Arpa y flauta, la comunión sonora

Jun 3 • Miradas, Música • 823 Views • No hay comentarios en Arpa y flauta, la comunión sonora

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Pocas oportunidades ofrecen los programas de las orquestas más importantes para disfrutar la riqueza que pueden alcanzar estos instrumentos, interpretados por dos de las ejecutantess más virtuosas y sensibles

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POR IVÁN MARTÍNEZ

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Para quien asiste regularmente a los conciertos de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, las caras de Alethia Lozano y Janet Paulus pueden ser muy reconocidas, pero fuera de ahí, donde realizan dos de las actividades más identificables tanto auditiva como visualmente –como primera flauta y como arpista, respectivamente– es difícil verlas, esto porque no desarrollen otras actividades igual de relevantes: Paulus es también arpista de la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes, pero pocos la alcanzan a ver por su ubicación en el foso, y recientemente Lozano ha compartido como invitada del Quinteto de Alientos de Bellas Artes, grupo que ojalá tuviera una actividad más constante, amén del destacado trabajo que ambas realizan como maestras de su instrumento en diferentes escuelas de la ciudad.

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Pero fue gracias a una renovada y muy completa cartelera de música de cámara que se está llevando a cabo en la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario, que el público pudo escucharlas con atención en una disciplina donde la comunicación visual entre músicos es más necesaria, donde la comunicación musical con los asistentes es más directa y las deja más expuestas: la música de cámara. Esta disciplina tampoco suele contar en nuestra ciudad con mucho atractivo, casi siempre por la falta de pericia de los programadores a la hora de armar combinaciones y repertorios a ofrecerse si no es por grupos visitantes, por lo que escuchar a estas dos artistas juntas por primera vez el pasado domingo 21 de mayo con un programa suficientemente alentador y desafiante resultó sugerente desde su anuncio.

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Su recital lo comenzaron con la Sonata en sol menor, BWV 1020 para flauta y clave de Bach, obra obligada para todo flautista con una parte que en esta ocasión fue adaptada con precisión al lenguaje arpístico por la misma Paulus sin menoscabar la naturaleza de la misma ni de la obra en su conjunto, en la que ambas partes funcionan en el mismo nivel de importancia y no como solista-acompañante. Si bien el carácter de la obra es más elegíaca, menos pastoral que las posteriores obras bachianas para flauta, me pareció escuchar una lectura más bien adusta en sus tres movimientos, sobre todo en el segundo movimiento que me hubiera gustado escuchar con más expresividad y en el tercero, donde el arrebato pudiera ser más vivo: poco ayudó a mi percepción que las maestras eligieran tempi un tanto más lentos a los que se adoptan popularmente.

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Lo que sí percibí fue que la ocasión de hacer duetos con un instrumento tan aparentemente dulce como la flauta, permitió a la arpista recurrir a una paleta de articulaciones menos áspera, sin la necesidad de ciertas rudezas que se le escuchan dentro de los tutti orquestales, junto con una sensibilidad a fraseos y colores de igual manera más orgánicos, más dispuestos al lenguaje –y estilo– de su contraparte. Esta predisposición equivocada provocó particular gusto sonoro a mis oídos en esta primera obra, a la que las “nuevas” características del sonido del arpa no dejaron de otorgar claridad irrestricta a la pronunciación de la difícil parte original para clave.

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Siguieron los deliciosos Cinque piccoli duetti de Jean Francaix, ese compositor francés tan prolífero como desconocido que tomó la naturalidad y el gusto de escribir para alientos de Poulenc llevándolo un paso más lejos dentro de las peripecias que representa su propio lenguaje. Como miniaturas, no tienen la dificultad intelectual de la sonata tocada antes, pero estilísticamente representan tal transparencia que un gesto contrario a su encanto puede echar abajo la interpretación: la de Lozano y Paulus fue tan disfrutable como fascinante que lo único que uno desearía es que los hubieran repetido; al igual que una pieza fuera de programa que incluyeron en el lugar de las Flower pieces de Roberto Sierra anunciadas: el popular Entre acto que Jacques Ibert escribió para una producción de El médico de su honra, de Calderón de la Barca: resultó una joya de interpretación, con un sonido del arpa totalmente envolvente, con una magia española muy especial, en comunión con la emotividad, riqueza y amplitud de sonido que ofreció la flautista.

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En una velada que iba de menos a más, lo más relevante quizá haya sido la Sonata para flauta y arpa, op. 56 de Lowell Liebermann, que se escuchó por primera vez en México. Más allá de la claridad con que formaron estructuralmente esta obra en un solo movimiento, lo más destacado ha sido el trabajo artesanal de ensamble, sin menoscabar el brillo con que cada pasaje fue presentado, fuera la vehemencia de los pasajes líricos o la precisión rítmica en los virtuosos. Con la misma efusividad y exuberancia sonora fue presentado al final el simpático Swing no. 1 de Jacques Bondon, obra de lucimiento total que solo podía ser opacado por un encore que promete: el tema principal que Arturo Rodríguez escribió para la película The maid’s room (Michael Walker, 2013) arreglado para esta dotación y que no debe sino representar la idea central de una futura Gran Sonata para flauta y arpa del compositor regiomontano.

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FOTO: La flautista Alethia Lozano. /Foto de Arturo Rodríguez.

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