Boleto de ida para la vejez

Ago 13 • Lecturas, Miradas • 2378 Views • No hay comentarios en Boleto de ida para la vejez

POR ETHEL KRAUZE 

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Ahora se ha puesto de moda luchar por el derecho a morir. Se habla de la eutanasia, de la voluntad anticipada, de la libertad de decidir cuándo la vida debe suspenderse. Se esgrime la virtud de una vejez digna. Se han creado organizaciones y movimientos sociales en pro de estas defensas y se han propuesto diversas iniciativas de ley que las respalden.

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Se encomia la autonomía de movimientos, el control de esfínteres, el autocuidado y la independencia económica como sensores de la dignidad humana.

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Se repele la idea de convertirse en un estorbo para la familia, en una carga financiera sin fondo que de cualquier manera va a dar a la tumba, en un parásito que se alimenta de la alegría y del tiempo de los demás. Los demás son los miembros productivos de la sociedad. Los demás trabajan, estudian, construyen, ganan dinero. Contribuyen al producto interno bruto.

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Hasta hace unas décadas, ser viejo era una condición de respeto, autoridad y sabiduría. Llegada la hora, tomaba uno el boleto que le tocaba en suerte y se montaba en el tren de la vejez a ver hacia dónde lo llevaba. Los familiares se hacían cargo, o la caridad pública. Ya no. Ser viejo es en estos tiempos un estigma con el que nadie quiere cargar, incluido el propio viejo.

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Por eso, ahora hay tres tipos de opciones para comprar el boleto de ida a la vejez, un boleto sin retorno, sin reembolso, sin escapatoria: en primer lugar, el asilo, pero es costoso y culposo; en segundo, el suicidio asistido, que es más limpio y sin culpas; si ninguno de los dos convence al implicado, los cuidadores pueden recurrir al homicidio camuflado. Lo importante es la dignidad. Defender la libertad del individuo para morir a tiempo, antes de necesitar pañales y papillas de nuevo.

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Filósofos de bioética en la Universidad de Georgetown, en Washington, que se especializan en estos temas, ofreciendo cursos, diplomados y conferencias internacionales, se preguntan si la dignidad está en una bacinica. Fuertes debates se realizan diariamente para reorientar las posturas del derecho a morir como una auténtica libertad, poniéndola en entredicho, ante la presión que se ejerce contra el viejo, por parte de una sociedad que no ha logrado ofrecerle la hospitalidad que toda etapa de la vida se merece.

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Estamos dispuestos a cuidar, alimentar y limpiar a nuestros bebés. Pero rechazamos hacerlo con nuestros viejos. Pensamos que los bebés tienen futuro, crecerán y se independizarán de nosotros. Mientras tanto, los amamos y los ayudamos. Olvidamos que los viejos también tienen futuro, morirán y nos independizaremos de ellos. Mientras tanto, también podemos amarlos y ayudarlos.

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Lo legal no es necesariamente lo moral. El viejo no se estorba a sí mismo, es la sociedad la que no le da cabida. Una sociedad rampante que privilegia la juventud, la fuerza física, la velocidad, la imparabilidad. Una sociedad que le tiene horror al rostro humano, con el acompañamiento, la compasión, y el sacrificio que supone el amor y el dolor compartidos. Una sociedad a la caza permanente del entretenimiento y las selfies sonrientes de Facebook.

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¿Hay muertes “dignas”, frente a muertes “indignas”? La muerte no es una decisión personal, como tampoco lo es el nacimiento. Suceden ambos como hechos de la naturaleza. Cuando una sociedad no puede ofrecer más que la dignidad para la muerte, es una sociedad indigna para la vida.

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La dignidad está en haber llevado una vida de bien. Y morir en el amor y el cuidado de quienes cuidamos y amamos. Es sentido común, sentido ético y sentido humano.

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Esta llaga de la realidad es lo que el ojo de la literatura viene a ponernos de frente, con doble visión en las recientes novelas de dos escritoras hispanoamericanas maduradas en sus personajes entrañables. La chilena Isabel Allende, aunque ya hace tiempo se acomodó a las leyes del best-seller y edulcoró su prosa deslumbrante para hacer novelas a destajo a base de juntar datos históricos, nos muestra, con la espeluznante naturalidad de un alfiler que ya no se siente porque la piel se ha acostumbrado al pinchazo, los usos y costumbres de las clases medias en Estados Unidos cuando les llega la hora de la vejez. El amante japonés (Alfaguara) se desarrolla en un asilo de buen ver en California, con tres pisos en orden ascendente hacia el cielo: los que pueden moverse, abajo; los inmóviles pero con conciencia, en medio; el resto, arriba, con un pie en el paraíso. En ese lugar se instalan por propia voluntad aunque hay renegados que, prefigurando su proximidad al segundo piso, se las arreglan para tomar un elevador directo en forma de accidente medicamentoso.

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La mexicana Sandra Frid, en La danza de mi muerte (Planeta) recrea, con una pericia literaria incontrovertible, el mundo interior de la bailarina, coreógrafa y escritora Nellie Campobello, en el viacrucis de sus últimos años, secuestrada, drogada, vejada, y lentamente asesinada por una discípula y su cómplice marido. Un hecho real y ominoso, ejemplo de lo que muchos viejos viven en soledad, tiranizados por familiares o cuidadores que los necesitan muertos de una vez. Pero también, olvidados por la sociedad que les debe su esfuerzo, su trabajo, su contribución a la comunidad. Esto es, tal vez, lo peor.

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En ambas novelas se revela el impudor de una sociedad incapaz de recibir la vejez y de honrar el camino de sus hombres y mujeres. Más aún, la hipocresía para dotarlos de herramientas legales para que ellos mismos tomen la decisión o sean ayudados para hacerlo. Para eso están las leyes.

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FOTO:  El amante japonés, novela más reciente de Isabel Allende (en la imagen), responde a temas como el amor en la vejez y la muerte voluntaria./AP

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