Yo que vi un edificio caer

Sep 23 • Conexiones, destacamos, principales • 9375 Views • No hay comentarios en Yo que vi un edificio caer

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¿Por qué yo?, se pregunta el sobreviviente. ¿Podremos metabolizar esta tragedia para forjar una nueva forma de funcionar como sociedad?, se pregunta también el autor de esta crónica

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POR DANIEL SÁNCHEZ POITEVIN

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En el cuarto y último piso de un edificio de la calle de Medellín, casi esquina con San Luis Potosí, el movimiento fue de torpe a fuerte. Primero pensé en un camión, de esos que mueven los pilotes siempre en la zona centro, en este edificio cuya construcción se remonta a 1956. Es invencible, sin una grieta ha sorteado los terremotos más significativos de la capital mexicana. Pero en segundos dijimos: “Está temblando”, en presente, siempre en presente: en México no tembló o temblará: está temblando. Intentamos bajar por las escaleras, mi hermano y yo, antes de llegar a ellas caemos al piso, ya no pudimos pararnos, como en una cama vibradora nos arrastramos inútilmente junto al elevador. “Que ya pare”, “que ya pare”…, pensamos, pensamos todos los mexicanos, en varios estados de la República, todos al mismo tiempo, y no paraba, porque la duración de un temblor tiene la temporalidad de la conciencia, dura lo que los sueños y las pesadillas: Un terremoto yuxtapone las unidades del tiempo, el antes sobre el después y el después sobre el antes, así en la conciencia.

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Afuera el llanto, el fracaso de las comunicaciones, los nervios totales, el temblor de las manos y los pies, los bolillos circulan.

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Nos dice la secretaria del doctor que comparte nuestro piso que él sigue arriba, que no bajó, lo dice ella llorando, el doctor se quedó arriba. Subimos rápidamente, sin pensar en las réplicas o caídas, para ese entonces no tengo representación de la caída de un edificio, no conozco sus crujidos ni la polvareda, no me da miedo ir por el doctor. En el cuarto piso de nuevo, entro al consultorio: vidrios, jeringas y vacunas, un mueble tirado hecho pedazos y el doctor parado ahí, como inventariando los añicos. Le digo que nos bajemos, que no es seguro aquí.

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Afuera de nuevo, todos intentamos llamar a los seres queridos, algunos whatsapps empiezan a entrar, todos bien al parecer, los nervios se van calmando, pero nadie volverá a entrar a los edificios, todo cerrado. El doctor nos platica a un grupo de personas en torno a él que en el 85 no entendió la magnitud de aquel temblor porque estaba ocupado deteniendo las cunas del Hospital General, el cual se cayó ese día, por lo menos en su mayoría, y decía que mientras se desprendían las paredes las cunas se iban deslizando hacia el vacío, por la inclinación que adquiría el edificio por su rápido desmorone, y él las iba alcanzando y las detenía. Nos sorprende su serenidad, le decimos. Ya no le tengo miedo a los temblores, he pasado por muchos, respondió con aplomo, como sobrevolando el trágico hado que nos condena a los capitalinos. Lo mejor es no salir, nos decía, vi en un temblor a dos personas electrocutarse porque salieron corriendo de donde estaban y les cayeron cables de alta tensión encima. Afuera es más peligroso, no sabes qué te vas a encontrar, platicaba sin sacar las manos de las bolsas de su bata.

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Se rumora que dos edificios cayeron, en el Centro o la colonia Roma o la Condesa, no se sabe bien. Decidimos entrar al edificio por objetos de valor, pero antes de entrar nos encontramos a uno niños y jugamos con ellos, para atemperarles el susto, y el nuestro, claro. Los cargamos, ríen con nervio cuando nos interrumpe un ruido que viene de la esquina, es el estruendo de cientos de toneladas que caen, seguro así los meteoritos y los volcanes: vemos cómo se desgaja sobre la calle, corremos por Medellín hacia el sur mirando hacia atrás: puedo ver traumatizado el modo en que las piedras y polvo cubren a la gente que intenta escapar del derrumbe. Nos abrazamos espontáneamente un grupo de personas, están los niños que hace un momento jugaban, ahora envueltos en alaridos, llantos y súplicas, “se cayó”, “se cayó”: lo repetimos como si debiéramos escucharlo para creerlo. Con las manos en la nuca. La polvareda cubre la cuadra, clamores, una anciana se persigna, implorando piedad al mismo dios, su dios, el que juega a las calamidades desde tiempos inmemoriales. Comprendemos, mientras el polvo nos entra por la garganta, que la ciudad se cae. La gente camina, da vueltas, con nuestra flaqueza, ante la naturaleza, la mar indiferente, que agita la vida humana, a la que no le hemos hallado un sentido; con sus segundos, los del universo, ya sabemos que no son nada nuestros segundos comparados con las edades del universo y sus fuerzas cuya trama parece consistir en mover piedras y chocarlas unas con otras en el perpetuo y yermo espacio.

