Un mismo volcán visto por Orozco y Arreola

Abr 21 • destacamos, principales, Reflexiones • 6225 Views • No hay comentarios en Un mismo volcán visto por Orozco y Arreola

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Nacidos con 35 años de diferencia bajo las faldas del volcán de Colima, José Clemente Orozco y Juan José Arreola son dos hijos ilustres de Zapotlán el Grande. A partir de una visita a esa ciudad de Jalisco, el poeta Ernesto Lumbreras documenta en este ensayo la admiración que el autor de La feria, de quien este año celebramos su centenario, tuvo por el pintor de los incendios apocalípticos

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POR ERNESTO LUMBRERAS

El primer día de marzo viajo a Zapotlán en calidad de juez del concurso de declamación de los colegios franciscanos del país. La sede del encuentro cultural, que reúne a alumnos de escuelas de Durango, Aguascalientes, Nuevo León y Jalisco, es el Colegio México, un enclave entrañable en la vida de los habitantes de esta ciudad al pie del volcán de Colima. Cuando acepté el encargo, pensé en el Arreola infantil, niño de tres años, declamando en la sobremesa familiar “El Cristo de Temaca” del padre Plasencia y, también, en el Arreola adolescente dando un paso “a la mitad del foro” para decir todas las músicas de “La suave Patria” un 15 de septiembre en la Plaza Municipal.

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Durante la apertura del festival interfranciscano, conocí y fotografié maravillado el auditorio del colegio, adornado en sus flancos con dos series de vitrales, de nueve escenas cada una, con pasajes de La divina comedia y de El Quijote; en la pared de fondo, a manera de un ciclorama monumental, la sala luce un fresco un tanto convencional y anacrónico donde el joven artista tapatío Alberto Vázquez García (1972) relata el mito y la épica de Zapotlán el Grande, al tiempo que traza las efigies de algunos de próceres. En el mural resaltan, de las múltiples y variopintas figuras que reúne, cuatro grandes retratos dispuestos en parejas: el de Vicente Preciado Zacarías, odontólogo y escritor regional1 al lado del de Arreola, el de José Clemente Orozco —que replica la foto tomada por Edward Weston— en cercanía con el rostro de Juan Rulfo, pintado aquí un tanto demacrado y fantasmal.

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Una vez cumplidas mis obligaciones, me di tiempo para recorrer los portales zapotlenses, devorar una tostada de pata en la “ínclita y ubérrima” Tostadería de Pepe y degustar las suaves palanquetas de nuez y leche quemada. Saciados esos placeres, algunos colegas dictaminadores proponían subir en un taxi a los campamentos del Nevado de Colima y caminar sobre los últimos manchones de nieve de la temporada invernal; otros, en cambio, sugerimos ascender tan sólo las pendientes de la Calle Las Lomas y visitar la Casa Taller Literario Juan José Arreola. Yo me incliné por esta última opción, y bajo el rayo del mediodía, en compañía de mi mujer, subimos al bello observatorio que se construyó “el último juglar” de la literatura mexicana. Como a principios de año había escrito un artículo para la revista Luvina sobre la admiración orozquiana profesada por el autor de La feria, me atraía la posibilidad de conversar con Orso Arreola sobre este particular y, si fuera posible, despejar algunas dudas.

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Lamentablemente el hijo del escritor no se encontraba en el lugar esa tarde. Recorriendo las salas, entre fotos, tableros de ajedrez, máquinas de escribir y demás parafernalia arreolina, lo que más abundaba como piezas de museo eran libros, libros que el narrador jalisciense leyó y anotó con pasión memoriosa, libros editados en sus ya legendarias colecciones de Los Presentes y de El Unicornio, libros dedicados por Borges, Neruda, Cortázar… En unos de los libreros más hermosos de la casa, para solaz personal, me encontré con los libros y catálogos de José Clemente Orozco, un lote seguramente atesorado por Arreola. No me resistí y tomé un par de fotografías. Cuento 21 títulos, custodiados por una cajita metálica de caramelos o bombones. Allí están la primera edición del Orozco (1959) de Luis Cardoza y Aragón, Orozco y la ironía plástica (1953) de José Guadalupe Zuno, el catálogo de sus caricaturas, Sainete, drama y barbarie (1983), Los cuadernos de Orozco (1983), Las cartas a Margarita (1987), varias ediciones de la autobiografía del pintor, libros de Antonio Rodríguez, Justino Fernández, Raquel Tibol, Teresa del Conde, Renato González Mello y otras joyas bibliográficas de cabecera para los estudios orozquianos.

