El abrazo de la serpiente: memoria del Amazonas

Feb 27 • Conexiones, destacamos, principales • 2033 Views • No hay comentarios en El abrazo de la serpiente: memoria del Amazonas

POR SONIA SIERRA ECHEVERRY
ssierra@eluniversal.com.mx

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Los relatos sobre América Latina, en buena medida, han sido escritos desde fuera. En cada uno de los países de la región quedan muchas historias por ser narradas desde el punto de vista de sus protagonistas. Esa fue una motivación para El abrazo de la serpiente, cinta colombiana, dirigida por Ciro Guerra, que es una de las cinco candidatas al Oscar a mejor película de habla no inglesa.

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Compartir el conocimiento que tienen las culturas indígenas del Amazonas y contar la historia desde los indígenas, son los logros de esta cinta, narración en blanco y negro que se adentra al mundo de la selva, tan esquiva para los hombres y las artes —un ejemplo es Fitzcarraldo, de Werner Herzog— y que ha fascinado a tantos autores, como Joseph Conrad.

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El abrazo de la serpiente es una historia que intercala dos momentos del siglo XX, inicios de la centuria y años 40. Intercala en su narración la llegada de dos exploradores, el etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg y, en el segundo momento, del botánico estadounidense Richard Evans Schultes. Los diarios de estos dos exploradores fueron documentos claves en la película. Sin embargo, de ninguna manera El abrazo de la serpiente es un documental, sino que el guión construye un relato con base en la figura del indígena Karamakate y es desde su punto de vista como se cuenta una historia donde tienen lugar preponderante los saberes y cosmogonía de las comunidades indígenas, la memoria oral, el exterminio que causaron los caucheros, el látigo de las misiones. Refleja el desconocimiento de estas culturas pero también el extravío del hombre occidental.

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¿Cómo se logró hablar de todo ello en una cinta que costó un millón 400 mil dólares y se llevó siete semanas de rodaje en las selvas del Vaupés, que se realizó con actores amateur y que hoy compite, por primera vez en la historia de Colombia, por un Oscar a mejor cinta extrajera?

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La productora de la película, Cristina Gallego, esposa del director Ciro Guerra, cuenta que llegaron al tema por su cercanía con el antropólogo Ignacio Prieto (actor de su cinta La sombra del caminante) quien ha estado muy relacionado con los diarios de Theodor Koch-Grünberg. “Fue uno de los primeros exploradores que entró al Amazonas, vio a los indígenas como personas y dio valor a su cultura. No los veía como un objeto o animales al servicio, a diferencia de otros exploradores y de los caucheros”.  Explica que Guerra y Prieto fueron con chamanes para tratar de acceder al pensamiento y conocimiento de ellos. “Él no quería hacer una película sobre el genocidio, sino sobre la posibilidad de encuentro entre las culturas y esa posibilidad la descubrió a partir del conocimiento científico de ellos (los exploradores) y del conocimiento científico, también, de los chamanes en el Amazonas. Un conocimiento que no es avalado por las universidades, pero que acercó a los investigadores y que puso en el lugar de iguales a exploradores e indígenas frente a la selva”.

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La idea no era hacerlo desde el punto de vista de los exploradores, aclara la productora; esto les tomó más trabajo al escribir los guiones. “Queríamos contar la historia desde los que estaban acá. Desde cómo vio la llegada, cómo sintió Karamakate al blanco, la resistencia por toda la devastación que han causado. Sentimos que es la voz nuestra. Nosotros como colombianos, como latinoamericanos, tenemos una cantidad de historias que no han sido contadas desde nosotros, todo el relato y la historia han sido importadas”.

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No existen muchos relatos sobre el Amazonas, pero menos todavía con la voz de los indígenas: “Con lo que pasó en el Amazonas la respuesta de los indígenas ha sido también el silencio. No han querido hablar, lo que ha habido es mucho dolor. Ha sido un exterminio grandísimo. Ellos se cuentan las cosas en sus narraciones orales, es una historia que está viva, pero que genera tanto dolor que no hablan sobre eso”.

