Diálogo entre vanguardistas

Jul 29 • Miradas, Visiones • 1219 Views • No hay comentarios en Diálogo entre vanguardistas

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Picasso & Rivera. Conversaciones a través del tiempo, que estará abierta al público hasta el 10 de septiembre, permite apreciar las diferentes etapas creativas de estos artistas

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POR ANTONIO ESPINOZA

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La historia es bien conocida. El destino unió a Pablo Picasso y a Diego Rivera en París. Picasso se instaló en la capital parisina en 1904. Rivera hizo lo propio hasta 1911. Los jóvenes pintores extranjeros, uno español y otro mexicano, se conocieron al poco tiempo e iniciaron una amistad breve pero intensa. Convivieron mucho entre 1914 y 1915, tiempo de guerra pero también de efervescencia vanguardista. Rivera no podía permanecer al margen de la pintura que buscaba romper con la tradición y en un momento se sintió atraído por la gran invención de Picasso y Braque: el cubismo. El joven autor mexicano inició su aventura cubista no en París sino en Toledo, España, donde permaneció una temporada con el fin de estudiar al Greco. De vuelta en París, continuó produciendo “pintura pura” (Apollinaire) y en contacto directo con sus homólogos europeos (que trabajaban en la capital francesa o en otros centros artísticos en donde el cubismo había sido introducido), tuvo la capacidad de estar a su altura y hacer aportaciones valiosas al movimiento.

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Pablo Picasso, sin duda, fue la figura más poderosa del cubismo. Fascinado con el arte primitivo, el joven maestro se inspiró en algunos objetos tribales y los introdujo en la nueva pintura, interpretándolos con un agudo sentido estético. Si no se toma en cuenta la fascinación del pintor malagueño por la escultura prerromana ibérica y los ídolos y las máscaras del arte africano, no se podría entender una de las obras fundamentales de la pintura moderna: Les demoiselles ď Avignon (óleo sobre tela, 1907). Diego Rivera, por su parte, asumió con pasión su postura vanguardista y entendió perfectamente que el cubismo es un arte mental que cuestiona la “apariencia” de las cosas (Paz). Su obra maestra es el famoso: Paisaje zapatista (óleo sobre tela, 1915), cuadro que provocó la polémica que finalmente distanciaría a los dos artistas. Rivera acusó a Picasso de haberle plagiado la técnica para representar el follaje. En su cuadro Hombre apoyado sobre una mesa, en efecto, el pintor malagueño copió dicha técnica y así pudo solucionar felizmente un problema de representación dentro de la superposición esquemática de planos del cubismo.

Pablo Picasso, “La flauta de pan”, óleo sobre tela, 1923.

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Todo lo anterior viene a cuento por la exposición: Picasso & Rivera. Conversaciones a través del tiempo, que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes y que inicia con sendos autorretratos de los artistas representados: Pablo Picasso y Diego Rivera. Fechados en 1906, los cuadros dan la bienvenida al público que asiste en gran número al recinto de mármol. De esta manera, inicia una exposición que incluye 147 obras de colecciones nacionales e internacionales. Cuadros y grabados de Picasso y Rivera, apuntalados por obras prehispánicas y grecorromanas, integran una muestra sumamente ambiciosa, concebida por los curadores Juan Coronel Rivera, Diana Magaloni y Michael Govan, como un diálogo o, mejor dicho, como una serie de diálogos artísticos e históricos entre los dos pintores a lo largo de cuatro décadas. Se trata de una revisión de la trayectoria de ambos autores, con el fin de evidenciar sus intereses, sus coincidencias y sus diferencias.

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La exposición se divide en cuatro secciones, que nos permiten apreciar las diferentes etapas en la producción de cada uno de los artistas, desde su juventud hasta su madurez. La primera sección, titulada “Las academias”, nos muestra la formación de los dos jóvenes estudiantes, fundamentada por supuesto en la estética grecorromana. Este apartado nos revela que estos dos niños prodigio, quienes ingresaron a sus respectivas academias a muy corta edad, nacieron predestinados para crear arte, cada uno desde su respectivo contexto social. Pero lo más interesante que aquí se evidencia, más allá del talento evidente de los autores, es que son muy diferentes. Sus interpretaciones de la Venus de Milo, un ejercicio académico obligatorio, la de Picasso de 1895-1896 y la de Rivera de 1913, se parecen muy poco. Lo mismo sucede con las escenas citadinas del español y los paisajes rurales del mexicano. Comparando sus obras de aquella época, nadie hubiera podido imaginar que algún día coincidirían en un mismo estilo de pintura.

Diego Rivera, “Autorretrato”, óleo sobre tela, 1906.

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El platillo fuerte de la exposición es la sección titulada: “Los años cubistas”, en la que destacan obras como: La niña de los abanicos (óleo sobre tela, 1913), El hombre del cigarrillo (óleo sobre tela, 1913) y el ya mencionado Paisaje zapatista (óleo sobre tela, 1915), de Diego Rivera, así como Farola y guitarra (gouache sobre papel, 1913), de Pablo Picasso. El título de esta sección fue tomado de una exposición memorable: Diego Rivera. The Cubist Years, realizada en 1984 en el Phoenix Art Museum. Puse énfasis al inicio de esta nota en el cubismo de Picasso y Rivera, porque se trató de una época de feliz coincidencia, en la que nuestros dos autores hablaron el mismo lenguaje vanguardista. Es cierto que Rivera renegó en algún momento de su pasado cubista para exaltar su pintura nacionalista y política, pero es un hecho que no se puede entender su obra mural sin su experiencia vanguardista europea. Aún más: tengo para mí que el gran Diego Rivera fue el cubista y no el muralista. Confieso que no me gusta el pintor nacionalista, demagogo y retórico que en sus murales maniqueístas nos vendió una imagen falsa de México. Me quedo con el maestro vanguardista que en Europa produjo lo mejor de su obra.

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La tercera sección se llama: “América y Europa en contraste”, y nos muestra el momento en que Picasso y Rivera se separan y toman caminos distintos. Mientras Picasso se acercó al clasicismo explorando la cultura grecolatina, como en sus ilustraciones para La metamorfosis de Ovidio (1931) o los 16 grabados de la serie Suite Vollard (1930-1937), Rivera regresó a México para sumarse a la aventura del muralismo y crear una obra comprometida políticamente que buscaba revelar la “identidad” mexicana. Por último, la cuarta sección: “La vuelta al clasicismo en Europa y América”, nos ofrece a Picasso y a Rivera revalorando la tradición de las culturas antiguas. Fue una reafirmación de la figuración que cada autor definió por su pasado: el español por la cultura grecolatina y el mexicano por la cultura prehispánica. Del Picasso neoclásico, destacan cuadros como: Gran bañista (óleo sobre tela, 1921) y La flauta de pan (óleo sobre tela. 1923); del Rivera indigenista, destacan cuadros como: Bañista de Tehuantepec (óleo sobre tela, 1923) y Día de flores (óleo sobre tela, 1925).

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FOTO Diego Rivera, Paisaje zapatista, óleo sobre tela, 1915./ Cortesía Museo Palacio de Bellas Artes

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