Días de (otro) combate: una crítica al proyecto de Taibo II en el FCE

Ene 5 • destacamos, principales, Reflexiones • 11942 Views • No hay comentarios en Días de (otro) combate: una crítica al proyecto de Taibo II en el FCE

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Las ideas que Paco Ignacio Taibo II, designado como nuevo director del Fondo de Cultura Económica (FCE), ha adelantado sobre las tareas de esta editorial pública generan dudas sobre su capacidad de interlocución con la industria del libro, los organismos educativos y los derechos de autor. ¿Parte su proyecto de una confusión añeja y de la idealización de epifanías lectoras? ¿Llevará la austeridad republicana al FCE a la catalepsia institucional?

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POR TOMÁS GRANADOS SALINAS

Es fácil compartir con Paco Ignacio Taibo II el diagnóstico de que México necesita más lectores. En el mundo de las abstracciones, un lector es una persona autónoma, con criterio propio para escoger dónde clavar las pupilas, capaz no sólo de separar la paja del trigo sino de incorporar ese grano a su propia vida; alguien que recurre con naturalidad y provecho a las palabras, impresas en papel o formadas en una pantalla, colocadas en la columna de un diario o entre los dibujos de un cómic o en un muro de Facebook o en la monótona página de un directorio, para entretenerse, educarse e informarse. Cabe esperar que esa persona idealizada, y por ello irreal, sea un ciudadano exigente, responsable, insaciable, que sin duda se estremece ante un relato bien dispuesto o una metáfora de esas que producen epifanías, pero que no teme aventurarse en la tupida selva de las ciencias y las humanidades ni en el páramo de un informe médico, un instructivo, una receta de cocina.

 

Lo que resulta difícil de entender es que el Fondo de Cultura Económica, tras engullir a Educal y a la Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, quiera echarse sobre los hombros la descomunal tarea de corregir aquello que el sistema educativo y laboral no ha conseguido: erradicar el analfabetismo funcional. Lamentablemente el padre de Héctor Belascoarán Shayne está equivocado, pues una editorial, aunque cuente con los contrafuertes de una red de librerías y un monumental prestigio, no puede sustituir la función que corresponde a las aulas y los centros de trabajo, a la interacción entre pares y a los mecanismos formales e informales de recomendación, a toda esa red inasible de influencias que casi al azar conforman la personalidad de cada lector.

 

Las ideas que Paco ha adelantado se asientan en una confusión añeja que en su momento animó a José Vasconcelos y a Jaime Torres Bodet: que es necesario poseer buenos libros para convertirse en lector. En ese silogismo, la deseable acción del Estado sería escoger un conjunto de obras para producir la metamorfosis de la oruga analfabeta; si además se le regalan, la mariposa lectora volará libre. El primer secretario de Educación confió en la Antigüedad clásica y la Europa decimonónica y de principios del siglo XX; su sucesor, en el manual escolar para emprender una de las tentaciones más perseverantes del Estado mexicano: repartir ejemplares sin costo (para el beneficiario). Me cuesta trabajo convencerme de que una nueva ola, con obras que de tan buenas “le volarán las neuronas” a quien se acerque a ellas —¿Dos Passos y Bradbury en vez de Esquilo y Tolstoi?—, logrará por fin subir el nivel de las aguas lectoras en nuestro país. La alternativa es insistir en el acceso a los libros, no necesariamente en la posesión personal de ejemplares.

 

Por eso las bibliotecas son el espacio adecuado para producir una revolución lectora en México. Y por biblioteca hay que entender las instituciones con personalidad jurídica y las expresiones espontáneas y sostenidas por unos pocos entusiastas, las colecciones bibliográficas en torno a una escuela o derivadas de una obsesión personal: las más de siete mil de la Red Nacional de Bibliotecas, los millones de ejemplares que conforman las Escolares y de Aula, los cientos de Salas de Lectura, los clubes y círculos organizados desde la felicidad compartida, incluso los pocos o muchos anaqueles de mi casa o de la casa del que ahora lee estas líneas.

 

Más que publicar cientos de miles, incluso millones de ejemplares de unas pocas obras —que es lo que en el mejor de los casos podrá hacer el nuevo FCE, con las inevitables limitaciones de calidad y diversidad que enfrenta cualquier entidad editora—, la cuarta transformación lectora debería fortalecer la presencia de las bibliotecas barriales o comunitarias, abrir las que hoy tienen propósitos acotados, dinamizar las que son meros almacenes de páginas mudas. Desde luego que serían bienvenidas las bocanadas de aire fresco que ofrecen las novedades, para lo cual valdría la pena explorar en serio el método de pago en especie que propuse en otro momento.

 

Una biblioteca que aspira a generar lectores se basa en la heterogeneidad: ofrece a cada cual lo que a éste le conviene, algo que no puede ser elegido por un solo editor, por más iluminado que sea. A la manera de las tiendas minoristas, una biblioteca crea diversidad afín a sus usuarios; no aspira a tenerlo todo pero sí un poco de todo; no tiene la última palabra, sólo alguna oportuna para este o aquel lector. El bibliotecario, como el librero y el editor, construye su casa con ladrillos ajenos: uno tomado de aquí, otro de allá. Un verdadero programa para multiplicar los lectores tendría que hacerse de la mano, no al margen y mucho menos en contra, de las entidades —privadas o públicas, microscópicas o mastodónticas— que se dedican a producir y distribuir libros. Así, además, se daría un sanísimo efecto multiplicador, tanto en términos económicos como de responsabilidad compartida, entre los autores, los editores y los libreros, por sólo mencionar los engranajes más conspicuos de la maquinaria libresca.

