Alejandro G. Iñárritu y la adversidad ampulosa

Ene 30 • destacamos, Miradas, Pantallas, principales • 21127 Views • No hay comentarios en Alejandro G. Iñárritu y la adversidad ampulosa

POR JORGE AYALA BLANCO 

 

Revenant: el renacido (The Revenant, EU, 2015), monocorde filme 6 del exDJ defeño poshollywoodizado de 53 años Alejandro González Iñarritu (Amores perros 00, Babel 06, Birdman 14), con guión suyo y de Mark L. Smith parcialmente basado en la novela The Revenant: A Novel of Revenge de Michael Punke que se inspiraba en el caso verídico de un cazador del siglo XIX, el estoico y hermético guía explorador Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) encabeza, al lado de su hijo mestizo de india pawnee (Forrest Goodluck), una depredadora partida de caza para proveerse de valiosísimas pieles que es diezmada por flechas de indios rees, deben huir en barca y continuar por la sierra nevada, donde el silencioso Glass será peor que violado por una osa y dado por muerto, luego de que su hijo sea acuchillado por el pérfido soldado ambicioso Fitzgerald (Tom Hardy) con la complicidad del aterrado recluta rubito Bridger (Will Poulter), y así un infeliz abandonado Glass deberá materialmente renacer de sus ensangrentadas cenizas, arrastrándose por la ribera, comiendo yerbajos, frotando piedras para encender fuego, esquivando nuevas acometidas mortíferas, escondiéndose bajo los acantilados, espantando una manada de búfalos, haciéndose adoptar por un pielroja a caballo, o sea, desafiando la solitaria adversidad más ampulosa concebible, para poder enfrentarse al escurridizo Fitz, puesto que su cómplice ha sido capturado ya por el justiciero Capitán Henry (Domhnall Gleeson), en una sinuosa persecución triunfal menos interminable que el gélido peregrinaje de su road picture anterior.

 

La adversidad ampulosa mueve sin cesar la fabulosa cámara técnicamente innovadora a lo Imax de Emmanuel Lubezki por las mejores 5 razones caprichosas y arbitrarias de todos conocidas: porque sí, porque no, por todo, por nada y por si acaso, para obtener complejas y virtuosísticas imágenes umbrías del verdegris bosque invernal y de la neblinosa naturaleza canadiense-patagónica perpetuamente hostil, imágenes contradictoriamente magníficas y viscerales, imágenes envolventes y disolventes a la vez, imágenes de autoexcitante dinamismo forzado con fórceps, imágenes nerviosas y compulsivamente gratuitas, imágenes atosigantes sin remedio, demostrando que Iñárritu ha logrado pasar con pírrico éxito de la hiperfragentación histérica de Amores perros al extremo opuesto, aquel virtual plano secuencia único de Birdman, para llegar a esta mareante tanda imparable por dos horas y media de pannings meramente descriptivos, o articuladores de una intensiva red de frontgrounds con profundidades de campo sobre otras y otras profundidades de campo, hasta en los cruentos ataques y en las escenas de western ultrabelicista, seudolíricamente punteadas luego con inexpugnables contrapicados de árboles gigantescos o superfotogénicos solecitos filtrándose entre el flácido follaje.

 

La adversidad ampulosa prueba además que Iñárritu ya no se dedica a hacerle el trabajo sucio a los gringos racistas preTrump (Babel o jamás dejes a tu hijo con una sirvienta mexicana porque acabará deshidratándose en el desierto), sino que ahora se dedica a apantallar a la ignorancia universal saqueando, glosando, abaratando y banalizando grandes ideas de películas mediocres o supremas, para amaestrar y reimponer una artesanía elemental y efectista, por lo que ahí están en primer término las vistosas penalidades del insuperable Richard Harris en Un hombre llamado caballo (Silvestein 70), ahí están por enésima vez en el cine primario soñándose sofisticado continuos zarpazos impotentes que se basa en la belleza y la poesía de las fuerzas elementales (el sentido místico de la naturaleza más negativa que nunca, la inquebrantable voluntad del hombre movido por el instinto) que dominaron los pioneros escandinavos (Sjöström, Stiller), ahí está el infierno bíblico de los héroes legendarios de la inextinguible saga montañosa de Furia salvaje (Sarafian 71) y Jeremiah Johnson, la ley del Talión (Pollack 72), ahí están la recuperación milagrosa de la madriza corporalmente devastadora de Yojimbo (Kurosawa 61) y la amistad itinerante con cierto mofletudo aborigen buenaonda tipo improbable Dersu Uzala (Kurosawa 74), el refugio dentro del equino eviscerado de Historias de caballos y hombres (Erlingsson 13), y ahí están las alucinaciones y los memoriosos sueños freudianos de El árbol de la vida (Malick 11), aparte de otras baratijas filosóficas, pero por encima de todo ahí están las vergonzantes pretensiones de hacer de El renacido una fantasía telúrica infraHerzog, con sus Lecciones de oscuridad (92), su decisiva intervención de las garras de la osota ultrajante a lo correoso Grizzly Man, el hombre oso (05) e incluso sus arrebatos ateológicos de Aguirre, la ira de Dios (72), en la aplazadísima si bien climática lucha cuerpo a cuerpo contra el maldito Fitz (¿carraldo?), clamando “La verdad está en las manos de Dios, no en las mías”, de encarnizada cinta niní, ni blasfema ni trágica, ni épica a lo posFord-Vidor, ni estudiosa profunda del ser heterogéneo, sino todo lo contrario, y lo que se junte en esta hipotética aventura.

 

Y la adversidad ampulosa todavía se esmera y acaba acumulando, como quien no quiere la cosa, un humanismo zooprimitivista para hacer babear de gusto a los oscurantismos básicos (“Todos somos salvajes”, reza en francés el letrero-narcomanta de un ahorcado), un impecable DiCaprio con pago extra por kilometraje congelante para estar omnipresente ad nauseam, una musiquita de Sakamoto-Noto que a veces suena como melaza sincrética oriente-occidente y otras a Arvo Pärt para folleto de divulgación, una vulgar historia de venganza con nada novedoso que ofrecer y una sobrevivencia a nivel de hazaña estridente de reality show para documentar algún manual superventas de boy scouts anacrónicos, todo ello conformando la flagrante falta de profundidad de una película grandilocuente y hueca, una odisea gutural del esfuerzo físico sin emoción posible.

 

*FOTO: The Revenant, de Alejandro González Iñárritu, obtuvo 12 nominaciones para el Oscar, entre ellas a Mejor Película y Mejor Director/Especial.

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