Cristian Mungiu y la corrupción ética

Jul 15 • Miradas, Pantallas • 1813 Views • No hay comentarios en Cristian Mungiu y la corrupción ética

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El quinto largometraje del director rumano es un lúcido drama familiar, protagonizado por una adolescente con aspiraciones de estudiar en el extranjero y su padre que enfrenta un matrimonio fallido

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POR JORGE AYALA BLANCO

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En Graduación (Bacalaureat, Rumania-Francia-Bélgica, 2016), diáfano quinto largometraje del autor total rumano 48 de años Cristian Mungiu (Occidente 02, 4 meses, 3 semanas y 2 días 07), el infeliz doctorcito burócrata cuarentón de gris provincia transilvana Romeo (Adrian Titieni) enfrenta de súbito las pedradas anónimas que estrellan tanto un vidrio de su mediocre depto de unidad habitacional como el parabrisas de su auto, la sospecha de que su clandestina amante viuda con hijito aquejado de afasia Sandra (Malina Manovic) pueda estar embarazada, el repudio de su enteca esposa bibliotecaria Magda (Lia Bugnar) y sobre todo una traumatizante tentativa de violación, apenas la había depositado en la prepa, que sufre su hija Eliza (Maria Dragus), ya de por sí en terrible estrés por intentar sostener el 9 de promedio en sus cruciales exámenes de graduación para asegurar una ansiada beca en Inglaterra aunque ella preferiría permanecer al lado del novio Marius (Raros Andric) al que ha ofrendado su virginidad, trastornos que en su conjunto obligan al doctor a recurrir con lamentable éxito a las generosas influencias delictuosas del vicealcalde terminal Bulai (Ioachim Ciobanu), a cambio de allanarle un urgente trasplante de hígado, pero haciéndose investigar por la policía, tras haber arrasado su propia imagen y el mundo de valores inculcados a su hija mediante esa en apariencia inofensiva corrupción ética en cadena.

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La corrupción ética se limita a rendir cuenta de las resonantes consecuencias sociales e individuales de un simple acto de corrupción en el seno de un núcleo familiar y social, tal como los preclaros Lang y Brecht lo habían hecho con la mera introducción de una pequeñísima nefanda célula nazi al interior de una comunidad checa desde entonces condenada a la pudrición en Los verdugos también mueren (43), porque, al frente del mayor cine humanístico crítico, Mungiu se ha volcado como privilegiado testigo lúcido y acerbo de la jodida provincia postsocialista, mediante un haz de relatos en uno solo multitentacular, relatos misteriosos (las anónimas pedrizas indeslindables), o asediantes (el atraco sexual en despoblado por un violador impotente), o criminales inadvertidos (el tráfico de influencias) o costumbristas corruptos (los fraudes educativos onmitolerados), o hitchcockianamente transferenciales (la identificación del presunto culpable que de repente pueden acometer la víctima o su novio), o melodramáticos familiaristas (el adulterio insatisfactorio, el chantaje de la hija para conminar al padre infiel, la ruptura del matrimonio desamoroso, el colapso cerebral de la abuela), o imprecatorias (el obligatorio repetir hasta la exasperación las mismas frases obscenas por barbones inocentes y prófugos recapturados), produciendo una sensación global de universo carcomido o de arenas movedizas morales.

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La corrupción ética sólo narra en sustancia la patética historia de un bípedo profesionalizado de pronto irreconocible incluso para él mismo que en unas cuantas horas que son días ve desgarrarse su tejido relacional y sus asideros morales, pues la ficción se plantea únicamente en torno de los embates interiores, en términos de moral, ética, inserción social, responsabilidad y destino, dotando a todos los personajes en juego de capacidades autoconscientes y reflexivas bastante excepcionales en el cine actual, que no son inteligencia pura sino emocional, como en un heterodoxo apólogo casi didáctico, para obtener una formidable galería de retratos, jamás tipificados ni estereotipados, siempre densos y moviéndose con pies de plomo mental, por así decirlo, en los dilemas de la vida, y ahí están el pillo mayor aterrado por su delictuoso trasplante, o la esposa sumisa que sin embargo puede exigirle con firmeza a su marido el abandono del hogar para que viva con quien quiera, o la adolescente puesta en crisis, cuya renuncia instintiva-intuitiva de graduada en ciernes la coloca rumbo a una verdadera liberación, ya no sólo geográfica, sino esencial.

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La corrupción ética extiende la cualidad expresiva del drama cerrado-encerrado por antonomasia de Mingiu (la de su obra maestra 4 meses…) a conquistas espaciotemporales y posibilidades fílmicas del todo insospechadas, al plantear impertérritas la abertura de secuencias a riguroso plano fijo todoabarcador propio del mejor minimalismo, contemplar acciones interiores riguroso con severidad sostenida en planos semicerrados (los diálogos con las deprimentes esposa o amante irónicamente intercambiables) o de a tiro con encuadres muy cerrados (la torpe riña pírrica con el novio de la hija, la recuperación de la madre saliendo de campo), o bien esos largos avances impetuosos del héroe con acosadora body camera que traducen tanto su nerviosismo como su caminar sin sentido hacia ninguna parte, todo ello merced a una desglamorizante fotografía ascética de Tudor Vladimir Panduru invariablemente ajena a cualquier coquetería de estilo o mero artificio, una hiperrealista dirección de arte de Dan Toma y una edición de Mircea Olteanu en apariencia laxa pero en realidad condensadora de incidentes y eventualidades en el mínimo de tiempo elíptico, pero esos hallazgos narrativo-ideológicos no deben decirse, sino sentirse.

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Y la corrupción ética clausura su debate dejando atrapado a su héroe carcomido la inminente hiperconciencia de sus yerros morales, pero abriendo sus alcances emocionales y efectivos afectivos hacia los horizontes luminosos que no obstante le ofrecen los dos personajes más jóvenes e inermes, como los del hijo de la amante a quien debe pasear por el parque de columpios por fin despojadito de una sempiterna máscara de chivo satánico para evidenciar su irreprimible afición irracional por lanzar piedras a las vidrieras, y como los horizontes que descubre la joven Eliza tras renunciar a su desesperada huida y posar para su foto de Graduación bien integrada a su grupo, ante la aún incomprensiva mirada atónita paterna.

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FOTO:  Graduación se exhibirá en la Cineteca Nacional hasta el 20 de julio.

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