El hilo negro de la lectura

Feb 16 • destacamos, principales, Reflexiones • 3705 Views • No hay comentarios en El hilo negro de la lectura

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En la lógica de los funcionarios de la Cuarta Transformación, los bajos índices de lectura en México se solucionan con una fórmula infalible: bajar los precios de los libros. Luego de un simple ejercicio aritmético y la comparación con otros vicios, como el cigarro o la cocacola, surge una pregunta: ¿en verdad son prohibitivos los precios de los buenos libros, los verdaderamente memorables en la vida de un lector?

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POR JUAN DOMINGO ARGÜELLES

¡Albricias! La actual administración cultural, la del “nuevo régimen”, la de la Cuarta Transformación, ha encontrado el hilo negro de la lectura: “La gente no lee porque los libros son caros”. ¡Bingo! Por eso, para acabar con la falta de lectura en México, hay que abaratarlos y hasta regalarlos. De este modo, la gente no parará de leer hasta alcanzar los índices de lectura de Finlandia. Parece broma, pero es cosa “seria”.

 

Todo ello pese a la existencia de estudios de comportamiento lector que indican que, para que existan lectores, se necesita, antes que nada, la necesidad de leer. Sin necesidad de lectura, cualquier libro, así sea el mejor, es letra muerta. Leen, con perdición, los obsesos de la lectura: los que necesitan libros, y los consiguen, y llegan a ellos, aunque nadie se los regale. Puede haber macrolibrerías por cientos y bibliotecas públicas por miles (de hecho, las hay), y hasta ríos impetuosos de libros regalados, pero si no hay públicos lectores, el simple discurso no hará que la gente lea. ¡Hemos vivido décadas de discursos, de puros rollos!

 

Además, leer no es un verbo neutro: hay que ver qué se lee y quién te da de leer. Por ejemplo, catequizar (con cartillas morales) no es formar lectores, sino moralizar y repartir propaganda. Quien te regala un libro (esto es obvio), lo hace porque está de acuerdo con su contenido. Un maoísta te regala El libro rojo de Mao y no, por cierto, el Diccionario filosófico de Voltaire. Y es que, desde el poder, cuando no se moraliza, se banaliza. Siempre ha sido así. Únicamente los lectores insumisos no se dejan dorar la píldora. Por lo demás, es falso que, moralmente, se puedan prever las consecuencias de la lectura, por más que deseemos que el libro sea (es un ideal) un instrumento de redención y de inteligencia crítica.

 

La “moralidad” que los políticos quieren derivar del arte y la literatura, demuestra que no comprenden ni uno ni otra. Los ven, nada más, como formas de propaganda. Harold Bloom ha escrito: “Leer al servicio de cualquier ideología es lo mismo que no leer nada. La recepción de la fuerza estética nos permite aprender a hablar de nosotros mismos y a soportarnos. La verdadera utilidad de Shakespeare o de Cervantes, de Homero o de Dante, de Chaucer o de Rabelais, consiste en contribuir al crecimiento de nuestro yo interior. Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o dañinos. El diálogo de la mente consigo misma no es primordialmente una realidad social”.

 

Leer está muy bien, pero es mucho mejor cuando distinguimos, y elegimos, qué leer. En cuanto a la necesidad de libros, que no es lo mismo que de lectura, debemos señalar lo siguiente: Hay gente que nunca ha tenido necesidad de leerlos, y cuando precisa de ellos, para un fin inmediato (la escuela, un examen, un trabajo, etcétera), obviamente, los compra: sabe que tienen un precio, aunque sean las cosas que menos aprecie. No es lo mismo precio que aprecio. Antonio Machado lo supo y lo dijo: “Todo necio/ confunde valor y precio”.

 

Ahora bien, ¿de veras los libros son caros, esto es de elevado precio, y por eso no se lee en México o se lee muy poco? Depende de qué clase de libros estemos hablando. Los mejores libros, los de los grandes escritores, las obras maestras de la literatura, la filosofía, la psicología, la ciencia, la religión, la historia, etcétera, son baratísimos, y también pueden ser caros, dependiendo de la edición que compremos. ¿Las Fábulas de Esopo? Hay ediciones desde 45 pesos hasta 349, pasando por los precios intermedios de 69, 99, 120 y 146. ¿Guerra y paz, de Tolstói? Va de 171 pesos a 643, pasando por más de diez precios intermedios; pero el volumen de 643 pesos viene en un precioso estuche “fifí”, para decirlo con un anacronismo ridículo. ¿La metamorfosis, de Kafka? Aquí están los precios, en orden ascendente, según sean las ediciones: 24, 25, 29, 37, 38, 43, 47, 52, 59, 66, 98, 112, 113, 159, 259, 285, 398, 443 y otros más que llenarían todo un largo párrafo. Y conste que estamos hablando, siempre, de libros impresos, ya sean en rústica o en pasta dura, ya sean nacionales o importados.

