Valeska Grisebach y el deseo ausente

Sep 22 • Miradas, Pantallas • 974 Views • No hay comentarios en Valeska Grisebach y el deseo ausente

Western, protagonizada por un grupo alemanes que trabajan en la construcción de una hidroeléctrica y los habitantes de un pueblo en la frontera de Bulgaria y Grecia, es una reelaboración de este género típicamente norteamericano y una lectura íntima sobre la condición del emigrante europeo y del apátrida perfecto

 

POR JORGE AYALA BLANCO

 

En Western: la ley del más fuerte (Western, Alemania-Bulgaria-Austria, 2017), punzante opus 3 de la autora total alemana con estudios de filosofía y germanística en su natal Bremen y cine en Viena de 49 años Valeska Grisebach (Mi estrella 01, Nostalgia 06), el rudo y retraído cincuentón flaco pero correoso Meinhardt (Meinhardt Neumann soberbio) forma parte de la cuadrilla de proletarios alemanes destacada en la Bulgaria rural para construir una central hidroeléctrica canalizando un río cercano, aposentados allí y plantando su bandera sobre una loma en plan de civilizadores paternalistas, provocando desconfianza, cuando no irritación, entre los rústicos pobladores dueños ancestrales de la región, quienes los miran como poco menos que invasores teutones o cultos bárbaros privilegiados con quienes no los une semejanza lingüística ni coincidencia cultural alguna, sin embargo, mientras el capataz Vincent (Reinhardt Wetrek) intenta relacionarse a la brava haciéndole rola con su sombrero en el arroyo a la lugareña Vyara (Vyara Borisova) y desviando el agua potable mediante un arbitrario cierre de la llave comunal o transando con materiales como los camiones de grava requerida, su contrapartida perfecta, el encapsulado en apariencia sin voliciones Meinhardt, pese a haber sido legionario en la guerra de Afganistán, logra entablar una admirable amistad con el tranquilo aldeano búlgaro Adrian (Suleyman Alilov Lefitov), propietario del regio caballo que el extranjero hoy su amigo había adoptado como suyo, para sorpresa del joven sobrino Wanko (Kevin Bashev) y para satisfacción de la guapa hija germanizada de vacaciones Veneta (Veneta Fragnova), con quien Meinhardt sostendrá un efímero contacto erótico espontáneo, luego de su encabronado rival el alevoso Vincent desbarranque fatalmente al caballo ajeno y el buen Meinhardt renuncie simbólicamente a usar su navaja fetiche, intente regalársela al sobrino Wanko, le sea devuelta por su inflexible cuate Adrian, y el tosco trabajador alemán pacífico acabe tirándola al río, quedando sin arma con qué defenderse a la hora de la patiza brutal de unos resentidos sociales búlgaros durante cierta nocturna celebración comunal, en medio de este caso desnudo límite del deseo ausente.

 

El deseo ausente determina una épica y señera dramaturgia sin drama ni anécdota casi, a la deriva de los trabajos y los días, hecha de momentos dispersos y elípticos, a veces lindantes con el lirismo innombrable (las apariciones del caballo blanco a modo de objeto fascinante), a veces lindantes con la violencia física y moral (conatos de enfrentamientos y amenazas o golpizas), a veces lindantes con la tragedia (el descubrimiento de la desaparición de la bandera tricolor alemana en el asta de la caseta o su regocijante revolcada profanadora en el fango fluvial), al interior de un canto gigante y extraño nada romántico y más bien contemplativo, gracias a la contundente edición de Bettina Böhler sin aceleraciones posibles para mejor lucir sus términos de secuencia a la guillotina, y merced a las sobrias fotografías con enjundia suntuosa de Bernhard Keller, donde queda magníficamente valorada la fotogenia seca de los planos abiertos sobre paisajes interminables o fértiles que parecen sin dueño y sin embargo lo tienen (las higueras de Fulano y demás), igual que su escindida nacionalidad (aquí Bulgaria, ya desde ahí Grecia), creado un panorama desde el vergel que se niega a ostentarse o asumirse como paraíso, porque se trata de un paraíso que irradia a lo lejos, y nunca en la cercanía, en el trastorno de las inmediatas cosas verdaderas, alternativamente imperiosas y nostálgicas, pero “¿Qué es nostalgia?”, farfulla el héroe entre el escepticismo y la abstinencia estoica, como si se tratara de un sentimiento innombrable.

 

El deseo ausente permite leer inmejorablemente la íntima condición del emigrante europeo y del apátrida perfecto, porque, como diría Marcel Raymond, “ya pasó el tiempo en que la ternura renovada, en una comunidad nueva, ofrecía a los ‘hombres de buena voluntad’ todo el atractivo de la dicha”, denunciando así la náusea esencial del sufretodo y renunciando de antemano la realizadora Grisebach a cualquier forma de utopía interrelacional, incluso la más discreta, sin acuerdo posible entre la estética y la política.

 

El deseo ausente determina una geopolítica viril para recordar a cada instante y sin reposo al espectador que aún vivimos en un planeta dominado por las pulsiones y los valores masculinos más destructores, cuando no predominantemente machistas y bestiales, donde la mujer forma parte mínima del decorado, aunque máxima en cuanto a la orientación de los deseos escondidos o inconscientes que guían y perpetúan una esencia del poder, así enfocada desde un feminismo germano en grado original y superlativo, recalcando el vacío creado por la supervivencia anacrónica de esos valores.
El deseo ausente establece desde su título programático Western una audaz referencia, similitudes nada forzadas y bizarras traslaciones significativas con las viejas películas hollywoodenses acerca de un idealizado salvaje oeste estadounidense, ese western emblemáticamente calificado por el teórico Jean-Louis Rieupeyrout como “el cine norteamericano por excelencia”, si bien lo profuso de la acción genérica ha sido sabia y cerebralmente sustituido por lo difuso y hasta por lo confuso deliberado, en este eastern, con una Babel de lenguas aprehendidas y aprendidas mutuamente sobre la marcha por alemanes y búlgaros, al mismo nivel, en un work in progress sardónico, sin concierto, desconcertante e interminable.

 

Y el deseo ausente abandona al héroe gran arreglador de máquinas tratando de integrarse en un baile colectivo, a solas e hipermadreado, pero al fin deseante y no animado por el odio del converso ni por el animo sobajado del marginal, sino desde la grandeza del espíritu, porque “de la evaporación y la centralización del Yo, todo está ahí” (Baudelaire).

 

FOTO: Western, la ley del más fuerte se exhibirá en la Cineteca Nacional hasta el 26 de septiembre / Especial

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