Quaresma o la máquina de razonar 

Oct 3 • destacamos, principales, Reflexiones • 4385 Views • No hay comentarios en Quaresma o la máquina de razonar 

POR LILIANA MUÑOZ

 

Toda novela policiaca plantea, fundamentalmente, un enigma y una solución, pero en el caso de las novelas policiacas de Fernando Pessoa –reunidas ahora bajo el nombre de Quaresma, descifrador– el enigma a resolver pareciera no ser otro que el del autor mismo.

 

Una aclaración preliminar: los doce textos comprendidos en Quaresma, descifrador no son –o no únicamente– relatos policiacos en la acepción tradicional del término (a la manera de, digamos, Edgar Allan Poe o Arthur Conan Doyle), sino piezas que, paradójicamente, trascienden su condición de mero divertimento. Me explico: Abílio Fernandes Quaresma no es, en modo alguno, un August Dupin ni mucho menos un Sherlock Holmes. Aunque comparte con ellos algunas particularidades –el razonamiento aplicado, la afición por los enigmas–, Quaresma dialoga más íntimamente con otras personalidades pessoanas que con aquellos modelos de detective. En pocas palabras: más que un detective, es otra mutilación de la personalidad de Pessoa. Si Bernardo Soares –como el poeta afirmaba en una carta– “soy yo menos el raciocinio y la afectividad”, Quaresma, por el contrario, es la encarnación del razonamiento puro: “Cuando Abílio razona, intenta convertirse espontáneamente en una máquina de razonar. Se despoja de Abílio, se despoja de Fernandes, se despoja de Quaresma; se despoja de sus cuarenta y tantos años […] En resumen, señores míos, se despoja de todo” (p. 395). Por ello, más que escribir relatos detectivescos, Pessoa utilizó como eje la pesquisa policiaca para articular sus peculiares teorías acerca del genio y la locura, la crítica y la creación, la emoción y el razonamiento. En este sentido, no me parece aventurado señalar que el poeta se valió del género policiaco para indagar, ante todo, en el enigma de su propia personalidad.

 

Pessoa, como Borges, fue un ávido lector de relatos policiacos (no en vano incluía siempre, entre sus autores predilectos, a los maestros del género), pero también un temprano artífice de estas ficciones: Horace James Faber –uno de sus primeros heterónimos– es autor de una serie denominada Tales of a reasoner y creador del personaje de William Byng, ex sargento y razonador infalible (un personaje que, dicho sea de paso, parece ser el precursor de Quaresma). No debe resultarnos extraño, por tanto, su interés en este género: el poeta –sin hacer distinción entre supuestos géneros mayores y menores– construyó todo un universo literario (su consabido drama em gente) con el fin de develar un único misterio: la naturaleza de su personalidad y de su genio.

 

Abre el libro un prefacio por parte del supuesto autor de estos relatos. En él confiesa, entre abrumado y afligido, la dolorosa impresión que le causó enterarse de la muerte del doctor Abílio Quaresma, “médico sin clínica y descifrador de enigmas”. Y añade: “Me encogió el alma que un hombre como Quaresma no hubiera tenido ni un solo día de fama. Bien sabía yo que él nunca la había buscado: siempre soñador, encerrado en su alcoholismo impenitente y en su razonamiento, ya casi automatizado. Pero la justicia me susurrraba, no sin intimidación en su voz secreta, que esa fama era legítima, que por no haberla buscado era justo merecerla […]” (p. 34). Aparecen aquí, nuevamente, las conocidas obsesiones pessoanas: el reconocimiento tardío, la fama póstuma, la inadaptación a la vida, etc. En el fondo, todas las personalidades literarias de Pessoa –digamos, Bernardo Soares, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro– son incapaces de habitar la realidad, pero están armados de atributos que los llevan a justificarse ante la vida: la contemplación estética, la sensibilidad exacerbada, la capacidad de soñar. Quaresma no es la excepción. En su caso, “el razonamiento aplicado era su placer abstracto […] Carecía de cualquier sentido estético, salvo aquel que el razonamiento proporciona a partir del equilibrio que nace de ejercerlo” (p. 38).

 

Los doce relatos reunidos en Quaresma, descifrador revelan, en cierta forma, las distintas manifestaciones de la vertiente razonadora del doctor Quaresma. “El caso Vargas” es, sin duda, el texto más ambicioso. Compuesto por ciento noventa y siete documentos, narra el aparente suicidio de Carlos Vargas en un callejón, y la identificación, por parte de Quaresma, de que se trata más bien de un asesinato. Es en este relato en donde se despliega, por primera vez, el método de Quaresma, un método consistente en la aplicación del razonamiento abstracto a la resolución de los problemas. O, como explica en “El pergamino robado”: “Yo, que soy propenso a ser subjetivo y razonador (nací así), empleo siempre, en todos los casos, el método del razonamiento, del razonamiento puro […]. Parto de uno o dos hechos simples, en los que me baso para empezar a corroborar, y sólo mediante el razonamiento, que son realmente hechos; y a partir de ahí, con los ojos cerrados, sirviéndome únicamente del análisis y la síntesis, emprendo la búsqueda para descubrir la verdad” (p. 185). En este sentido, Abílio se encuentra más cerca del descifrador de enigmas que del detective propiamente dicho. Porque en estos textos la trama policiaca palidece ante el análisis exhaustivo de la personalidad del criminal –el loco superior y el loco inferior, el criminal por vulgaridad y el criminal por premeditación, el genio y el maniaco, etc.–. Quaresma, como otras figuras pessoanas, es un hombre escindido: “Siempre me he sentido como dos individuos: uno que pensaba y otro que sentía. Casi puedo ver en mi alma el espacio que se abre entre los dos” (p. 153). Y él, para convertirse en un auténtico descifrador, para convertirse en un auténtico maestro del arte de razonar, debe erradicar por completo su personalidad: debe convertirse –únicamente– en una máquina de razonar: “¿Ejerce usted la profesión, Quaresma? –No. ¿Por qué me lo pregunta? –Por nada. Por curiosidad […].–Pues no ejerzo, no. En la vida sólo soy descifrador.” (p. 457).

 

 

*FOTO:  Por su hábito recurrente a las personalidades múltiples, el poeta y narrador portugués usó los nombres de Bernardo Soares y Alberto Caeiro/Especial.

 

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