¡Eh, puto! Futbol y masculinidad: sensibilidades proscritas

Jun 23 • destacamos, principales, Reflexiones • 8037 Views • No hay comentarios en ¡Eh, puto! Futbol y masculinidad: sensibilidades proscritas

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Mientras el grito de ‘¡¡¡¡Eh, puto!!!!’ se expresó en el torneo de liga, no fue cuestionado, pero al emigrar a las canchas internacionales ya no pudo mantener su impunidad, sostiene el autor de este ensayo, a propósito del comportamiento homofóbico de la afición mexicana, que ahora causa reprobación y sanciones en el Mundial de Rusia

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POR JEZREEL SALAZAR

Solía pensar, como muchos, que en el universo futbolero lo que se disputaba era el prestigio y el renombre cuando se conseguía la victoria contra los adversarios. Hoy no estoy tan seguro de ello. Ciertos sucesos corren la cortina sobre lo que de otro modo sería difícil vislumbrar. El domingo pasado la selección mexicana derrotó al equipo teutón, campeón del mundo, por vez primera en su historia mundialista, y con ello logró sacudirse aquel famoso dictum de Lineker: “El futbol es un deporte en el que juegan once contra once y en el que siempre gana Alemania”. La hazaña se reprodujo en titulares y redes sociales, dándole a los mexicanos un elíxir, acaso efímero, contra su tradicional propensión a la derrota. Pero también generó comportamientos de los que no deberíamos sentirnos orgullosos. Durante los festejos por la histórica victoria, aparecieron dos videos reveladores; en uno de ellos, unos hinchas –reivindicando el patriotismo como forma de la hostilidad– quemaban una bandera alemana. En el otro, un conocido youtuber mexicano simulaba ejercer un acto sexual contra el mismo estandarte, en una escena ridícula pero característica del imaginario en torno al cual el futbol ha constituido su relevancia.

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Además de sumarse a una amplia lista de lamentables protagonismos mexicanos en la arena extra-deportiva mundial (recordemos a quien apagó la flama eterna en el mundial de Francia de 1998, a quien detuvo el tren bala en Japón en el mundial de 2002, a quien le colocó un sombrero a la estatua de Nelson Mandela en Sudáfrica en 2010…), además, entonces, de ser nuevas imágenes de nuestra vergonzante ausencia de conducta cívica, las escenas que ahora vemos remiten al modo en que solemos pensar a los adversarios, ya sea que se trate de enemigos deportivos o políticos, o de antagonistas bélicos o literarios. Estamos acostumbrados a buscar la aniquilación o defenestración del otro, de quien comparte el espacio público desde la otra cancha (simbólica o real). No debería extrañarnos que en México la diferencia se conciba como amenaza. Tenemos una larga historia de negación de la disidencia y proscripción de la diversidad. No es casual que el grito de ¡¡¡¡Eeeehhhh, puuuutooooo!!!! (que la afición mexicana suele entonar a coro cuando el portero rival interviene en el partido), haya nacido en los mismos años en que las campañas de desprestigio contra la oposición política se acrecentaron al grado de generar una evidente polarización social, la cual, por supuesto, no ha dejado de generar rivalidades ideológicas que no hemos podido hacer conversar.

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El ultrajante clamor ya había suscitado una amplia discusión durante el mundial pasado sobre el sentido homofóbico (o no) del grito, sobre los límites de la libertad de expresión, y sobre la inutilidad de censurar tal fenómeno frente al origen sociocultural del mismo. En aquel entonces estaba claro que a la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) no le preocupaba demasiado el tema, y banalizó el debate afirmando que se trataba de un escarnio inocente e identitario, propio de la mecánica nacional del relajo; pero varias y cuantiosas multas después, decidió tomar ciertas cartas en el asunto. Emprendió entonces una campaña para intentar convencer a los fanáticos del tricolor de no inmolar a los arqueros con el vocablo denigratorio, con el fin de evitar que la selección nacional sufriera otro tipo de sanciones y perdiera en la mesa lo que había ganado sobre el campo de juego. La campaña no ha eliminado el grito, y no está claro que las sanciones de la FIFA vayan a lograr desterrar el cántico que desplazó al tradicional “Cielito lindo”. De hecho, después de las primeros castigos económicos, las porras vetadas se enardecieron, acaso como un ejercicio contestatario de desacato ante lo que se consideraba un acto impositivo, de coerción injustificada. Hay que recordar que estamos hablando de los mexicanos. Si las policías lingüísticas no suelen ser eficaces, lo son aún menos ante una ciudadanía cuya violación de los derechos ha provenido históricamente de las incompetentes autoridades que la gobiernan, y ante las cuales reaccionan traspasando límites y rompiendo normas.