Aspecto de uno de los edificios que colapsaron en la colonia Roma Sur durante el terremoto de este 19 de septiembre. /Alejandra Leyva/ EL UNIVERSAL

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Caminamos por Insurgentes, buscamos agua para la gente atrapada, para cualquier persona, cerradas las tiendas, no hay agua disponible, me debato entre quedarme quieto junto a un árbol a llorar o seguir andando para ayudar. Empiezan las cadenas humanas para transportar objetos hacia el derrumbe: circulan palas, cubetas, guantes, picos, cuerdas; las cosas van transitando a través de las arterias humanas, niños, ancianos, jóvenes: la energía del pánico da a luz una fuerza creadora que se contagia en minutos: algunos dirigen el tráfico, las bicicletas y motocicletas se vuelven vehículos de guerra, los dotan de picos, palas y se van hacia las montañas de tierra y varilla, se instalan improvisados trompos de carne al pastor, las señoras empiezan a mover caldos en ollas ingentes, otros preparan sándwiches, tortas, los trabajadores abandonan el perenne trabajo de pavimentación urbano para abocar sus infatigables manos a recoger piedras para hallar vida en este planeta cruel. Regreso al derrumbe, los helicópteros serpentean el cielo empolvado, las personas desmenuzan las ruinas con sus manos, la gente trabaja silenciosa, para escuchar el latir de los corazones atrapados en la inmundicia. Mientras las cadenas de tiendas de conveniencia cierran sus puertas de manera inmediata, ciertos negocios regalan sus herramientas y algunas misceláneas agotan su abasto de agua y alimento. Si bien el terremoto del 85 fundó en México desde el más profundo espíritu de conservación lo que conocemos como sociedad civil, 32 años después destella de nuevo este ímpetu para unir en minutos a una nación que no espera nada del Estado. Y ante esa imponente montaña de escombros, de dura materia, los seres humanos aglomerados la mueven de un lado a otro, con sus manos, los liliputenses, mueven los montes como sugería Mateo. La calle se impregna de gas, algunos se alejan pero la mayoría se queda, la fuerza de la supervivencia humana hace del sujeto una comunidad, de la unidad un conjunto. Casi una hora después, con urgencia doliente las sirenas se escuchan en la zona; un clamor que no abandonará los oídos hasta el día que se terminó de escribir este texto, como un arrullo infernal. Los mensajes apenas llegan y los celulares pierden pila con los minutos, en algunos lugares la gente se reúne en torno a un automóvil abierto para enterarse de los pormenores por la radio. Se dice que un número indeterminado de estructuras colapsaron: gasas, agua, jeringas, linternas, pilas, palas, picos, personas, croquetas, comida enlatada, lentes para construcción, cascos, vendas, guantes. Número indeterminado de personas sepultadas por los escombros, fuentes oficiales, servicios de emergencia trabajando en la zona, un colegio colapsado, no hay cifras oficiales, tres edificios caídos, ocho edificios caídos, muchos en el Centro, la Condesa devastada, diez edificios caídos, han llegado voluntarios, el servicio del metro suspendido, gritos bajo los escombros, se pronuncia el presidente de Brasil, otro edificio derrumbado en la zona de Xochimilco, no olvidemos Jojutla, veinte víctimas en Morelos, y así, y la soledad, las pérdidas, la incertidumbre y la escalofriante sensación de que este mundo nos es ajeno.

Un grupo de voluntarios levanta los puños para indicar silencio durante los trabajos de rescate en uno de los edificios siniestrados de la colonia Roma de la Ciudad de México. /Alejandra Leyva /EL UNIVERSAL

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Internet empieza a funcionar en algunas zonas, la conexión inmediata para ubicar personas, centros de acopio, teléfonos de emergencia. Las redes sociales se pueblan de buenos deseos, mensajes de angustia y en los chats se envían mensajes de inminentes réplicas catastróficas. En las calles las conexiones humanas llevan varias horas establecidas: centros de acopio operados por ciudadanos con una voluntad desbordada pero carentes de coordinación y orden, como un equipo africano en el Mundial. Al caer la noche, algunas tiendas cierran y otras agotan sus suministros básicos atiborrados en lentas filas de carritos: agua, cobijas, latas de atún, medicamentos, galletas, café, pilas, guantes. No hay etcéteras, hay que anotarlo todo, que quede escrito y claro, sin etcéteras.

