XVII Bienal Rufino Tamayo: retrato de grupo

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Con resultados dispares en cuanto a calidad, la más reciente edición de este certamen cumple con la misión de mostrar el momento por el que atraviesa la pintura mexicana. Oficio, crítica social y sentido del humor están presentes en este conjunto de obras

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POR ANTONIO ESPINOZA

 

Luego de presentarse en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) y en la Casa de la Cultura de Celaya, en Guanajuato, la exposición correspondiente a la XVII Bienal de Pintura Rufino Tamayo se presenta desde el 10 de agosto y hasta el 17 de septiembre en el museo que lleva el nombre del insigne maestro oaxaqueño. En esta ocasión, la bienal registró la participación de 667 obras. De acuerdo a las bases de la convocatoria, se designaron dos jurados para el certamen. Por un lado, el Jurado de Selección, integrado por Dulce María de Alvarado, Eric Pérez y Saúl Villa, quienes seleccionaron 53 obras de 51 artistas; por el otro, el Jurado de Premiación, integrado por Luis Argudín, Manuela Generali y Daniel Lezama, quienes decidieron otorgar los premios de adquisición a Edgar Cano López, Óscar Rafael Soto Barbosa y Francisco Valverde Prado, y menciones honoríficas a César Córdova Tapia y Kim Young Sun.

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Un tanto dispareja en cuanto a niveles de calidad, la exposición cumple con su cometido de revelar el momento actual de la pintura mexicana. Revisemos la muestra como debe ser: primero los ganadores, luego los que obtuvieron mención honorífica y finalmente varios de los que fueron seleccionados. El cuadro del pintor veracruzano Edgar Cano es espléndido y lleva como título: No hay nadie (óleo sobre tela, 2016). De factura impecable, la pintura grisácea nos muestra una barranca que divide el paisaje rural y el paisaje urbano, con una casona grafitteada y abandonada que nos habla de soledad. Muy distinto es el cuadro de Óscar Rafael Soto: Montañas de ceniza (óleo, acrílico, esmalte y carbón sobre panel entelado, 2015), que forma parte de la serie Muerte y transfiguración. En esta pieza, la combinación de técnicas resulta muy afortunada en la construcción de una escena surrealistoide, como de ciencia ficción.

Óscar Rafael Soto, “Montañas de ceniza”, óleo, acrílico, esmalte y carbón sobre panel entelado, 2015.

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El cuadro cinético del pintor morelense Francisco Valverde Prado: Monday Afternoon (pigmentos y resinas epóxicas sobre madera, 2016) parece fuera de tiempo, pero fue bien concebido y mejor armado. Lo mismo se puede decir de los dos cuadros que obtuvieron mención honorífica. El cuadro de César Córdova Tapia: Leche (óleo sobre tela, 2016) es un prodigio de composición. Es del tipo de obras que se realizan cuando los pintores han alcanzado tal perfección de oficio, que se atreven a hacer lo que sea pues saben que saldrá bien. La disposición de las vacas dentro de la estructura circular está muy bien resuelta. Por su parte, el cuadro de la surcoreana Kim Young Sun: Ombligo de reina I (óleo sobre tela, 2016) es técnicamente impecable. El rostro (¿un autorretrato?) que emerge de la maleza, debajo de la planta, le da un toque de misterio a una escena de por sí poética.

Kim Young Sun, “Ombligo de reina I”, óleo sobre tela, 2016.

 

Francisco Valverde Prado, “Monday Afternoon”, pigmentos y resinas epóxicas sobre madera, 2016.

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Hay varias obras de primer nivel que no fueron premiadas. Entre ellas está, sin duda, el notable políptico pictórico de Gustavo Villegas: How to Make a Bomb? (óleo y acrílico sobre madera, 2016). Se trata de doce cuadros de pequeño formato con imágenes de explosiones en distintas ciudades. Los cuadros están colocados sobre una repisa, a manera de instalación y con un recuadro que dice: “Cerca de 131,000.000 de resultados”. La obra forma parte de la producción más reciente del pintor que radica en Querétaro, en la que reflexiona sobre la violencia terrorista de nuestro tiempo. Por cierto que hay un cuadro que bien podría relacionarse con el políptico de Villegas, es el de Margarita Adalid: Soldados (acrílico sobre tela, 2016), en el que vemos precisamente un grupo de soldados norteamericanos dentro de un salón, como esperando la orden para entrar en acción.

César Córdova, “Leche”, óleo sobre tela, 2016.

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Hay dos obras en la exposición que son muy buenas y que aluden a la muerte. Me refiero al cuadro del pintor tapatío Sergio Garval: Suave Patria (óleo y hoja de oro sobre tela, 2016), que forma parte de la serie El beso de Midas. Dependiendo de quien la mire, la escena puede ser cómica o lúgubre: un montón de cráneos dentro de un carrito de supermercado. El otro cuadro, ese sí muy triste, es de la autoría del pintor poblano Alfonso Fernández Benítez: Velado en flores (acrílico y óleo sobre tela, 2015), con la imagen de un niñito muerto. Contrastan con estas obras otras que se distinguen por su sentido del humor. Pienso en Tripas en hervor (óleo sobre panel, 2016) de Ibrahim Domínguez; Aproximación a la pintura desde la ficción (óleo y acrílico sobre tela, 2016) de Salvador Sánchez García; Este hogar es católico (óleo sobre tela, 2016) de César Ramírez Gómez; Girlyboy (óleo sobre tela, 2016) de Horacio Quiroz, y el tríptico de Víctor Sulser: Indio y paisaje mexicano/Tepeyóllotl ruge con la voz de cuatrocientas jergas/Pirámide (jerga, monedas de diez pesos, grafito y acrílico sobre madera, 2015).

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El toque de crítica social lo pone la obra de Manuel Solís: Nota roja (encausto sobre óleo, sobre collage, sobre tela, sobre madera, 2016). Dos paisajes más deben destacarse: Sorry Mom, I Love Graff (temple al huevo sobre tela, sobre madera, 2016) de Verónica Consuelo y Chimalhuacán (óleo sobre tela, 2016) de Hugo Gallegos. Dos obras sobre lo prehispánico están presentes: Autorretrato en el Mictlán, lugar de los muertos II (acrílico y esmalte en aerosol sobre tela, 2016) de Leonardo Cuevas Morales y Tzompantli (óleo sobre tela, 2016) de Miguel Ángel Patricio José. Suma y sigue: el homenaje al estridentismo de Marco Arce, el libro de piedra de Álvaro Castillo, el cuadro hiperrealista de Américo Elizondo Garza, el sarape de Paul Muguet, la pintura povera de Felipe Núñez, la lección de naturaleza de Heriberto Quesnel, el aeropuerto futurista de Samuel Meléndrez Bayardo, las mujeres llorosas de Gonzalo García, los muebles arcaicos de Humberto Ramírez, el cuadro para “abrir los ojos” de Lulú Ladrón de Guevara…Esto y más se puede ver en la Bienal Tamayo.

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FOTO:  Edgar Cano, “No hay nadie”, óleo sobre tela, 2016. /Imágenes Cortesía Museo Tamayo

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