Clint Eastwood y la desarticulación salvadora

Dic 10 • Miradas, Pantallas • 4914 Views • No hay comentarios en Clint Eastwood y la desarticulación salvadora

POR JORGE AYALA BLANCO

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En Sully: hazaña en el Hudson (EU, 2016), investigadísimo filme 35 del exprototípico actor macho alfa terminal hollywoodesco vuelto insuperable estilista veterano estadounidense de 86 años Clint Eastwood (tras su tierna evocación canora Jersey Boys, persiguiendo la música 14 y su reivindicación belicista del Francotirador 14), con astuto guión de Todd Komarnicki basado en el libro testimonial autobiográfico Alto deber del protagónico Chesley Sullenberger Sully y Jeffrey Zaslow, el adusto piloto comercial con 42 años de experiencia Sully (Tom Hanks estrenando mimético bigotazo blanco ya decidido a ser/hacer un holograma viviente de sí mismo) despierta sobresaltado por una pesadilla en su habitación del Hotel Marriot y está a punto de ser atropellado al hacer jogging matinal en las calles de NY, porque con la leal ayuda de su copiloto bromista Jeff Skiles (Aaron Eckhart) acaba de salvar milagrosamente la vida de los 155 pasajeros del vuelo 1549 de US Airways gracias a un excepcional acuatizaje forzoso de vital emergencia en el helado río Hudson a raíz de perder los dos motores de su Airbus A-320 tras impactar con aves canadienses el 15 enero de 2009 apenas tres minutos después de haber despegado rumbo a Charlotte y sin tener tiempo de regresar al aeropuerto local de LaGuardia ni poder alcanzar el de Teterboro, y también se halla en zozobra porque ahora está siendo asaeteado, asaltado y agobiado ambiguamente por la gloria de la celebridad y por la desgracia de la duda, o más bien al contrario, por la desgracia de la fama (la Diosa Puta helénica) y por el desdoro del cuestionamiento mezquino, al ser llevado a comparecer en audiencia pública ante los incomprensivos ultratecnificadores jueces encabezados por la benevolente Elisabeth Davis (Anna Gunn) y el subrepticio Charles Porter (Mike O’Malley), apoyados por dos peritajes con simuladores del vuelo en peligro, para plantear una sospecha de culpa humana en el incidente o accidente, ante lo que prevalecerá con dificultad la experiencia realmente vivida por los pilotos en su desarticulación salvadora.

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La desarticulación salvadora debe toda su eficacia emocional a la complejidad de su estructura, nada sería sin esa particular estructura peculiar, una suerte (con buena suerte y excelentes resultados) de estructura en espiral, una estructura que da vueltas sobre el mismo hecho e incluso lo repite varias veces siempre añadiéndole nuevos elementos cruciales, una estructura que parece querer glosar el mismo evento al infinito, una especie de estructura prepsicótica que semeja estar anclada sobre un colosal acontecimiento traumático único para toda la eternidad vivida y memoriosa, una estructura modélica que se apoya tanto en el prodigiosamente calculado libreto de Komarnicki y en la ultrasobria realización sin estridencia alguna de Eastwood como en las equilibradas imágenes grisverdosas con pálido tono menor del decisivo fotógrafo Tom Stern (su tinte característico desde Río místico 03) y en la edición conspicuamente fluida de Blu Murray, una estructura que se da el lujo de comenzar con la pesadilla de un estrellamiento en torres de Manhattan a lo 11/sep para continuar con los recuerdos abismados del piloto y las simulaciones computarizadas en la audiencia pública hasta culminar en la reconstrucción del acuatizaje en sí.

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La desarticulación salvadora se eleva a una terca y elaboradísima altura celebratoria que no excluye ni el melodrama esencial ni la síntesis caracterológico-situacional ni la puntualización técnica ni el simulacro tribunicio ni el relieve humanístico más acendrados, o sea el melodrama afincado en las numerosas peripecias posfolletinescas que enfrentan a los buenos (los pilotos acusados en falso) contra esos malos cuya pandilla salvaje estaría integrada por los engreídos expertos cuestionadores gubernamentales, la síntesis caracterológico-situacional en torno a un tranquilo alter ego bienhechor pero a fin de cuentas homólogo y casi alter ego canoso de aquel Eastwood-Harry el Sucio que atropellaba todos los códigos policiales extrafílmicos y los del thriller pulcro para imponer su voluntad y defender su derecho a ser un infeliz, la puntualización técnica que se modifica con sólo dedicar 35 segundos a tomar una decisión y a saltarse intuitivamente de golpe hasta la opción 15 del engorroso manual de emergencias, el simulacro tribunicio de un inepto e hipócrita sucedáneo del despectivo Consejo de guerra de Preminger (55) o a lo retorcida Cuestión de honor (Rob Reiner 92) para recordar sin querer (pero muy oportunamente en tiempos preTrump) que “el fascismo es una política del desprecio” (según Roger Stéphane), y por supuesto, el relieve humanístico que todo lo modifica, explica y engrandece al tomar en cuenta el Factor Humano del asunto.

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La desarticulación salvadora se sostiene ante todo por secuencias y actitudes inolvidables como la señera prontitud activa del neoestoico Sully evacuando a los pasajeros (esa dama en silla de ruedas o los golfistas desmadrosos) y permaneciendo temerariamente bajo el fuselaje anegado como cualquier capitán de barco (o como su homólogo el Capitán Phillips enfrentando piratas somalíes en la intensa película tendenciosa de Greengrass 13), la llamada por celular que resume todos los problemas monetario-conyugales del héroe, la angustia incontrolable del controlador aéreo Mike Cleary (Holt McCallany) que de antemano desde la tierra acepta la catástrofe inevitable ya encerrado en un cuarto hermético, la indefensión de los tripulantes alineados en un ala del avión, la ansiedad del desesperado que pretende llegar nadando hasta hacia la costa a 6 grados bajo cero, o así.

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Y la desarticulación salvadora dinamita la idea en sí del heroísmo civil, declinando sus cimientos y simientes hacia la hazaña colectiva (“Fuimos todos”), hacia el sentido del deber y la discreción épica, con una final sonrisa chispeante por parte del copiloto (“Lo hubiera hecho en verano”).

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FOTO: Sully: hazaña en el Hudson se exhibe en salas comerciales. / Especial

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