Alfonso Cuarón y la orgánica retroimpregnadora

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La cinta más reciente de Alfonso Cuarón, estrenada recientemente en el Festival de Cine de Venecia narra un año en la vida de una familia de clase media en la Ciudad de México en los años 70

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POR JORGE AYALA BLANCO
En Roma (EU-México, 2018), épico-lírico opus 8 del oscareado capitalino excuequero en su nuevo coming back nacional a los de 57 años Alfonso Cuarón (cortos previos: Cuarteto para el fin del tiempo y Who’s He Anyway ambos 83; largos: Sólo con tu pareja 90, La princesita 95, Grandes esperanzas 98, Y tu mamá también 00, Harry Potter y el prisionero de Askaban 03, Niños del hombre 06 y Gravedad 13), con guión suyo y créditos de fotografía (compartidos con Galo Olivares) y de edición (compartidos con Adán Gough), hablada en español y en mixteco subtitulado, la nana adolescente indígena Cleo (Yalitza Aparicio soberbia de sobriedad impasible) trabaja junto con su paisana Adela (Nancy García García) en la Colonia Roma de los 70s, al cuidado de los cuatro ladillosos niños de la pasiva arrebatada señora Sofía (Marina de Tavira) en trance de salvaje ruptura matrimonial, mientras nuestra ingenua Cleo se relaciona amorosamente deslumbrada con el exdrogo machín también originario de su mismo pueblo Fermín (Jorge Antonio Guerrero), quien está siendo entrenado como paramilitar experto en artes marciales, que la embaraza y en una inopinada ocasión la deja por siempre jamás plantada dentro de un cine, sólo para que, al acudir cierta aciaga tarde a comprar la cuna de su bebé en San Cosme al lado de apacible abuela Teresa (Verónica García), la gestante sorprendida Cleo presencie paralizada una mortífera persecución de manifestantes estudiantiles por Halcones paramilitares, entre los que descubre aterrada a su rechazante Fermín disparando a quemarropa, lo que le provoca la prematura ruptura de su fuente y el parto de un bebé muerto, trauma aplazado que apenas podrá asumir durante un fingido viaje vacacional, con la recién divorciada patrona Sofía y sus chavitos inquietos, a las peligrosas playas de Tuxpan a mar abierto, al cabo una dolorosa orgánica retroimpregnadora.

 

La orgánica retroimpregnadora estructura hipersensiblemente una visión del Halconazo del 10 de junio de 1971 desde la perspectiva de una sirvienta oaxaqueña, teniendo como relatos indirectos la crisis hogareña de una familia clasemediera profesionalizada y una documentadísima recreación de época en los lindes de la obsesión compulsiva, para lo cual debe jugarse en muchos terrenos expresivos, de manera y sobremanera, suficientes e insuficientes a la vez, persiguiendo tanto la precisión como la belleza, gracias al ávido diseño de producción del oscareado Eugenio Caballero a la ultrabarroca dirección de arte de Carlos Benassini y Óscar Telk (ese apantalladorcísimo abigarramiento de la fiesta en la cabaña), al vestuario de Anna Terazas sin error posible de equilibrio plástico, e incluso a las digitalizaciones sintetizadoras de imágenes del presente y el pasado.

 

La orgánica retroimpregnadora imparte verdaderas lecciones de estilística cinematográfica, al establecer sobre todo una estética casi maniaca de travellings laterales, a modo de homenaje infinito a los dollies análogos que gozosamente fincaban la espléndida y aún hoy inalcanzable espontaneidad lozana de Jacques Rozier al acompañar a sus chavas sesenteras por las calles barriales parisinas en Adiós Filipinas (1960), virtuosísticos movimientos de cámara que utilizan al máximo una fascinante gama de grises cual rigor colorístico extremo en el límite de lo mesurado y de una cierta irrealidad inesperada, así como el formato alargado del viejo Cinemascope, más los sistemáticos planos largos (no siempre planos-secuencia) de la Gertrud de Dreyer (64) en la fundación del minimalismo hiperrealista, porque según el genio danés “No es lo mismo que algo suceda por corte o dentro de un plano prolongado”: travellings laterales de una película-objeto de inteligente y sensible cinéfilo de época en su autoelevación de hombre-orquesta hacia la más alta Praxis del Cine (Metz, Burch), eternos travellings de ida y vuelta o de vuelta y media que comienzan acariciantes y cada vez se exasperan más hasta convocar una trágica serie de irremediables desgracias creadas sólo por y para la cámara, espectacular travelling de la práctica-show con cañas de ataque bajo la legendaria instrucción de un redivivo Profesor Zovek (Latin Lover), malvado travelling del ataque a la mueblería, desgarrador travelling del parto del bebé muerto al que infructuosamente intentan reanimar en el fondo del encuadre en el sísmico sanatorio-morgue a la Von Stroheim, o catastrófico travelling del conato de ahogamiento de los niños llevados por la corriente en la playa que resulta sólo megacatártico para la heroína (“Yo sí quería tenerlo”).

 

La orgánica retroimpregnadora se toma además como retroimpugnadora al referirse explícitamente a la violencia emblemática que presidía el romance entre una muchachita de pueblo y un disciplinado soldadito entrenado para represor antinarcos del intocable Ejército Mexicano en Heli (Escalante 13), ahora convertidos en el precoz Halcón brutal y la víctima deleznada que lo tornará filicida involuntario, pero también haciendo realidad a destiempo el abortado proyecto ya no subversivo de Louis Malle sobre la desintegración mental (como la del proletario traidor de El fin de San Petersburgo de Pudovkin 28)) de un Halcón entrenado por la ultraderecha para el Jueves de Corpus que culminaría en Lacombe Lucien (1974), con soldaditos escolares en desfile callejero cual reducción al absurdo de los feroces militares abriendo y cerrando Canoa (Cazals 75), pero siempre permitiendo penetrar en el inconsciente fílmico del niño Cuarón de 10 años, sujeto de autobiografía profundizada y autoficción transferida, porque “el conocimiento humano debe basarse en la experiencia” (Berkeley), pues sólo así “discernimos el orden interno de las cosas” (Halley), voz y eco del futuro país “lleno de sangre y muerte” (Movimiento por los Desaparecidos).

 

Y la orgánica retroimpregnadora hizo por fin que la doliente Cleo retornara a los cubetazos en el patio y a la azotea perpetua cual privativo mito de Sísifo.

 

FOTO:  Roma aborda la vida de una familia de clase media en la Ciudad de México a inicios de los años 70. /Especial

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