 

¿Otros ejemplos? Aquí van tres más, porque este ejercicio puede ser interminable. El príncipe, de Maquiavelo: desde 29 pesos hasta 425, pasando por los precios intermedios de 41, 43, 51, 57, 60, 64, 70, 89, 129, 143, 159, etcétera. La divina comedia, de Dante (edición completa, no abreviada ni adaptada): desde 83 pesos hasta 1,350, pasando por los precios intermedios de 125, 129, 204, 319, 339, 347, 374, etcétera. La Ilíada, de Homero (edición íntegra, no abreviada ni adaptada): desde 49 pesos hasta 417, pasando por los precios intermedios de 79, 87, 169, 198, 224, 270, 312, etcétera.

 

¿La gente no lee porque los libros son caros? No, la gente no lee libros porque, entre otros factores, la escuela les quita el apetito lector a los alumnos, no se preocupa por formar lectores y obliga a entregar resúmenes de libros no leídos. Por otra parte, existe la hipocresía que concede un valor sacramental al libro, como dijera Gabriel Zaid, pero únicamente para los discursos. A la mayor parte de los políticos, cuando se les pregunta qué están leyendo, invariablemente dicen que Cien años de soledad. Pero éste no es un libro leído; es un cliché. La mayoría de ellos está muy lejos de los libros, pero el discurso según el cual leer es muy bueno los viste mucho o los desviste (como al rey que va desnudo) según sea el caso.

 

El resultado de leer buenos libros, pese a tener un valor relativo, subjetivo y, por lo general, intangible, suele notarse, para bien y para mal: para bien, cuando la gente no esta todo el tiempo ostentando que lee esto y lo otro, aunque se advierta su cultura; para mal, cuando las personas todo el tiempo están parloteando de lo que leen, únicamente para mostrar que han leído más que su vecino. Luego están los políticos que dicen leer, pero no se les nota ni en el barniz, y que si realmente han leído un libro ha sido por un pretexto “interesado” que poco o nada tiene que ver con la pasión lectora.

 

Volvamos a formular la pregunta: ¿La gente no lee porque los libros son caros? No, la gente, mucha gente, no lee porque no tiene interés ni necesidad de leer libros. En cambio, sí fuma cigarrillos y bebe alcohol y cocacolas (muy su gusto, por cierto). Pero que no vengan con el cuento de que no leen porque los libros son caros. En “El precio de la muerte”, un artículo acerca de lo que pagan los consumidores en América Latina por una cajetilla de veinte cigarrillos, se informa que en México es de 2.50 dólares, es decir, en promedio, 54 pesos mexicanos, más que en Brasil, Argentina y Colombia, aunque menos que en Perú, Uruguay y Chile. Si un fumador, que llega a consumir hasta veinte cigarrillos al día, en lugar de esto, comprara libros, le alcanzaría para La metamorfosis, de Kafka (24 pesos) y El príncipe, de Maquiavelo (29 pesos), y hasta le sobraría un peso de cambio. O bien, le alcanzaría para comprar la Ilíada, de Homero (49 pesos), y le quedarían cinco pesos de cambio. ¿La gente no lee porque los libros son caros? Los cigarrillos son más caros, y sin embargo la gente fuma y no se queja del precio de los cigarrillos.

 

Va la misma operación, pero ahora con cocacolas: La botella de un litro cuesta 17 pesos, y la de dos litros y medio, 32. Suponiendo que los adictos a la cocacola únicamente consuman dos litros y medio al día, eso les alcanzaría para La metamorfosis, de Kafka, y hasta les quedarían ocho pesos de cambio. Seamos realistas y pidamos lo imposible: Con una semana que dejen de consumir cigarrillos (378 pesos) y cocacolas (224), les alcanza para adquirir las ediciones económicas de los seis libros mencionados (cuya suma es de 401 pesos) y todavía les quedarían 201 morlacos para “dilapidar” en otros libros. ¿La gente no lee porque los libros son caros? Ni la pregunta es retórica ni la respuesta admite serlo. No seamos mentirosos. Los libros más caros, en general, son los peores: los que se apilan por metros junto a las mesas de novedades, y están de moda (Fuego y sangre, por ejemplo, de George R. R. Martin, cuesta 499 pesos), y que si los dejas de leer no pasa nada.

 

Leer es un gusto que todos los alfabetizados, formados en la lectura de antemano, podemos darnos, y puede ser también una manera de desarrollar una habilidad, adquirir conocimientos, agudizar nuestra sensibilidad y fortalecer nuestro raciocinio. También, por supuesto, los libros nos entregan solaz, amenidad, entretenimiento y diversión, pero hay libros que únicamente son “divertidos” o “entretenidos”, y no se pueden comparar con las grandes obras que, además de apasionarnos, nos sensibilizan y pueden modificar nuestra existencia. Pero cada cual es libre de hacer con su tiempo y con su dinero lo que desee.