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Para el trabajo actoral, descartaron actores tradicionales. “No metes a alguien de la ciudad a caminar en la selva, a remar de la manera como reman… esa verdad tiene que estar en alguien que tenga en el cuerpo esculpida la selva. Y eso no se aprende en un mes o mes y medio de preparación de un actor. Muchas cosas fueron a intuición y ensayo. Lo que había que buscar era tratar de ser lo más verídicos posibles. Hicimos pruebas, una guía para trabajar con ellos, ellos hablan todos idiomas diferentes. No era una cosa que supiéramos que iba a funcionar, intuíamos… Ciro dice que fue muy fácil el entrenamiento con ellos porque tienen una cosa muy importante: saben escuchar, vienen de toda esta tradición de relato. Y ellos entraron muy fácil en todo porque tenían todo el background, toda la memoria, estaba en sus historias familiares, en lo que contaban los abuelos”.

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Con respeto, el equipo entró a la selva. “Nos hechizó. Había miedo de entrar porque esto de que la selva enloquece, te confronta… Uno sabiendo, por la historia del cine que, por ejemplo, en el rodaje de Fitzcarraldo se la pasaron muy mal… entonces hubo que adaptarnos a sus usos y costumbres, entrar a ella de la manera más respetuosa. Que sea un lugar despoblado y verde no lo hace nuestro, que sea una joya de la humanidad no significa que uno pueda acceder. Se necesita el permiso de la gente que vive allá, de las comunidades, había que pedirle permiso a la selva, fue una cosa muy mística y la selva se abrió, el clima nos favoreció.

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“Fue un equipo con devoción por la película, amor por el cine, tratando de dejar el ego atrás, aceptamos nuestra ignorancia del tema y nos dejamos guiar por la gente que vive allá, por las costumbres, por los lancheros, por los que conocen el río. Hicimos una protección espiritual para la gente de la película con un chamán”.

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Acerca de lo que ha pasado con la película, Gallego dice que ha conseguido ampliarse el espectro de visión. “Uno hace este tipo de películas para compartir el conocimiento… esa es la expectativa. Queríamos aprender y ser una voz de ellos, de sus relatos, de su historia. Queríamos hacer algo muy respetuoso que se acercara a su visión, lo que sentimos que ha pasado es que se ha volteado a mirar hacia su conocimiento y cultura.

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En ese más allá indígena amazónico hay tanto conocimiento y cultura que nos confronta en esta sociedad que es cada vez más consumista. El mundo está en búsqueda de respuestas espirituales y la película llega en un momento propicio, cuando hay hoy muchas preguntas sobre la conservación, el consumo, la espiritualidad.

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—¿Cuál es la situación actual de estas culturas?

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Hubo un exterminio por parte de los caucheros, un genocidio de culturas que desaparecieron. Hay muy pocos, tal vez uno, pueblos que no han tenido contacto con la civilización. A pesar de que se intenta mantener las tradiciones en las culturas, mucho se ha perdido. Y una constante es que los jóvenes no quieren continuar con las tradiciones; la ciudad de Mitú (capital del Vaupés) es el lugar donde hay más suicidios de jóvenes y niños. Se hablan algunos idiomas, otros están extintos. La selva no está deforestada, pero hay sembradíos, carreteras. Los vestuarios no se mantienen; ellos ya no se visten así, se visten de jean y camiseta y hacen vestuarios para sus rituales.

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El Amazonas es un sitio desconocido para todos los colombianos. Es un país que ha crecido de espaldas al Amazonas y los indígenas sienten que el país les ha dado la espalda en toda su historia.

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FOTO: En esta película participaron habitantes de comunidades indígenas de la región de Vaupés, Colombia. En la imagen, con el actor Jan Bijvoet, quien caracterizó al etnólogo Theo Koch-Grünberg/Andrés Córdoba

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