Travesías extremas y reediciones imprescindibles

Dic 30 • Reflexiones • 6113 Views • No hay comentarios en Travesías extremas y reediciones imprescindibles

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Teoría novelada de mí mismo de Sergio González Rodríguez, Última escala en ninguna parte de Ignacio Padilla, Museo animal de Carlos Fonseca, Entre los indios de César Aira y La vaga ambición de Antonio Ortuño son los libros de narrativa más destacados del año

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POR MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ

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Este 2017 vino acompañado de novelas breves de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949). Ambos títulos ya se habían publicado en Argentina, pero no en México, y este año las puso a circular ERA. Aira es un hábil narrador que maneja muy bien la novela corta. Primero publicó en 1991 La liebre, en donde cuenta que un explorador inglés llamado Clarke viaja a Argentina a estudiar todo lo relacionado con una liebre que corre tan rápido que nadie la ha logrado ver. La liebre guarda una historia alterna dentro su trama, Entre los indios, editada originalmente en 2012. No es antropología ni aspira a la idealización o el rescate de una cultura perdida o subterránea; es sólo un resorte imaginativo: reinventar de forma libre un pasado para que el escritor se acerque a sí mismo o mire un retrato.

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Quien frecuente la narrativa de Aira sabrá que hay una idea narrativa común, un método en su escritura que parte algunas veces de la divagación y otras de la fuga. Así construye de forma, aparentemente distraída, un artefacto esférico. La liebre y Entre los indios se suman a esa tradición de la literatura fantástica de las apariciones inquietantes.

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De Carlos Fonseca (San José, Costa Rica, 1987) se dio a conocer la novela Museo animal. Se trata de la segunda novela que Anagrama publica de Fonseca, joven narrador que trae consigo aires propositivos a las letras latinoamericanas. Estamos ante un texto ambicioso sobre la familia y sus complejidades que pone en tela de juicio lo que significa heredar algo: una culpa, un legado político, una conciencia, un recuerdo.

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En esta historia, el arte sirve de pretexto para acabar con las fantasías de corte político a través de las cuales América Latina ha sido imaginada por otras naciones; en ese sentido, el arte le permite al narrador cuestionar la noción de una identidad fija. Se habla de México, de la identidad latinoamericana, del Subcomandante Marcos y de ilustres viajeros que pasaron por tierras aztecas y dejaron testimonio de ello: Hart Crane, Ambrose Bierce, Antonin Artaud y Malcolm Lowry, entre otros. El autor recurre a la polifonía y lo hace con destreza.

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Dos inéditos: Ignacio Padilla y Sergio González Rodríguez

El Fondo de Cultura Económica editó la novela juvenil Última escala en ninguna parte de Ignacio Padilla (Ciudad de México 1968-Querétaro 2016), el narrador más propositivo de su generación.

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La aventura y los viajes son dos asuntos que se volvieron esenciales para Padilla, quien disfrutaba conocer leyendas que tarde o temprano llegarían a sus cuentos cortos o largos, muchos de ellos dotados de precisión, astucia y fuerza narrativa. Si cruzaba esa delgada línea en donde se borra la ficción de la no ficción, estaba complacido.

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Última escala en ninguna parte es una historia sobre un viajero frecuente y el mundo que se forja alrededor de su fascinación por emprender travesías. Abilio, el protagonista, es un profesional en materia de acumular millas. Recorre el mundo con su peculiar manera de observar la vida desde los aeropuertos, los aviones y las principales capitales del planeta. Sabe cómo distinguir cuando está frente a otro de sus colegas, asiduo trotamundos —no turista de ocasión— que acude a los sitios más visitados por los paseantes y se toma fotografías o, bien, solicita la ayuda de cualquier persona para que luzca con su mejor pose en el sitio que ahora lo alberga, como si fuera una especie de cazador de tierras inhóspitas. Divertida novela que puede leerse también como historias independientes, ya que el autor supo colocar los elementos necesarios para que funcionaran de igual forma. El libro cumple su cometido: ser una invitación a que los adolescentes frecuenten el hábito de la lectura. Padilla apreciaba los libros de viajes, acaso porque su propuesta literaria era una invitación a iniciar un periplo, una aventura. Siempre tuvo muy claro cuál era su objetivo: contagiar el asombro.