 

Paco quiere publicar libros. Lo comprendo: pocas actividades son más gratificantes que convertir una intuición en cientos de kilos de celulosa manchada de tinta. Pero si, como ha dicho, su meta es que haya más lectores, debería poner sus esfuerzos ahí donde pueden resultar más eficaces. Quienes lo conocemos sabemos que no aspira a un cargo público y que no rehúye la batalla, por pueril que sea, por lo que convendría que canalizara su turbulenta vitalidad a hacer que las bibliotecas extiendan sus dendritas por todo el país y conformen un encéfalo descentralizado y versátil, todo lo contrario a lo que él ha sugerido para el FCE.

 

Ahora que se ha dado a conocer el presupuesto federal, va quedando claro que la austeridad republicana raya en la catalepsia de las instituciones públicas. Es evidente que no habrá recursos para mantener en circulación los puntales del catálogo histórico del FCE y a la vez estrenar nuevas colecciones, por más que consistan en volúmenes de pocas páginas y enormes tirajes; para honrar los compromisos en materia de regalías y pago a proveedores —eso son las editoriales que abastecen la red de librerías— y a la vez reclutar el ejército de ilustradores, traductores, formadores, editores, directores de colección con el que sueña Paco. Y sería descortés, por no decir que falto de profesionalismo, no honrar los contratos que el FCE ya tiene con autores, editoriales extranjeras y agencias literarias: el nuevo director adelantó que no aceptará el programa editorial que haya preparado la dirección anterior (aclaro que no conozco ese programa); desde luego, a todo editor le desespera la lentitud con que corre el tiempo antes de que sus libros lleguen a las prensas, pero el disparo en el pie que supone incumplir un contrato puede impedir la marcha futura. El elemento clave de las relaciones editoriales es la confianza mutua: ¿se puede confiar mañana en quien hoy incumple deliberadamente? ¿Qué opinaría Paco si, por un cambio en la dirección de Planeta, sus obras entraran al limbo al que él quiere enviar el programa editorial del FCE?

 

La lógica de la circulación de saldos —comprados a precios bajísimos a editoriales que no saben que hacer con ellos, para venderlos luego sólo a precios bajos, con márgenes porcentualmente muy atractivos— no debe ser el modelo con el que se oriente la producción de una casa que, hace ochenta y pocos años, apuntó a satisfacer una necesidad intelectual: dotar de libros especializados a los profesionales universitarios. Desde luego, la vocación inicial del FCE se ha adaptado a los designios de sus directores, con aciertos y yerros tan grandes como esos personajes, y siempre se agradece la disposición a adecuarse a los cambiantes modos de escribir, editar y leer, pero convertir en ejemplar un esquema marginal es autolimitarse y a la vez afectar el funcionamiento de todo aquello del mundo del libro que no tiene que ver con el Estado.

 

Pero tal vez más delicado es lo que, en apariencia, Paco no quiere hacer. Por mera racionalidad presupuestal debe atreverse a cerrar aquellas librerías que, perdiendo dinero, no cumplen una función comercial o social, sea porque en las cercanías hay otras tiendas de libros, sea porque su emplazamiento las condena a no contar con clientes (palabra que no tiene por qué despertar suspicacias ideológicas). Pero sobre todo tendrá que ejercer las funciones de una oficina pública sectorial. Desde su nuevo encargo, el creador de la Semana Negra de Gijón deberá ser el interlocutor nato de quienes actúan en la industria editorial, una suerte de representante gubernamental ante este diminuto subsector de la cultura, y al revés: será el representante de la gente del libro ante la hacienda pública, ante los organismos encargados de la educación, el comercio exterior, los derechos de autor… Como autoridad pública, tendrá que asumirse como el canal idóneo para promover un sinfín de actividades creativas y productivas desarrolladas por otros, como el generador de información confiable, como el promotor de la capacitación en un entorno que, vaya paradoja, no acude de manera natural a las aulas para formar a quienes actúan en él. Por su cercanía con quienes leen en libertad y su escepticismo ante la información estatal, Paco duda de las encuestas de lectura que se han levantado en los últimos años; ahora será su responsabilidad hacerlas. Por su convencimiento de que el precio único no contribuye a la mayor circulación de los ejemplares y al fortalecimiento de las librerías, se ha opuesto a la ley del libro; ahora deberá velar por su cumplimiento. Por su credo político y económico, desconfía del empresariado, aunque éste actúe en el ámbito cultural; ahora deberá armonizarse con los editores privados para contribuir a que proliferen.

 

El combate a la falta de lectores en nuestro país debe hacerse en muchos frentes. Cada quien puede escoger el que más se ajuste a sus apetencias y aptitudes, aunque a veces deben aceptarse misiones ingratas. Los días que aguardan a Paco Ignacio Taibo II serán un reto a su congruencia.

 

FOTO: Paco Ignacio Taibo II, fotografiado en las oficinas del FCE en diciembre pasado, luego de su nombramiento. / Agustín Salinas / EL UNIVERSAL

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