 

Lo que ocurre es que para leer libros y, especialmente, buenos libros, se necesita no sólo el acceso a éstos, sino también, y, sobre todo, el apetito, la necesidad de leer, que, hasta el momento, y a lo largo de toda la historia, ¡en todo el mundo y no únicamente en México!, sólo una minoría ha adquirido. Esta minoría es mayor o menor según sea el desarrollo educativo, cultural e intelectual de un país. No en todas las esquinas de París hay un Montaigne, un Sartre y una Simone de Beauvoir, ni en todas las esquinas de Londres abundan los Dickens y los Stevenson. ¿A poco creen que en cada esquina de Lisboa hay un Pessoa y un Saramago? Dejémonos de ingenuidades y centrémonos en la realidad.

 

En junio de 2006, en la Biblioteca Municipal de Oeiras (en las afueras de Lisboa), José Saramago, a quien nadie podría clasificar de hombre de derechas, sino al contrario, dijo lo siguiente, ante el espanto hipócrita de la ministra de Cultura de Portugal: “No vale la pena el voluntarismo; es inútil: leer siempre fue y siempre será cosa de una minoría y no vamos a exigir a todo el mundo la pasión por la lectura”. Y remató: “Mal andan las cosas si resulta necesario estimular la lectura, porque nadie necesita estimular el futbol”. Le dio el soponcio a la ministra Isabel Pires (política, al fin y al cabo) y “lamentó” las declaraciones del gran escritor, y dijo estar “realmente sorprendida” por tal blasfemia y tan terrible herejía, porque, además, ¡por si ello fuera poco!, Saramago había aceptado formar parte de la Comisión de Honor del Programa Nacional de Lectura de Portugal. Pero ¿dónde está la mentira en lo que dijo Saramago? ¡No hay mentira! Lo que pasa es que los políticos no desean escuchar la verdad. Lo que quieren es fe ciega y militancia, como la de ellos, y convencerse de cosas que no tienen ningún sustento en la realidad. Leer es un vicio de pocos, y los viciosos no tienen por qué justificar sus vicios, a menos que sean unos hipócritas.

 

Leer se vuelve un vicio cuando la lectura ha atrapado de veras a las personas. Y existen niveles en dicho vicio. Hay quienes leen un montón de trivialidades y banalidades en tanto que otros leen obras de gran calado intelectual, de profunda sensibilidad, de indiscutible valor cultural. En todo caso, leer puede ser un vicio virtuoso, a diferencia de fumar y drogarse, pero, hasta hoy, no he conocido a nadie que anduviera de quejumbroso con el cuento de que los cigarrillos y los estupefacientes son tan caros que, ya de plano, dejó de fumar y de drogarse. ¡Aleluya! Sería maravilloso que la gente evitara los daños a su salud con este tipo de razonamiento deductivo. Pero no es así: la gente que se queja del precio de los libros (porque ni los valora ni les tiene aprecio ni los necesita por lo demás) y que dice que no los lee o casi no los lee porque son muy caros, ni chista cuando paga los cigarrillos, los carrujos, los churros, las copas o las botellas o simplemente las cocacolas. Si la gente dedujera que ser fumadora y bebedora es un asunto muy caro, además de dañino, ya no habría fumadores ni bebedores en este mundo, porque, además, en todos los países, los cigarrillos, los refrescos embotellados y el alcohol se han encarecido, y cada año se encarecen más, producto de un impuesto especial que les aplican los gobiernos, supuestamente para desincentivar su consumo, y sin embargo los tratamientos hospitalarios públicos por enfisema pulmonar, cáncer, cirrosis, diabetes, etcétera (consecuencia de fumar, consumir refrescos y beber habitualmente), no se han reducido.

 

Gabriel Zaid, quien ha estudiado este tema como pocos, afirma que la gente que se queja del precio de los libros y que se niega a pagar doscientos pesos por uno, no se queja ni se limita cuando de aperitivos se trata, incluso cuando los aperitivos cuestan más que los libros. Esa misma gente que se queja por lo caros que están los libros, dice Zaid, quiere que se los regalen (¡y hasta dedicados!), pero sabe que no le regalarán los aperitivos. Éstos tienen valor para ella; los libros, en cambio, no: son tan inútiles que sólo los leería si se los regalaran. Y ello quién sabe, porque entre el decir y el hacer media un abismo.

 

Nadie espera que le regalen los pantalones, pero sí los libros. Al respecto, Lichtenberg tiene un aforismo devastador, para acabar de una buena vez con las falacias sobre los precios prohibitivos de los libros: “Quien tenga dos pantalones, que venda uno y compre un libro”. Es obvio que sólo estarían dispuestos a hacer este sacrificio los que aprecian más los libros que los pantalones y los cigarrillos y los aperitivos y las cocacolas y los celulares y los zapatos y todo lo demás.

 

 

ILUSTRACIÓN: Rosario Lucas

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