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Me parece claro que el respeto al adversario no se instruye por decreto y que se requieren políticas públicas de fondo que vayan más allá de invitar a ejercer buenos modales y a autocensurarse con el fin de respaldar al tricolor. Por eso llama la atención la reducción de miras de quienes no saben cómo salir del embrollo en el que su propio público los ha metido. Los llamados de jugadores y directivos no revelan sino impotencia discursiva y se estrellan contra esa muralla de quienes alegan la libertad de expresión en contra de la “corrección política” (que no es otra cosa que un ethos para evitar la discriminación verbal). Me parece que ambas partes no hacen sino evadir lo que está en el fondo del debate: la violencia sexista inscrita en nuestro lenguaje cotidiano.

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Recuerdo que la primera vez que escuché el clamor, en una transmisión televisiva, me pareció divertido y no cuestioné lo que escuchaba. Quizá por esto estoy de acuerdo en que muchos de quienes, desde las gradas, le gritan “puto” a un contrincante, no lo hacen necesariamente con clara y consciente intención discriminatoria. Pero también me parece que en un país tan repleto de violencias, nos hemos vuelto incapaces de percibir la agresividad porque está ya muy naturalizada. Y ante la gravedad de nuestro contexto, un ejercicio autocrítico es fundamental para comprender las implicaciones profundas que se hallan detrás del lenguaje que utilizamos y justificamos incluso por omisión.

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Como afirma Moisés Vaca, “los insultos que, aunque no se hacen por motivo discriminador, asocian invisiblemente propiedades negativas a los grupos vulnerables […] siguen alimentando un contexto de discriminación”. Por ello, aunque la palabra “puto” tenga diversas acepciones, su uso por parte de las barras mexicanas se ejerce –en medio de cierta jocosidad– con un sentido denostativo. Ya sea para socavar la eficacia deportiva del adversario, mortificarlo cada vez que toca el balón o simplemente para distraerlo mediante la melodía del desprecio, el hecho de increparlo con un vocablo tan históricamente cargado de referencias denigratorias, contribuye a la violencia simbólica que domina el espacio público de nuestro país –incluso si se hace sin la intención homófoba respectiva–. Lo repito: el uso reiterado de ofensas, insultos o léxico que remite a estereotipos o estigmas, favorece contextos de discriminación sistemática contra grupos vulnerables. Por eso, quienes defienden a la fanaticada mexicana atacando cualquier tipo de “corrección política” y alegando que el grito “¡¡¡¡Eeeehhhh, puuuutooooo!!!!” es parte de la cultura nacional, no sólo establecen una relación acrítica con nuestras tradiciones, sino siguen naturalizando e invisibilizando el fenómeno de la homofobia, el cual continúa amalgamando nuestro modo de pensar. La Encuesta Nacional sobre Discriminación 2010 revela que cuatro de cada diez personas mexicanas no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran personas homosexuales. La homofobia es una herencia cultural, pero su negación lo es aún más.

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Cuando se desautomatiza el lenguaje se vuelve posible tomar distancia y asumir una postura frente a la carga ideológica que las palabras poseen, así como tantear el grave problema social de discriminación que vivimos. Esto no lo podemos apreciar con facilidad si nos mantenemos en el monólogo del propio encierro nacional. Al hablar sobre la discriminación a los travestis en la Ciudad de México, Monsiváis escribió: “Expulsar del paraíso de la respetabilidad es fácil en el pueblo o en la colonia, la cosa ya se enreda en la unidad habitacional, y en el Metro Hidalgo el show de la intolerancia simplemente queda a la intemperie”. Podríamos decir algo similar respecto al nuevo grito mexicano: mientras se expresó en el terruño del torneo de liga no era cuestionado, pero al emigrar a las canchas internacionales ya no pudo mantener su impunidad. Los mayores aprendizajes suelen gestarse en el contacto con otras realidades, por eso el diálogo intercultural (venga de la disputa por el dominio del balón o de las ideas), es tan esencial.