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No hay lugar a dudas, el artista plástico fue un héroe en la acepción carlyleana del escritor. Nacieron, con 35 años de distancia, en el mismo pueblo, al que años más tarde las autoridades cambiaron el nombre de Zapotlán el Grande por la insípida denominación de Ciudad Guzmán. Deduzco, tras pasar la lupa a numerosos libros testimoniales del narrador, que Orozco y Arreola no se encontraron frente a frente para hablar —paisanos al fin— de los últimos temblores en el terruño o de las cualidades del ponche de granada. Cuando el escritor está en la Ciudad de México estudiando teatro, el muralista se encuentra en Guadalajara pintando los tres primeros frescos en la Perla Tapatía; luego, el autor de Bestiario regresa a su tierra y el pintor de la serie de Los teúles torna a la capital del país. Estuvieron en la misma ciudad, Nueva York, sin saberlo y en circunstancias muy diferentes —Orozco terminando su affaire con Gloria Campobello, Arreola esperando barco para partir a Europa—, durante las primeras semanas del mes de diciembre de 1945.

José Clemente Orozco, Los Teúles IV, 1947, Soporte 122 x 160 cm, Piroxilina sobre masonite, Colección INBA/MACG

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El primer tributo del cuentista al pintor de los incendios apocalípticos —muerto en septiembre de 1949— es un poema que envió a los Juegos Florales de Zapotlán de octubre de 1951. Aunque no obtuvo el primer premio, la pieza lírica titulada “Oda terrenal a Zapotlán el Grande con un canto para José Clemente”, rezuma fidelidad amorosa y conocimiento vital de la patria chica, un claro antecedente del inventario de fábulas y sucesos de la ficción y la memoria que dieron lugar a La feria. En una imaginería de estirpe nerudiana, y a ratos solar y franciscana en el aire del mejor Pellicer, el poema en cuestión concluye con el homenaje anunciado en su largo título: “José Clemente: / ahora que Zapotlán escribe tu nombre prometeico / sobre una hoja de mármol memorable / tu nombre / que ama sin comprenderlo / como una madre que ignora los sueños de su hijo delirante, / quiero traer aquí, como una ofrenda, el panorama de esta villa sencilla.”2

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Como lo anota en su Autobiografía (1945), Orozco dejó Zapotlán a los dos años de edad cuando su familia emigró a Guadalajara en 1885. Pasarían 28 años para que el artista regresara al pueblo donde enterraron su ombligo. En marzo de 1913, después de los sucesos sangrientos de la Decena Trágica, la salud de José Clemente Orozco empeoró y su médico recomendaría abandonar la ciudad. Aprovechando que su hermana Rosa vivía en Colima, emprendió el viaje buscando remedio a sus males nerviosos en el aire salino de las playas de Cuyutlán y Manzanillo y en la vida serena, pero también aburrida y ferozmente calurosa, de Colima. En carta dirigida a su novia de entonces, la señorita Refugio Castillo, le escribe el 26 de marzo: “Al pasar por mi pueblo, Zapotlán, me bajé del tren un momento, porque ahí se come, y no te imaginas el gusto que me dio; me parecía mentira encontrarme ‘en mi tierra’. Compré algunas golosinas en la estación, bebí pulque (muy bueno) y ganas me daban de ir hasta el pueblo, que está algo distante de la estación. Ahora todo está cenizo porque hace como un mes que hizo erupción el volcán de Colima y llovió tal cantidad de ceniza que a las doce del día estaba tan oscuro como si fuera de noche y tuvieras que encender la luz.”3 En el viaje de regreso a la Ciudad de México, ahora sí Orozco pararía en su lar y conocería de paso a una tía, hermana de su padre y a sus siete hijas, quienes le brindaron un “recibimiento espléndido” en este “pueblo feo pero simpático”, según escribiría a su novia en carta del 14 de abril de 1913.

