Se recomienda para turistas

May 7 • destacamos, principales, Reflexiones • 1780 Views • No hay comentarios en Se recomienda para turistas

Clásicos y comerciales

POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

 

Siempre es un problema recomendarle libros a los visitantes u opinar sobre la bibliografía que traen desde el extranjero. El caso mexicano, ya lo creo, debe ser, empero, uno de los más fáciles: tanto El llano en llamas, Pedro Páramo y El laberinto de la soledad son libros sustanciosos y portátiles para el recién llegado. El de Paz, en opinión del poeta, mereció esa Posdata de 1970 que sólo apareció sin la t en su primera edición y que se recomendaba junto a El Laberinto de la soledad siempre y cuando los marxistas y los regionalistas, no advirtieran al turista de su supuesta obsolescencia. A un querido amigo le dio por recibir al recién llegado con Los relámpagos de agosto (1964) pero para entender el humor de Ibargüengoitia se necesita haber vivido al menos un par de décadas bajo el dominio del antiguo régimen de la Revolución Institucional y tratándose de un lector más joven, resultaban mejor opción Paco Ignacio Taibo II o Roberto Bolaño hasta que la literatura, ficción y no ficción, del narco, arrasó con cualquier otra oferta.

 

Hay turistas cultivados que traen, celosos, su propia bibliografía, como es el caso de los franceses, notablemente cultos entre los trotamundos. Pues para ellos Patrick Deville (1957) ha publicado algo muy remotamente parecido a una novela que se llama Viva, editada en París hace un par de años y ahora incluida entre las novedades de Anagrama, en traducción de José Manuel Fajardo. Ni siquiera borrando por completo la ya de suyo nebulosa frontera entre los géneros puede admitirse que éste anecdotario histórico sea una novela, no lo es ni por su estructura ni por su lenguaje ni tampoco por sus pretensiones. Ojo: no estoy diciendo que sea forzosamente un mal libro, pues no lo es, aunque para los entendidos en ese magneto cosmopolita que fue México entre nuestra Revolución y la Segunda Guerra Mundial, Viva tan sólo reviva detalles emocionantes pues el elenco estaba entre lo más granado del siglo pasado.

 

Sí, aunque no lo crean los más jóvenes, hubo un tiempo de oro en que México fue la tierra de la Gran Promesa y aquí vinieron a dar, casi todos ellos convocados y conectados por el escritor francés, nada menos que D.H. Lawrence, el suicida Maiacovsky, el cineasta Eisenstein, el alucinado Artaud, don Breton, el católico Greene, el poeta y boxeador Artur Cravan y su novia Mina Loy, el falso anarquista que devino B. Traven (que no Bruno), Tina Modotti, su amante Julio Antonio Mella y el asesino de su amante, Vittorio Vidali, William Burroughs, sus adicciones y su desafortunada tentativa de hacer de su mujer un Guillermo Tell… Todo ello sin contar con el variopinto e inolvidable exilio republicano español con su fila de poetas que abrió Alberti y cerró Cernuda, con Victor Serge y su hijo Vlady, con Jules Romains y algún príncipe centroeuropeo.

 

Los anfitriones eran, también, de primera, Diego Rivera y Frida Kahlo, quienes trajeron a Trotski y a su gente, personaje que Deville coloca en paralelo con otro de nuestros visitantes distinguidísimos, Malcolm Lowry. Para quienes nos nutrimos de ese periodo como si fuera nuestra placenta, cualquier detalle nuevo u olvidado, se agradece. Algunos son voluntariamente o involuntariamente (a todos nos suele suceder) derivativos, como el estertor de Trotski ya con el piolet clavado en la nuca, que parece provenir de un verso de Piedra de sol, de Paz; otros me invitaron a releer las memorias de Jean Van Heijenoort, que una vez asesinado el viejo, se refugió en las matemáticas pero volvió a la escena del crimen para protagonizar una muerte de nota roja en 1986. O Traven, quien siempre intriga y nunca se relee.

 

Viva es un péndulo, insisto, entre los Lowry y los Trotski. Acaso Deville carga las tintas un poquito tratándose del amorío entre Lev Davidóvich y Frida, cuya importancia rebajan los biógrafos más recientes del bolchevique, cuya persecución implacable siempre conmueve y su coqueteo final con el arte libre, gracias a Breton, intimidado ante el judío ucraniano como sólo lo había estado ante Freud, a veces parece liberarlo de su culpa. Pues cuando Stalin era sólo un gángster en el reparto bolchevique, fueron Lenin y Trotski los coautores de la pesadilla. Pero la gran novela sobre Trotski ya existe. Vino del lugar más inesperado, de Cuba, donde murió su asesino (gracias a una gestión de Cárdenas, paradoja que anota Deville) y la escribió Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros.

 

Tan poco interés tiene Deville en la ficción –lo cual no sería ningún pecado si hubiera escrito un ensayo– que ignora las recientes investigaciones que han vuelto plausible el asesinato del autor de Bajo el volcán por su esposa, comprensiblemente harta de la beberecúa de don Malcohol. Ese expediente, según leí hace unos años en The Times Literary Supplement, lo armó un policía de Sussex como si estuviera imitando, en celo y profesionalismo, a un ministerio público de Ecatepec.

 

Curiosamente, la única ficción que detecté en Viva parece más producto de un error que de la imaginación: el general Lázaro Cárdenas no fue a Londres a anunciar la expropiación petrolera de 1938. Jugando con su propia numerología, a Patrick Deville le emociona que el subcomandante Marcos, cuyo milenio duró un ratito, haya nacido en 1957, cuando murieron Rivera y Lowry. Cada quien. Ojalá alguien, algún día, escriba la historia cultural del periodo de entreguerras en México, la única, larga y memorable ocasión en que fuimos el ombligo de la luna. En tanto, Viva, de Patrick Deville, es recomendable para los turistas europeos ansiosos de veranear por acá con un libro revelador de un escenario acaso desconocido.

 

*FOTO: El escritor francés Patrick Deville ha tomado como material narrativo la vida de personajes marginales de la historia occidental. También es autor de las novelas Ecuatoria y Peste & Cólera/ Yadín Xolalpa. El Universal.

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