIX, en la época de la Revolución, a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI, y las encontramos por igual en los momentos de estabilidad que en los de crisis.

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De hecho, me atrevería a decir que la literatura mexicana funciona toda ella como crónica. Por igual una carta de Hernán Cortés que un poema de Bernardo de Balbuena, un recuerdo de Guillermo Prieto que una novela de Rafael Delgado, la descripción de una calle de Luis González Obregón que el recuento de una cena de intelectuales de Alfonso Reyes, los intentos de comprensión del indio de Ricardo Pozas que los análisis de tipos urbanos de Carlos Monsiváis: todo apunta a cumplir con los objetivos y funciones de la crónica. ¡Hasta las canciones y poemas!, pues como escribe Jacques Lafaye: “El corrido es el retoño americano del romance español, que reúne el soplo épico y lírico de la nación mexicana y hace evidentes los temores y las aspiraciones del alma nacional”.

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Dicho de otro modo: que no hay fronteras de género claras y definitivas: los textos de José Joaquín Fernández de Lizardi y Vicente Riva Palacio, Mariano Azuela y José Revueltas, José Emilio Pacheco y José Joaquín Blanco son, además de lo que se proponen, también crónicas. Y las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, el Duque Job y Elena Poniatowska son, además de lo que se proponen, novelas y poemas.

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6. Por supuesto, ha habido cambios en la crónica a lo largo de la historia: el modo de escribir de Bernardo de Balbuena no es como el de Salvador Novo, el de Guillermo Prieto no es como el de Carlos Monsiváis, el de Manuel Gutiérrez Nájera no es como el de Juan Villoro. Las crónicas son diferentes en su manera de narrar, cada una de acuerdo a la elección del autor, pero también a las posibilidades de su tiempo: las convenciones lingüísticas, retóricas y estilísticas, el destinatario imaginado o deseado, el grupo social que se retrata, el objetivo que se propone.

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En cada momento histórico, la crónica participa en el conjunto de formas culturales —imágenes, representaciones, símbolos, ideas— y, necesariamente, de lo que puede y debe ser dicho y del cómo, así como de lo que no se puede decir y de lo que ni siquiera se puede imaginar.

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Unas veces parece lógico que hable de los ricos y sus ocupaciones, y otras se espera que hable de los pobres y sus tribulaciones; a veces que se haga denuncia social y a veces que lo importante sea lo frívolo; tiempos en que se escucha al otro y tiempos en que sólo se escucha cada quien a sí mismo; momentos en que la vida cotidiana no interesa, y momentos en que eso es precisamente lo que se busca recoger.

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Y más todavía: no sólo el tipo de sujetos y de objetos que se observan y se escuchan, sino la manera misma de observarlos o escucharlos y hasta la concepción de la sociedad (como estática o dinámica, como justa o injusta), pues la crónica hace evidentes las concepciones mentales de cada época, la sensibilidad, la estética e incluso las concepciones éticas y morales que la presiden y marcan.

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Lo mismo sucede con las formas y estilos, los tonos y acentos. Hubo tiempos en que dominó el hispanismo costumbrista de un Prieto, y tiempos en que fue el afrancesamiento elegante de un Gutiérrez Nájera; unos en que privó el estilo ligero de un Novo y otros en que lo hizo el analítico de un Monsiváis; épocas en que la ironía está presente y épocas para la solemnidad; momentos en que se vale demostrar erudición y momentos en que la ignorancia está de moda (y hasta la estupidez, sea real o fingida); tiempos de retórica elegante y tiempos de lenguaje coloquial; épocas en que se pretende sinceridad y épocas en que importa más el artificio. Son, diría Susana Rotker, cortes epistemológicos que evidencian momentos ideológicos.

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Pero lo que se ha mantenido sin cambios son dos aspectos: la intención del texto y su función social.

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Por igual Díaz del Castillo que Prieto, Novo que Monsiváis, Gutiérrez Nájera que Villoro, tuvieron la voluntad y el propósito de recoger y reproducir lo que veían y de criticar y moralizar. Algunos con la suavidad de Amado Nervo, otros con las asperezas de José Joaquín Blanco, unos con la solemnidad de Cristina Pacheco, otros con la frivolidad de Guadalupe Loaeza.

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7. ¿Por qué entonces, siendo la crónica el gran género de la literatura mexicana, el más cultivado y el más leído, es el menos estudiado? ¿Por qué hasta muy recientemente nunca se le consideró importante, al contrario, se le tomó por menor, sin el prestigio de la poesía, la novela, el ensayo o incluso el cuento y el teatro?

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Puede ser que esto haya sido así porque en su mayor parte, las crónicas han aparecido en publicaciones que mueren al día siguiente como periódicos o revistas y no en los sacrosantos y prestigiados libros. O quizá porque sus propios autores no le dieron importancia: Gutiérrez Nájera decía que escribía para llenar el espacio en los diarios, otros aseguraban que lo hacían para llevar el pan a su mesa y Novo consideraba que sus escritos en los diarios eran prostitución.

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Cualquiera que haya sido la razón, el hecho es que eso fue, precisa y paradójicamente, lo que le dio al género su gran libertad, pues no tuvo que aceptar las modas temáticas o estilísticas ni las imposiciones de los editores o del mercado, no se planteó problemas de trascendencia (al contrario, parece un género abocado a la inmediatez), de dogmas culturales, artísticos o ideológicos, y fue suya tal amplitud de posibilidades y tal flexibilidad, que terminó por conseguir, tanto formal como temáticamente, ser el género que mejor les permite a los escritores decir lo que quieren decir y del modo como lo quieren decir. El resultado es que son textos siempre frescos, siempre fluidos, siempre amenos, incluso cuando sus temas no lo son, como sucede con las crónicas actuales.

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Y para los lectores, esa libertad significó encontrarse al mismo tiempo con el “retrato” de la realidad y con la agilidad del relato bien escrito. Porque en la crónica, la palabra es información y es arte, es objeto para el saber y para el placer. Y por ello se convirtió en el género más frecuentado en la literatura mexicana, el que más se lee: “Es la práctica escritural más popular, rica y duradera”, afirman Ignacio Corona y Beth Jörgensen, y, el que tiene más autoridad en la cultura.

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FOTO: La crónica en México ha registrado una gran variedad de formas, estilos, tonos y acentos. En la imagen, Carlos Monsiváis, autor de Los rituales del caos (1995), a mediados de la década de los 60. /Archivo EL UNIVERSAL

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