El hombre que escribía demasiado

Nov 26 • destacamos, principales, Reflexiones • 3937 Views • No hay comentarios en El hombre que escribía demasiado

Ochenta años sin Chesterton (1874-1936)

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POR GUSTAVO ARANGO

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Alfonso Reyes tradujo cuatro libros suyos, incluido Ortodoxia, el texto religioso más influyente del siglo XX. Cortázar también lo tradujo, respetaba la inteligencia de su estilo y desdeñaba su fe. Borges no sería Borges si no se hubiera dejado poseer desde temprano por la voz de ese hombre de inteligencia abismal que se le antojaba “más aterrador que Poe”. Podría decirse que el olvido en que lo tenemos es parte de una gran conspiración. Para las fuerzas que dominan el mundo no sería nada cómodo que la gente aprendiera a pensar de la mano de Gilbert Keith Chesterton.

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Murió hace ochenta años, a los 62 recién cumplidos, en su casa situada en los suburbios de Londres. Algunos sostienen que se mató escribiendo. Sus constantes giras y conferencias contribuyeron a su muerte temprana: era tan fascinante hablando como escribiendo y en parte vivía de lo que le pagaban por presentarse. También, su gordura monumental, de la que su enemigo querido George Bernard Shaw se valió en una ocasión para hacerle un cariñito: “G. K. Chesterton es tan caballero que esta mañana en el bus se levantó para cederles el puesto a tres señoras”. Lo cierto es que la vida le alcanzó para escribir más de cien libros. Cuenta la leyenda que era capaz de escribir un libro mientras le dictaba otro a su secretaria.

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Fue autor de relatos policiales: su detective, el padre Brown, conocía como nadie el alma de los criminales; sus novelas eran todas alegóricas: reivindicaban el romance, esa mezcla de miedo y aventura; escribió millares de artículos periodísticos y biografías (Browning, Chaucer, San Francisco de Asís, Santo Tomás), en las que no aparecía ni una fecha. Pero de todo aquello sólo quedan frasecitas (como aquella de que a la isla desierta llevaría un manual para construir botes), tuiterazos que la gente reproduce sin saber de dónde vienen esas joyas de humor y sabiduría.

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Pensó fuera del cajón; quizá fue una suerte para todos que no pudiera estudiar en Oxford. De ese modo se vio obligado a construirse su conocimiento y su criterio. Decía que el loco era aquel que lo había perdido todo menos la razón, y que el periodismo era un constante anunciar la muerte de Lord Jim a gente que ni siquiera sabía que había nacido. Prefería la Edad Media a la Modernidad. Veía el mundo como si fuera un cuento de hadas. Fue quien mejor entendió la literatura inglesa. Pudo ver en Stevenson y en Dickens la suprema expresión de un misterio. Decía que un libro sin muertos es un libro sin vida. Hizo de la paradoja la luz de su entendimiento. Inventó una rebeldía que luego comprendió que ya estaba inventada desde hacía dos mil años. Su entendimiento lo condujo a la conversión. Fue fiel al evangelio de los apóstoles: de espada en mano y cruces que se extienden hasta el infinito. Es posible que algún día sea santo.

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Sus libros parecen vitrales. No hay otro autor que haya insistido tanto en incluir los colores en su obra; quizá fue su formación en bellas artes o la convicción profunda de que el color es vida. Hay en Manalive, una de sus novelas, una mujer que pasa de ser Miss Brown a ser Miss Green, y luego Miss Blake (o la señorita Pálida) y Miss Grey, para que cada vez su esposo vuelva a enamorarla y se escape con ella.

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Fue enemigo declarado de sofismas y tonterías que se toman por verdades de tanto repetirlas. Sostuvo que las personas verdaderamente libres aman los límites y que no hay gesto más libre que el de quien decide renunciar a la libertad atándose a una promesa. Criticó el capitalismo y el socialismo; toda clase de riqueza concentrada. Odiaba a los banqueros, consideraba un deber recelar de los policías y defendía el derecho a la borrachera. Decía que la familia era la institución más libre que existía y que estaba amenazada porque era la única capaz de contrarrestar el poder alienador del Estado y los poderes económicos. Creía en una utopía de comunidades pequeñas donde cada uno era dueño de su hogar y de sus medios. Le parecía un horror que se sacara a las mujeres de sus hogares para llevarlas a fábricas donde no eran dueñas de la aguja con que tejían. Consideró abominable la eugenesia. Profetizó el reinado de las corporaciones. Para desacreditar su legado se ha exagerado la fealdad de los prejuicios que compartía con su tiempo.

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Sostenía que sólo empequeñeciendo era posible apreciar la grandeza de las cosas. Su credo estaba hecho de aprecio y gratitud. “La única manera de poder disfrutar de la más pequeña hoja de hierba es sintiéndonos indignos incluso de una hoja de hierba”, escribió en su Autobiografía. “La más extraña y asombrosa herejía es pensar que el ser humano tiene derecho a una flor”. Tiene mucho qué decirle a nuestro tiempo: Si, en tiempos de Chaucer, “el rey hubiera podido hacer que sus palabras fueran escuchadas por todos sus súbditos simultáneamente en todos los rincones del reino, ese poder habría diluido cualquier intento de rebelión, habría conjurado cualquier rumor –aunque el rumor fuera cierto y la aclaración del rey fuera falsa”.

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De Robert Louis Stevenson dijo –como ahora es posible decir de él– que reunía las características de todo gran hombre: la incomprensión de sus admiradores y la tergiversación de sus enemigos. Su amigo, Hillarie Belloc, dijo que su posteridad estaba en riesgo porque no despertó odios (polemizar con él era un honor), por la profusión de su obra y por la tendencia a que sus paradojas se tomaran por meras ocurrencias.

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Hace unas semanas recorrí todas las librerías de viejo en la calle Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y sólo encontré un ejemplar de Ortodoxia. Uno podría pensar que quienes tienen el libro no quieren soltarlo; pero no hay que descartar que esa escasez sea la prueba de que al Chesterton más fuerte –el de Herejes, el de El hombre eterno– no lo lee casi nadie. Su discípulo y émulo, Jorge Luis Borges, decía que ochenta años de olvido equivalen, tal vez, a la novedad. A ochenta años de su muerte, quizá sea un buen momento para volver a descubrir lo que Gilberto de Beaconsfield tiene para decirnos.

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