Game of Thrones: un juego impredecible

Jun 13 • Miradas, Pantallas • 9057 Views • No hay comentarios en Game of Thrones: un juego impredecible

 

POR PAOLA VELASCO 

 

En el siglo XIX, la novela retrata las grandes transformaciones sociales, los cambios de estructuras y pensamiento que revolucionarán al mundo occidental. No por nada se le bautiza “siglo de la novela”, pues éste fue un tiempo en el que el género novelístico, convertido en un fenómeno de masas, fue adoptado por el gran público: ávido lector de esos colosales edificios narrativos a los que ahora sólo eventualmente y casi siempre intimidados, nos acercamos. Es el tiempo de Balzac, de Flaubert y de Víctor Hugo; de las Brönte, de Dickens y de Thackeray; de Gógol, de Dostoievski y de Tolstoi –por mencionar autores de los tres países donde la novela decimonónica adquirió su espesor–; narrativas totales, mundos completos que exploran las pasiones y la historia como un espejo en el que la sociedad se reconoce y explica. Y así como el XIX fue territorio de la novela, la narrativa serial, con sus formas abiertas que no pretenden crear objetos únicos –como sí lo hace el cine–, sino una multiplicación de relatos, es una de las expresiones más características de nuestra época.

 

 

La atracción por lo serial se origina en el permanente deseo del ser humano por contar y, en este sentido, por la expectación regeneradora que implica volver a empezar, y hacerlo desde una tranquilidad recobrada en cada episodio. Nace también –y lo sabe todo aquél que ha esperado se llegue la hora y el día del capítulo esperado– de una ruptura que, en medio de la monotonía diaria, provee de un espacio que podríamos llamar de “laica exaltación de felicidad cotidiana”, si no fuera por la efervescencia casi sagrada con la que muchos acuden a la cita.

 

 

Pero esa ruptura que nos disocia de la realidad inmediata no es un salto al vacío. Por regla general, las series –sin importar lo perturbador de su tema– generan estrategias de repetición que las convierten en universos familiares para el espectador. Una comunidad de amigos, de profesionales, de policías o de familia en la que cada personaje cumple una función específica crean ese entorno reiterado que se refuerza con el uso de gags particulares, de expresiones y puntos de vista definidos. Los honestos y buenos se mantendrán siempre así; y aun personajes a los que, para salpimentarlos, se les permiten ciertas transgresiones resultarán igualmente cercanos, predecibles en ocasiones. Siempre sabremos que Barney cometerá alguna fechoría sexual, que Dexter terminará matando o que Walt (como se nos anuncia desde el título: Breaking Bad) irá corrompiéndose progresivamente.

 

 

La construcción serial se funda así en el reencuentro periódico con los mismos personajes, escenarios, argumentos y motivos en un sistema que se regula a parir de la repetición. Si bien la diferencia no está erradicada, y de hecho es necesaria para mantener el equilibrio, los narradores seriales saben que no siempre el público está dispuesto a permitir la entrada a elementos que pretendan transformar su horizonte de expectativas, definido habitualmente desde el episodio piloto. Colocados en este punto, podemos entender la vuelta de tuerca que representa una serie como Game of Thrones.

 

 

Para el espectador avezado no pasará desapercibido que desde el primer episodio –con la improbable, inesperada, y en cualquier otra serie absolutamente inaceptable caída del pequeño Bran Stark– se nos insinúa el arte con que se confeccionaron los mecanismos de serialidad de Game of Thrones. Digo inaceptable porque, justamente, en términos de narrativa serial, estamos acostumbrados a la poética de la repetición y a que los personajes dibujados como principales o inocentes no perezcan (o parezcan hacerlo) en el primer capítulo. Pero no permitamos la entrada del temido spoiler y continuemos simplemente señalando que este engranaje, este asumir giros sorprendentemente dramáticos para construir la narración –más allá de la violencia, de las escenas sexuales, de la “ilógica” fantasía o de cualquier otro argumento que los detractores de la serie arguyan para traducir el más claro “no me gusta”– es lo que le ha valido a Game of Thrones tener tanto legión de fanáticos como de censores. Los primeros porque, principalmente, –y también haciendo a un lado la atracción por la fantasía o lo placentero que resulta ver una serie que prescinde de la gazmoñería– hemos visto renovado un sistema narrativo que nos es preciado: la serialidad. Los segundos porque perciben más trasgresión y ruptura que renovación; porque es cierto que incluso para muchos de quienes más tarde se convirtieron en admiradores de la serie, los primeros capítulos fueron difíciles de tragar.

 

 

Ni en los libros ni en la serie televisiva George R.R. Martin transparenta los acontecimientos futuros. Pero más que ocultarnos lo que va a pasar, nos atrapa haciendo que las acciones de sus personajes y la trama de su historia sean impredecibles; porque el fundamento de su creación es el comportamiento mismo de la historia humana y de quienes la erigen. No saber cómo acabará, cuál es el siguiente destino de los personajes ni cómo lo enfrentarán, es la clave de su ficción. Una ficción soportada en la idea de que si el ser humano es complejo, arbitrario, voluble y poliédrico los personajes no han de responder a heroísmos maniqueos ni ser planos, sino una condensación de las pasiones del ser con sus luces y oscuridades. Por eso reconocemos vida auténtica en ellos: la fastuosidad, el aire medieval, la aparición de dragones no crean, si se mira bien, un universo lejano ni distante, porque el trasfondo que emerge del decorado irradia la verdad del comportamiento humano. Desde las más vulgares intrigas que ocurren a diario en una oficina o en la junta de vecinos, con sus tironeos a muerte por un ínfimo poder, hasta las no menos prosaicas de los nuestros políticos, pasando por los dilemas y contradicciones de nuestras almas, por los quebrantamientos morales y éticos que apenas nos atrevemos a confesamos a nosotros mismos, pueden leerse en Game of Thrones.

 

 

La serialidad se transforma entonces en una moneda al aire. ¿Qué otra cosa, si no, es la toma de decisiones, la nuestra, la de los personajes? Antes que crear reiteraciones o presentar un mundo inamovible en el que los protagonistas actúan de modo invariable, R.R. Martin deja la puerta abierta a las crisis por las que atraviesa todo ser y toda comunidad. Game of Thrones nos despoja así de la autocomplaciente idea, presente en muchas otras series, de que sabemos cómo somos y nos muestra en cambio la disolución y complejidad del ser humano, como sólo lo han hecho las grandes novelas.

 

*FOTO: Este domingo 14 de junio concluye la quinta temporada de la serie Game of Thrones/Especial

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