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Pocos años después de la muerte del muralista, se inició una campaña para retornar el viejo nombre a este municipio del sur de Jalisco, con el añadido “de Orozco”. En ese movimiento, Arreola fue uno de los ciudadanos más convencidos y entusiastas de la doble reivindicación. Agustín Yáñez, entonces gobernador del estado, se sumaría a esta misma cruzada que triste e inexplicablemente no prosperó. Para el creador de La trinchera, Zapotlán nunca trascendió el punto geográfico, meramente circunstancial, donde le tocó abrir los ojos al mundo. En cambio, para el cuentista de Varia invención, esta tierra y sus alrededores pesaron en la vida y en la literatura como arcadia y bosque de símbolos, templo de múltiples iniciaciones y escenario en clave mayor. La figura y el legado del pintor, en los haberes emocionales y artísticos del escritor, se suman también con la impronta adicional de lo coterráneo, un marca de agua —o mejor, de fuego y de ceniza— que los une y fraterniza en una página de oro de la historia matria de Zapotlán.

José Clemente Orozco, Autorretrato, 1928, Soporte 62 x 51.5 cm, Óleo sobre tela, Colección INBA/MACG

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Después del poema, Juan José Arreola ponderó el genio orozquiano en repetidas ocasiones. En Prosa dispersa (2002), Orso Arreola rescató un artículo de su padre, publicado originalmente en México en la Cultura (marzo, 1952) sobre la exposición De Carnavales a Judas en las Artes Plásticas; en esa colaboración dedica un apartado al cuadro Crucifixión4 de Orozco exhibido en dicha muestra organizada por Lola Álvarez Bravo. Otro cruce entre los dos zapotlenses lo encontré en la segunda serie de Los Presentes (1954-1957), ya con Arreola como timonel único de la colección. En esas bellas ediciones se publicará la novela Fin… (1954), debut literario de Archibaldo Burns, luciendo en la portada una singular viñeta de José Clemente Orozco: un par de manos y un par de ojos flotando en una mancha de tinta. Sería el único título que tuviera tal honor. Supongo que el dibujo pertenecía a Burns, junior de una familia millonaria y coleccionista de arte, cuyo crédito en otras piezas de Orozco he visto en varios catálogos.

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Sin embargo, el homenaje escrito, el más meditado y perspicaz no ha sido recogido en las obras completas de Juan José Arreola. Bajo el título, “La liberación del fuego”, apareció en el catálogo de la Exposición Nacional de Homenaje a José Clemente Orozco con motivo del XXX aniversario de su fallecimiento en noviembre de 1979. Además de los textos institucionales de Juan José Bremer, director del INBA y de Fernando Gamboa, curador de la muestra, el otro texto lo escribe un jovencísimo José Joaquín Blanco. El catálogo se editó en la imprenta Madero y el diseño estuvo a cargo de Vicente Rojo. Después de la exposición de 1947, montada también en Bellas Artes, la de 1979 sería la más completa y propicia para entender el gran calado de la obra de Orozco. En tal sentido, gran mérito y honor que un paisano del muralista, convertido ya en una celebridad pública, redacte unas cuartillas con su mejor prosa para abordar la hazaña visual de un espíritu insumiso que exhibió los horrores y desastres de su siglo. Dice Juan José Arreola en el segundo párrafo de su acercamiento a la obra ígnea y desolada de su paisano: “Frente a la visión apocalíptica de todas las cosas y los hechos humanos, el espectador muralista parece hallarse ante los restos humeantes de un continuo auto de fe, esperanza y caridad universales donde ardieran, de una vez por todas, las máscaras del carnaval ideológico y la hecatombe guerrera.”

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Foto:  Cortesía del Museo de Arte Carrillo Gil / Cortesía Fondo Ricardo Salazar / Difusión Cultural UNAM

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