Christopher Nolan y la evacuación heroica

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La nueva cinta del director británico abunda con una nueva visión en la figura del soldado desconocido desde tres espacios dramáticos: tierra, mar y aire, rompiendo así con la idea de un heroísmo beato

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JORGE AYALA BLANCO
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En Dunkerque (Dunkirk, RU-Holanda-Francia-EU, 2017), avasalladora superproducción 10 del siempre trepidantemente imaginativo autor total londinense de 45 años Christopher Nolan (Amnesia 01, Batman inicia y Batman, el caballero de la noche 05/08, El origen 10), el aterrado pero inventivo soldadito aislado de su regimiento Tommy (Fionn Whitehead cual marmota asustada) padece en carne propia hacia 1940 la evacuación más atroz de la Segunda Guerra Mundial, luego de emerger en cierto pueblito francés de una lluvia de volantes alemanes cual bombardeo premonitorio que le informan de su inclemente situación mortal en el cerco empujado al mar, igual que los 400 mil efectivos británicos más que va a descubrir en la inmensa playa muy formaditos, para ser embarcados rumbo al continente en acorazados y destroyers que sólo alcanzan para 30 mil, y desde entonces, juntándose con un inescrupuloso homólogo francés (Aneurin Barnaud) que saquea cadáveres aliados, y desoyendo la estoica disciplina impuesta por el Comandante Bolton (Kenneth Branagh) encargado del magno operativo salvador, el escurridizo Tommy va a enfrentar y a escapar milagrosamente a bombardeo tras bombardeo y hundimiento tras hundimiento, fingiéndose camillero, colándose por diez partes, sosteniéndose oculto bajo los tablones de un muelle deshecho, manteniéndose a flote en donde sea, incluso en una inundada cabina con otros infelices escoceses que aguardan la subida de la marea para desencallar un buque pesquero, o expuesto inerme en el ancho océano a los ataques constantes de los Messerschmitts enemigos, mientras el generoso dueño de un yate de recreo Dawson (Mark Rylance) recoge flotando sobre una herrumbre en altamar a cierto anónimo soldado náufrago (Cillian Murphy cual tiritante cobija inhumana) tan violentamente traumatizado y opuesto a la incursión rescatista de regreso al infierno de Dunkerque que acabará matando de un empellón al ingenuo grumete del buque George (Barry Keoghan), en tanto que el intrépido aviador estrella Farrier (Tom Hardy cual médico/paciente con mascarilla perpetua) derriba desde su huidizo Spitfire con su flotilla semiacrobática todos los Heinkels a su vista y ve a sus dos colegas desplomarse fatalmente al mar antes de convertirse en el indispensable auxilio celestial de los 350 mil ingleses por fin evacuados gracias al apoyo oportuno de un oportuno enjambre de barquitos como el de Dawson.

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La evacuación heroica sabe, sostiene, demuestra y degusta a cada paso y de cien maneras contundentes que en el principio fueron la macrorreconstrucción histórica fidelísima hasta la paranoia megalómana y la matazón-show arrolladora, tomando en cuenta y desbordando cualquier referente testimonial y realista o artificial, en crudo y en cocido, multiarropado y desnudo a la vez, limpiamente aunque sin pureza posible (fotografía demasiado impecable del suizo Hoyte Van Hoytema), a través del ronco tronar lejano o arrasante de las artillerías aéreas, los bombardeos cercanos y devastadores de cualquier tipo en todo lugar y con la mayor eficacia o fracaso sin nada en medio, la amenaza inminente que invariablemente viene desde atrás del espectador en la tierra y en el agua y en el cielo indetenibles por su movilidad perpetua, la crispación de la inteligencia fulmínea y en fuga o adentrándose a la abiertísima boca de lobo de un inmisericorde mar insaciablemente extendido, la última tecnología destructora de época (submarinos, torpedos, legendarios aviones-emblema de colección, armas antiaéreas) en su punto y en su apogeo, y last but not least las seis mil cabecitas de extras desechables con casco hacinadas sobre la cubierta de los barcos de guerra cual nuevos insospechados vagones embutidos hacia campos de exterminio tan explosivo cuan exclusivo.

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La evacuación heroica despliega estructuralmente sus tres historias como relatos cruzados al estilo del Dr. Insólito (Kubrick 62), en el muelle/en el mar/en el aire, simultaneando lo imposible por su duración variable (una semana, un día o una hora, respectivamente) y repitiendo como virtuosismo egregio algunas secuencia varias veces, con edición hipercalculada de Lee Smith y música postserial del veteranísimo germano Hans Zimmer que inserta hasta latidos cardiacos o tic-tacs en sus masas sonoras acezantes por partida múltiple.

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La evacuación heroica lleva así a sus más altas expresiones audiovisual y dramática actuales el gran tema que es, junto con la Conciencia Vulnerada (la de Pasolini, Fassbinder, Tarkovski entre mil menos gigantescas), uno de los dos fundamentales del cine moderno: el tema del Soldado Perdido, aquel que llevó a su cima John Ford en La patrulla perdida (34), el hoy deleznado tema del soldado perdido, a nivel de regimiento pero también eminentemente individual-behaviourista, con escasa profundidad psicológica ya que se trata de una ficción toda exterioridad de acción neta y diálogos meramente funcionales; el soldado perdido terrestre Tommy que emplea en su transgresora estampida antiheroica todas las estrategias y todo subterfugio a su ingenioso alcance, el soldado perdido marítimo sin nombre que mata irresponsablemente al más frágil de sus salvadores para elevarlo al irónico heroísmo al revés, y el soldado perdido aéreo que va saludando a sus lucidores colegas al caer por turno y termina haciendo alardes estremecedores; tres extremos soldados perdidos que rompen desde su interior con las imágenes beatas del heroísmo, pero que resultan héroes pese a todo, gracias a la reciente e instantánea figura del ingente heroísmo de la sobrevivencia, motivando el final aplauso mediático del elocuente primer ministro Churchill ebrio de triunfo por sólo haber perdido 50 mil elementos.

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Y la evacuación heroica logra que el mar se incendie conclusivo en la estética de la espectacularidad ambiguamente heroica jamás desmitificada y en un Réquiem de Guerra posBritten tan bien anticipado cuanto fieramente conjurado por la masacre entrañable.

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FOTO: Dunkerque, de Christopher Nolam, con Tom Hardy, Mark Rylance, Kenneth Branagh y Jack Lowden, se exhibe en salas comerciales de la Ciudad de México. / Especial

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