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Este año murió el narrador y crítico literario Sergio González Rodríguez (Ciudad de México 1950-2017). Fue un atento lector de la obra de Salvador Novo, un inquieto periodista que le gustaba explorar los bajos fondos o espacios sórdidos, un crítico literario que le interesaba ofrecer un panorama puntual de las letras mexicanas, un cronista interesado en retratar la violencia y la corrupción que tiene sujeto al país desde hace tiempo y, sobre todo, un ensayista notable que siempre supo reconocer la importancia del ensayo al estilo inglés y la necesidad de publicar tanto en los medios impresos como digitales textos de esa estirpe.

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Random House publicó Teoría novelada de mí mismo. En términos estrictos es el mejor libro del año, escrito a caballo entre el ensayo y la ficción, entre la confesión y los sueños. En estas páginas el escritor da cuenta de su relación con la escritura, misma que se remonta a la firma de su padre. Los trazos de las letras, el tamaño de la grafía, el análisis de la rúbrica, enriquecen una vez más la historia. González Rodríguez elabora una suerte de diccionario o lista de palabras clave, como las nombra él, que resultan esenciales para conocerlo mejor: bajos fondos, centauro, erótico, cósmico, plan, sangre, vuelo. Y habría que sumar otras que van apareciendo, a manera de relato, a lo largo del libro: el rock, la guitarra, los sueños, la alteración de la conciencia, el cine y los fantasmas. En esta publicación los editores debieron de haber incluido una nota, porque el autor murió en marzo y el volumen salió al mercado en septiembre, y en ningún momento se menciona a sus herederos ni cómo fue que el manuscrito llegó a ellos. En esto último, González Rodríguez, creo, estaría de acuerdo.

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Reediciones imprescindibles: Fernando del Paso y Esther Seligson

El Fondo de Cultura Económica reeditó Linda 67: historia de un crimen, la novela que Fernando del Paso publicó en 1995 de forma inesperada —por asumir los riesgos de un subgénero y la relativa rapidez con que fue escrita—, luego de haber desarrollado una prolongada carrera literaria en la que construyó tres magníficas novelas José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987). Aunque la modificación en el régimen de la escritura fue más bien aparente, ya que Del Paso hizo una investigación acaso tan exhaustiva como la que realizó en los casos anteriores: viajó incluso al territorio en donde ubica su ficción (la ciudad de San Francisco, California), se hizo de mapas y periódicos, anduvo y desanduvo una zona en la que todo el tiempo hay constantes subidas y bajadas en la escena de un feminicidio.

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Desde que murió Esther Seligson, el 8 de febrero de 2010, Geney Beltrán Félix se ha dedicado pacientemente a publicar y reeditar sus libros, asunto encomiable siendo que es el albacea literario de la escritora. En una sociedad como la nuestra que vive entre tanta violencia e impunidad, las frases de Seligson vienen a ser un remanso para la conciencia y, a la vez, tienen lo necesario para motivar la reflexión, como ocurre en estos Cuentos reunidos, libro publicado por Malpaso.

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Es probable que Seligson no hubiera estado de acuerdo en que este volumen se llamara de esta forma: decía que escribía simplemente textos, evitando así caer en limitaciones. Cabe recordar que la escritora se sentía cómoda pasando de la crónica al cuento, del ensayo al relato breve y de éste último al aforismo y al verso.

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En el impulso de su escritura convergen el tiempo, el mar, las hojas secas y los sueños. Hace que sus personajes vivan a su manera siendo Electra, Antígona, Tiresias, Penélope, Ulises, Orfeo y Eurídice, por mencionar algunos. En ese mundo desgarrador y a la vez idílico, su prosa queda sostenida por tres ejes esenciales: sueño, mito y renovación.

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El caso Ortuño

Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco. 1976) ganó el Premio Ribera del Duero por su libro de cuentos La vaga ambición. Estamos ante un narrador propositivo que se desempeña con mayor destreza en el relato que en la novela. Hay tres elementos que Ortuño explota bien estas páginas: la ironía, como recurso necesario para aceptar lo irremediable; el fracaso, tema que usa para que el lector se identifique con el personaje; y la escritura vista desde distintos ángulos: el autor frustrado, el que escribe una ponencia, el guionista, el escritor que tiene un taller de literatura, el cuentista.