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Por supuesto, las multas económicas o las sanciones deportivas no solucionan ni los ataques verbales contra el adversario ni lo que está en el fondo de la querella. La censura no puede ser el camino para la transformación de las costumbres y valores. Reducir la libertad de expresión suele ser un boomerang contraproducente. Pero también hay que saber que la libertad de expresión, por sí misma, no construye cultura cívica. Un proyecto educativo que desarrolle un espíritu crítico (al interior de un efectivo Estado de derecho) sería lo idóneo para combatir las expresiones discriminatorias o la reactivación de sus raíces y sentidos estigmatizantes. Y claro, una estrategia de largo plazo contra las distintas violencias que asedian a las minorías sexuales en el país tendría que impulsar tal proyecto. Eso, claro está, requiere mucho más tiempo, y en la era de las soluciones instantáneas no resulta nada atractivo. Pero la alternativa a ello es seguir viendo por televisión, y a nivel global, la vergonzosa homofobia que nos caracteriza (y que a muchos no les da pena expresar o defender).

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Cuando cursaba segundo de secundaria recuerdo haber jugado un partido en que fallé un penal, a causa de lo cual mi equipo perdió. Cuando regresé en shorts al salón, descubrí que alguien había pintado, con tinta roja, en la entrepierna incrédula de mi pantalón, la palabra maldita: “puto”. Mi desconcierto fue total. Esta evocación me hace llevar la reflexión más allá y hablar sobre el modo en que el futbol ha puesto en escena ciertos modos de concebir la masculinidad, que ya estaban presentes en aquel día humillante de mi adolescencia.

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Cualquiera que ponga atención a la manera en que se desarrolla la competencia entre jugadores o equipos, el lenguaje que se utiliza para narrar los partidos, los gestos al anotar un gol, descubrirá que, antes que nada, el futbol es un espectáculo de virilidad. Adentro del campo, el respeto se gana demostrando la mayor capacidad física y ofensiva, teniendo “empuje” o haciendo veloces “embestidas”. La celebrada “garra” de algún jugador o equipo (como el charrúa) tiene que ver con su carácter beligerante y de lucha; “la diagonal de la muerte” remite a la jugada del inminente gol. En ese sentido, los sobrenombres resultan significativos, pues proyectan el poderío de un equipo (“la naranja mecánica”) u ostentan los grados a los cuales puede llevar la agresividad del juego (“la guerra del futbol”); de igual modo, quien destaca en “el combate” adquiere sobrenombres que exhiben su violencia o resistencia (Efraín el Cuchillo Herrera era famoso por su rudeza defensiva y por haberse sometido a más de veinte cirugías). No por nada Ángel Fernández le llamó a este deporte “el juego del hombre”. De lo que se trata es de evidenciar la potencia, la no sumisión, el poder sobre el contrincante; y quien no lo consigue, el derrotado, el que “quiso pero no pudo”, es el que sufre la burla y el escarnio del adversario o de la propia afición, por no haber logrado reivindicar su “hombría”. El futbol es uno de los deportes que con mayor contundencia urge a que el jugador se afirme como el que logra más, el que gana más, el que la mete más. En suma como el que es más macho.

