Asghar Farhadi y la zozobra ignominiosa

Abr 6 • Miradas, Pantallas • 1068 Views • No hay comentarios en Asghar Farhadi y la zozobra ignominiosa

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El viaje de una mujer española radicada en Argentina a su pueblo natal tendrá un inesperado cambio de planes que involucran a toda su familia

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POR JORGE AYALA BLANCO

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En Todos lo saben (España-Francia-Italia, 2018), insidioso octavo filme y tercero fuera de su país del celebérrimo autor total iraní de 46 años Asghar Farhadi (Una separación 11, El pasado 13, El cliente 16), la malcasada Laura (Penélope Cruz) aterriza desde Buenos Aires en su retrógrada pueblo natal castellano para asistir a la boda de su hermana menor, sufre el secuestro de su libérrima hija adolescente Irene (Carla Campra), remueve secretos propios y familiares (aunque ya “Todos lo saben”), es alcanzada por su otrora engañado marido argentino en desgracia Alejandro (Ricardo Darín) y es ayudada en el rescate por su sacrificado exnovio recio hoy popietario del viñedo dinástico Paco (Javier Bardem), sin poder acabar del todo con la desatada zozobra ignominiosa.

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La zozobra ignominiosa se revela y mantiene como cine de personajes con caracteres tan vigorosos cuan fuertemente tipificados que extrae lo más posible de sus intérpretes prestigiosos, aunque sea para practicar el juego de los prototipos/arquetipos/estereotipos extremos con la inhabilidad de quien no domina los matices de la lengua española (o ni siquiera el idioma mismo al modo del paisano Kiarostami cuando rodó con niñitos aborígenes el entrañable documental ABC África 01), incluyendo, aparte de los famosos, la caricatura viviente del patriarca berrinchudo de taberna Antonio (Ramón Berea), de la estoica hermana mayor ya matrona Mariana (Elvira Mínguez) y de la sublime casada yerma lorquiana Bea (Bárbara Lennie), o sea, un excepcional cuadro de actores hispanos al que le basta la irrupción-toque de un solo arrasante intérprete argentino (el ya canoso jodidón Darín) para denunciar sus inmensas dotes histriónicas a la antigüita, al tiempo que deja percibir sus lamentables limitaciones, pese a la elíptica edición del imprescindible iraní Hayedeh Safiyari y a las rejas abiertas al campo por el fotógrafo esteta José Luis Alcaine.

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La zozobra ignominiosa exhibe con brillantez la infame urdimbre multidimensional que sedujo al sobrio maestro Farhadi y a su frívolo coproductor Pedro Almodóvar para la inmediata realización de la cinta, a saber: una saga novelesca decimonónica muy realista ibérica (Pérez Galdós, Eça de Queirós, Blasco Ibáñez, Baroja) sin freno ni mesura, un drama rural que sociológicamente fluye de manera colateral con la mera presencia pasiva de los trabajadores del viñedo en pugna, una trama whodunit a lo Agatha Christie (tipo la plurifilmada El asesinato en el Orient Express) en la que hasta los personajes más insignificantes e incidentales son (y serán) sospechosos del delito cometido, un clasicismo detectivesco a lo Conan Doyle (y su alter ego Sherlock Holmes) centrado por supuesto en un sagaz policía en retiro llamado Jorge (el veterano José Ángel Egido) que aconseja impedir la intervención de la Guardia Civil para realizar él mismo las agudas preguntas más molestas y removedoras, una telenovela persa a la baturra que devasta/autodevasta el mundo personal del gran realizador con situaciones de sitcom recomponiendo el pasado de modo más verbal que fílmico, un tanguero melodrama argentino de los teatralizados 40s bajo el dominio del sobado aunque insuperable lema-título de Pueblo chico, infierno grande (Caviglia 40), una agridulce historia de primer amor juvenil entre la archiespontánea secuestradita y el mozalbete Felipe (Sergio Castellanos) pero que prolongará su flechazo chispa hasta la despedida conmovedora, una inigualable euforia de sainete nupcial cercenado cual coito comunal interruptus que sólo podrá ser recuperada como culpa en los cenitales top-shots de una indagadora versión en video, un panorama metafórico que se sostiene y prolonga a la sombra del destino manifiesto (“Cuando la paz era buscada a través de la violencia y la justicia tenía las formas del rencor”, hubiera dicho Garibay), una potencial tragicomedia alegórica bendita en leitmotiv por los engranajes y la translúcida carátula del reloj de un campanario habitado que remite a La vida inútil de Pito Pérez (Contreras Torres 43) y a La invención de Hugo Cabret (Scorsese 11), una reflexión sobre la paternidad indisputable y su patética asunción tardía, un relato moderno que se enfurruña y modifica su rumbo y cambia su régimen genérico y se hace y se deshace y se desvía en cada secuencia jadeada, una enésima aplicación autoconsciente de la fórmula naturalista light de los Secretos y mentiras enfocados a lo Mike Leigh 96 con demente y distanciada pulcritud inglesa, un nudo de víboras tipo Mauriac donde los cimientos y fundamentos mismos de la familia tal parece que gozan al retorcerse en las evidencias de la maldad más fehaciente, un homecoming femenino al terruño anclado en cierto tiempo doblemente pretérito cual retorno maléfico lopezvelardiano a la provincia envenenada por el secuestro y al conjuro disonante de la ruda voz de otra protagonista (aun involuntariamente) vengativa de Dürrenmatt en La visita de la vieja dama, un anacrónico si bien intemporal cuadro de la lucha de clases sorda y cruelmente podrida a la española en la línea de Los santos inocentes (Miguel Delibes-Mario Camus 84), una gloriosa aunque grave y recóndita pavana raveliana para una institución matrimonial difunta, una reducción al absurdo de los hondos temas privativos del auteur Farhadi en Una separación (el desmembramiento infidente de la pareja) o El pasado (la bienhechora prudencia doméstica) y El cliente (la humillación revertida), un microuniverso criminal tipo Simenon donde las peores fechorías morales y canalladas morales son subrepticiamente cometidas por las criaturas más grises y por ende vulnerables (esa sobrina vagamente reivindicadora familiar con ayuda de foráneos), o así.

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Y la zozobra ignominiosa sólo puede rematarse en los puntos suspensivos de una pantalla súbitamente en blanco que enfrenta a la secuestradora con su doliente Némesis familiar cual simple cita en la cafetería central del villorrio prefaulkneriano.

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FOTO: Todos lo saben recibió ocho nominaciones a los Premios Goya 2019, entre ellos a Mejor película. /Especial

 

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