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Por su manera que tiene de exponer sus historias, de llevar al lector de la risa involuntaria a la sonrisa congelada, porque describe algo espeluznante que alterna la consciencia de cualquiera, es un caso aparte. No está en la línea de otros autores que intentan seguir esos pasos y fracasan, o sólo se quedan en ocurrencias. Ortuño sabe trabajar el humor negro como un recurso eficaz en cada una de las historias que forman un tejido unitario y, al mismo tiempo, se pueden leer de manera autónoma. Sin embargo, existe un riesgo latente que quizá él ya notó: quedarse sólo en la risa. Por ahora, en lo que se refiere al cuento, Ortuño ha demostrado que posee las herramientas necesarias para hacer que el lector vaya un paso más allá.

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Lo malo: los libros de Julián Herbert y Fernanda Melchor

Desde Canción de tumba (2012), Julián Herbert (Acapulco, 1971), novela en donde aborda el tema de su relación con su madre, una prostituta de Acapulco, no ha escrito un libro que lo supere. Sus intentos han sido fallidos, con poca precisión y, acaso, entusiasmo por lo que hace. El libro de relatos que dio a conocer este año no fue la excepción.

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En Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino (Random House), hay varios inconvenientes: en primer lugar, la premura al escribir, la necesidad de cumplir con la fecha de entrega al editor y enviarle textos que pudieron haberse trabajado hasta obtener una mejor forma. Y la negligencia editorial en dejar pasar un manuscrito así. Luego, la necesidad del autor de llamar la atención del lector al usar nombres conocidos por todos, en lugar de crear personajes nuevos, Rosa Gloria Chagoyán, por ejemplo. Herbert requiere de una galería de protagonistas populares para ahorrarse tiempo en lograr su cometido y, en medio de esos clichés, intenta contar un relato que muchas veces termina en un chiste de cantina: sólo eso y nada más. También está la obsesión de formular una especie de homenajes literarios, por ejemplo el relato del tipo que termina siendo Rulfo persiguiendo a Cristina Rivera Garza; o la historia del hombre que tiene grabadas en los dientes partituras musicales y que se la dedica a la una narradora que hizo un libro sobre los dientes de ella y escritores famosos.

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Otro asunto es que el autor recurre a la escatología: pareciera que si no está suficientemente salpicado de todo ese ruido, no va a contar con la risa fácil y convincente de sus seguidores. Eso no escandaliza a nadie. Es lamentable lo que ocurre con Herbert porque ha demostrado ser un prosista hábil. Ojalá que en su siguiente libro pueda retomar esa fuerza y ya deje de sermonear a sus lectores —como lo reprocha en uno de sus relatos— porque, según él, quieren un relato redondo.

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Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) publicó Temporada de huracanes, en Random House. La historia, en apariencia, es buena. Lo lamentable es la forma que la autora elige para contar lo que ocurre alrededor de un asesinato. En repetidas ocasiones, la narradora puntualiza cuántas personas estaban en tal o cual lugar, menciona los nombres, los hechos y otra vez pasa lista. Hace uso de una prosa que podría servirle para escribir un cuento, pero no una novela. Resulta cansado y agobiante seguir con la lectura, y su recuento de cuántos estuvieron ahí presentes. Intenta rescatar la forma coloquial en el habla de las personas, pero no logra que sea del todo convincente. Se insiste en que hay un halo misterioso, una serie de elementos que satanizan a la mujer que encontraron muerta, La Bruja, pero en realidad están colocados de forma caprichosa y lo que narra es poco creíble. Un coro que zumba la historia de un feminicidio en espiral y marea.

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Lo feo: las críticas a Elena Poniatowska

A principios del mes de noviembre la escritora fue blanco de ataques y críticas injustificadas cuando sus palabras se sacaron de contexto y, al referirse a los retratos que Tina Modotti hizo de las mujeres juchitecas, hubo quienes entendieron una cosa por otra. Poniatowska hacía una comparación de las fotos de antes —las juchitecas tomaban pulque— y lo que ahora ella veía —lo cambiaron por la cerveza—, y el hecho motivó una oleada de insultos. Poniatowska dijo “inmensas”, nunca “mensas”. Sin embargo, en este remedo de teléfono descompuesto quedó abierta la puerta de la estulticia: tuvo que luchar contra un linchamiento mediático, cuando en realidad su comentario nunca buscó ofender a nadie.

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FOTO: Portadas de Teoría novelada de mí mismo de Sergio González Rodríguez y La vaga ambición de Antonbio Ortuño. / Especiales

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