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Ese imaginario se reproduce más allá de la cancha. Los narradores deportivos mexicanos personifican las acciones del partido sexualizando al esférico (“Tuya, mía, tenla, te la presto, acaríciala, bésala, dámela” / “La tenía, era suya… y la dejó ir”) o disputándose, con la amabilidad del denuesto, el protagonismo de la palabra. Tan se le concibe tradicionalmente como el espacio de lo masculino, que cuando se trata de mujeres, el futbol carece de toda presencia mediática. No por nada, es el deporte que simboliza, en los anuncios comerciales, el espacio absoluto de autonomía de los varones frente a sus parejas, y el que constituye una zona de conflicto con ellas. De igual modo, el futbol engendra el tiempo en que los hombres se vuelven capaces de compartir con otros hombres sus pasiones (en eso que Rita Segato ha llamado la “cofradía masculina”). O para ser más precisos, de ciertas pasiones. Aquellas en torno a las cuales refuerzan su imagen viril, todo gracias al espectáculo de la agresión a los otros: “El hombre tiene un miedo muy arraigado y es el de perder su masculinidad ante otros hombres. Para ser parte, para no quedar fuera de esa hermandad, espectaculariza su capacidad de violencia a los ojos de otros como él, y en ese trance puede llegar a ser cruel y narcisista […]. Ese mandato de crueldad los retira de la proximidad, de la afectividad, los destruye. Aprenden a ser crueles sin sentirlo, a disminuir su capacidad de ver el sufrimiento del otro”.

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Las palabras de Segato quizá expliquen las razones por las cuales cuesta trabajo asumir autocríticamente el grito de los hinchas mexicanos. La ideología del tifosi nacional también está vinculada a la necesidad de demostrar su ímpetu competitivo para no achicarse ante el rival. Esto no lo hace, a diferencia de sus propios ídolos, mediante atributos corporales, sino a través de la exaltación de su rabia y de su arrebato, de su furor extremo y su indiscutible frenesí. El fenómeno no sólo ocurre en México. Escuchar las arengas entonadas por quienes llenan los estadios argentinos es presenciar algo así como una invitación a la batalla. En otros casos, remite a la voluntad de ejercer violencia sexual contra el enemigo. Por ello, afirmar que se trata de ritos de paso y continuos exámenes sobre la siempre entredicha virilidad, hace saltar a quien no ha logrado distanciarse de (o está más sujeto a) las formas hegemónicas de ejercer la masculinidad de manera cotidiana. A nadie le gusta sentar en el banquillo de los acusados sus pasiones de fin de semana. Mucho menos cuando puede darse cuenta que se hallan sujetas a una inseguridad acaso homoafectiva, que opera bajo la ley de “no hay nada más importante para un hombre que otro hombre”.

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No tengo duda que existen nociones sobre la sexualidad detrás del uso de ciertas palabras o frases. “Puto”, gritado por miles en un estadio, se ha llegado a convertir en un término que feminiza al guardameta contrario. Además, es un grito que identifica lo femenino como algo inferior, promueve un rechazo a la alteridad y proscribe simbólicamente sensibilidades alternas a las común y corrientes. Me pregunto ¿qué adolescente después de escuchar la afrenta contra el portero enemigo querría salir del clóset si sabe que una multitud es capaz de juzgarlo como cobarde, débil, extranjero, traidor, falto de hombría o inferior? Y aunque la multitud lo grite sin tener esa intención, su grito sí llega a tener esos efectos.

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Escribo todo esto pensando en mis propias contradicciones; en mi admiración absoluta a ciertos jugadores; en el infinito tiempo que le dedico a ver la repetición de jugadas imposibles en YouTube; en la exaltación que me recorre cada vez que veo las fábulas que alcanza el juego de conjunto o las agudezas individuales de quien domina, hechizado, un balón. Pero también lo escribo con la nostalgia de quien se recuerda en aquel salón de secundaria, guardando el pantalón pintarrajeado en la mochila y amarrándose el suéter azul a la cintura, para disimular su vergüenza sinsentido, impenetrable, perpleja.

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“El hombre tiene un miedo muy arraigado y es el de perder su masculinidad ante otros hombres”, dice la antropóloga y feminista argentina Rita Segato. En la imagen, aficionados de la Selección Mexicana de Futbol en el partido contra Croacia en el Mundial de 2014 en Brasil. Foto: Imago7/Itzel Espinosa

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Foto: Aficionados mexicanos en la ciudad de Fortaleza, durante el Mundial de Brasil 2014. /Imago7.

 

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