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Fuimos caminando, al final del eje de Juan Escutia, en absoluta penumbra, hay un centro de acopio que abarca todo el Parque España. Las calles están acordonadas por voluntarios y miembros del Ejército, los camiones militares están en fila estacionados, resignados ante la invasión que no pudieron evitar, ahí se reúnen montañas de comida, cobijas y medicinas. A lo alto en la penumbra el imponente Plaza Condesa ha perdido la fachada; en frente, un edificio de ocho pisos ha colapsado, hace 32 años uno en esa misma esquina cayó, leí alguna vez, y entonces recuerdo la zona acuosa que es esta región de la ciudad, que no da tregua, presagia que es cuestión de años el derribar cada uno de esos edificios, ojalá no, claro, pero cómo no pensarlo, si cada tanto caen; cómo no pensarlo, si estamos bajo un lago, en una cuenca cuya vocación es escurrir toda la vida que la habita, que quiere fluir, transformarse y no dejar nada quieto; así la geología o la meteorología, y la historia, enemigos de la quietud, el movimiento telúrico es natural como el dolor, pensé con pesimismo.

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Después vienen las charlas, interrumpidas por lágrimas involuntarias, y el coreo del himno nacional al terminar de desenterrar a la última persona en el cascajo, a veces viva, y se festeja como un nacimiento, y no es para menos, se corea el himno entre militares, paramédicos, voluntarios y la sociedad civil, con la mano en el pecho: “y retiemble en su centro la tierra”, lo tenemos por escrito, en estrofas entonamos la certeza del perpetuo estremecimiento de México. “Canta y no llores”, se escucha por ahí, como una canción de cuna que sosiega nuestros espíritus que envuelve esta noche, en la que podría la tierra moverse de nuevo, porque tiembla siempre y siempre temblará, no importa que deseemos lo contrario: somos un pueblo que asume su destino, que lo comprende y lo respeta, porque no nos moveremos de aquí aunque el suelo se haga agua de nuevo.

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Al siguiente día los edificios siguen cayendo. Fui a ayudar a un centro de ayuda canino en la calle de Monterrey y Nayarit. Una cuadra después, sobre Monterrey, habían establecido un perímetro frente a un gran edificio que quería venirse abajo. Con insensatez, los trabajadores y las personas esperaban detrás de las cintas, eminentemente cerca del coloso. Yo que vi un edificio caer y huí de la maraña de escombros, ahora sé que nunca se está demasiado lejos. Estas personas estaban detrás de las cintas de precaución, unos al lado de otros, y también unos frente a otros en los extremos de la calle como ejércitos enemigos en el campo de batalla. Pero los separaba un espacio mínimo, y esperaban ahí melancólicos como familiares alrededor de la cama de un abuelo moribundo. Inhabilitado para seguir viendo estructuras caer, me fui de este espectáculo de edificios, casas o lugares que guardan las cosas, objetos de un valor eminentemente emocional e inestimable y ahora inaccesible: viejas fotografías, juguetes roídos por el tiempo, el retrato de la abuela fallecida, libros anotados y subrayados, un diario que empezó a redactarse hace décadas, todos esos elementos que hacen de esa estructura de concreto, en un acto alquímico, lo que llamamos hogar. Se habla ahora del inestimable valor de la sociedad, pero sobre todo imaginamos la posibilidad de continuar en este camino de comunión y entendimiento para exigir a las autoridades, para reformarnos como sociedad, como si este suceso potenciara la espontaneidad que nos ha reunido y transformarla en una fuerza ciudadana que incida en la política nacional. ¿Podremos metabolizar esta tragedia para forjar una nueva forma de funcionar como sociedad? Después del 19 de septiembre, de nuevo, no seremos los mismos: ¿podremos perpetuar esta fuerza y volcarla positivamente por el bien de los ciudadanos y hacer en un acto alquímico oro de este cataclismo? Hay una culpa que siente el sobreviviente por haber vivido a una catástrofe. ¿Por qué yo?, se pregunta el sobreviviente. Le debemos a los que murieron esa respuesta y que la potencia de esta catástrofe sea el inicio de una transformación social y política. Se los debemos.

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FOTO: “La polvareda cubre la cuadra, clamores, una anciana se persigna, implorando piedad al mismo dios, su dios, el que juega a las calamidades desde tiempos inmemoriales”. En la imagen, escombros del edificio colapsado en la esquina de Medellín y San Luis Potosí, en la colonia Roma de la Ciudad de México. / Valente Rosas /EL UNIVERSAL

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