Turandot y Cosí: cuando lo mediocre es aburrido

Jun 10 • Miradas, Música • 3913 Views • No hay comentarios en Turandot y Cosí: cuando lo mediocre es aburrido

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Turandot y Cosí fan tutte, presentadas recientemente en el Palacio de Bellas Artes, tuvieron deficiencias originadas en la dirección orquestal

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POR IVÁN MARTÍNEZ

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Lo mediocre es aburrido. Es lo realmente malo lo que resulta inspirador. Se aplica a todos los ámbitos y el resultado de la inspiración va de una buena crítica, al entusiasmo del artista por mejorar; lo realmente desagradable inspira memes, risa. O polémica. Sucede también cuando algo es realmente bueno, pero lo verdaderamente excepcional es por naturaleza difícil de presenciar.

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No intento descubrir el hilo negro, sólo describir las dos producciones más recientes que nos ha presentado la Ópera de Bellas Artes: Turandot (Puccini) y Cosí fan tutte (Mozart) no han inspirado nada, ni siquiera una crítica.

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Primero fue la de Mozart, con el estreno de la producción dirigida por el experimentado Mauricio García Lozano, en dupla con el siempre efectivo escenógrafo Jorge Ballina, y la batuta desde el foso de Srba Dinic, que presencié el jueves 11 de abril. Luego la de Puccini, con la reposición de la producción ya muy vista y criticada de Luis Miguel Lombana con escenografía de David Antón, en esta ocasión con la dirección musical de Enrique Patrón de Rueda, que vi el jueves primero de junio.

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Ni Dinic ni Patrón hicieron lucir sus partituras orquestales, que es donde radica mucho del subtexto musical, de la riqueza de estas dos obras; esa grandeza que no se oye “a simple oreja” por quien busca sólo la potencia vocal o la opulencia de la escena. De ambos concertadores hay que hacer coincidir el cuidado con que suelen acompañar a sus cantantes y su conocimiento del género, pero ambos fallaron esta vez: en diferentes niveles pero por la misma razón, su cortesía a los cantantes.

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Al cuidar que no evidenciaran su falta de pericia para la articulación, Dinic recurrió siempre a tempi demasiado lentos, lo que disminuyó la brillantez de una orquesta, la del Teatro de Bellas Artes, que ningún otro director ha hecho brillar en tiempos recientes tanto como él mismo. Al bajar sus tempi, robarle la oportunidad a la cuerda de destacar como virtuosos en pasajes llenos de vida, les hizo producir un sonido parco, sin transparencia y sin energía.

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Para poner en perspectiva, la duración de la obra aumentó casi la media hora de lo que suele ser habitual, lo que hubiera sido un verdadero tedio si no hubiera elementos destacables como, al menos y en el caso de la función que escuché, la afinación del ensamble orquestal, que ha mejorado mucho en secciones difíciles como los metales, o en el caso de la dirección escénica, el adecuado manejo coral que dispuso el regista (fuera del escenario y, nota bene: aun dispersos entre el público, con mejor emisión dirigidos por Timothy G. Ruff Welch que para Turandot, sin cuidado de su vocalidad, ahora encargada a Alfredo Domínguez).

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Patrón, por su parte, al cuidar la pobreza de emisión de la soprano epónima (Gabriela Georgieva) en desventaja del descuidado canto exacerbado del tenor principal (Carlos Galván), cayó en el control de sus detalles colorísticos y armónicos, encargándose únicamente de la masa orquestal como si su trabajo fuera únicamente bajar o subir volumen. ¿Es mucho decir que al menos tampoco se escucharon mayores yerros en la afinación de la orquesta o hablar del acertado seguimiento a los cantantes? No deberíamos entrar en el campo del elogio por lo que no estuvo mal, cuando es lo menos que se puede esperar, sino por lo que puede ser excepcional.

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Para ambos títulos, no estoy seguro de poder hablar de miscasting entre los cantantes, pero tampoco del nivel artístico adecuado que deban tener esos elencos para presentarse con una compañía nacional. Sobre todo cuando en ambas producciones hubiera una cantante que los opacara a todos, no siempre para el lucimiento personal de ésta, sino para la opacidad de los otros… y de quien los elige.

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¿Hasta dónde hay que aplaudir a Patricia Santos con su Despina y a María Katzarava con su Liú, por su lucimiento –de innegables cualidades artísticas– al lado de esos compañeros y hasta dónde hay que criticar a la dirección de la compañía por no ponerlas a cantar con profesionales que estuvieran a su altura, o mejor aún, que las hicieran crecer? Nuevamente: no hay mayores desafinaciones o yerros, cuando logran escucharse, pero además de ellas, sólo la mezzosoprano Isabel Stüber Malagamba, como Dorabella, o Enrique Ángeles, como Ping, pueden acercarse al nivel de calidad sonora, afinación, actuación, que requieren sus roles, sean principales o secundarios.

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Mientras que a la propuesta de García Lozano le ha faltado claridad en su ejecución visual y él poco ha podido hacer con las dotes actorales de la mayoría de sus cantantes, la de Lombana, bien descrita por Luis Gutiérrez como “el pariente pobre, muy pobre en verdad” de la concebida por Zefirelli para el MET, toma nuevos bríos (el colmo) al envolver a un Calaf y una Turandot incapaces de resplandecer.

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Eso de “pues la función va mejor de lo que esperábamos” que no deja de escucharse en los pasillos durante los intermedios, comienza a cansar. Y ni las Patricias Santos ni las Marías Katzaravas ni los caballitos de batalla nos salvarán de ese tedio.

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FOTO: Parte del elenco de Cosí fan tutte estuvo integrado por Isabel Stüber Malagamba, Patricia Santos y Silvia Dalla (en la imagen)./Nadya Murillo/EL UNIVERSAL

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