El canto que vino de la tierra

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Como ocurre con otras etnias latinoamericanas, en Chile los jóvenes cantantes mapuches recuperan la lengua de sus antepasados fusionando instrumentos autóctonos con electrónicos. Sus letras narran las luchas de sus comunidades contra la discriminación

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POR JUAN ÍÑIGO IBÁÑEZ

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En Chile, una nueva generación de jóvenes ha encontrado en el hip hop una vía para recuperar su idioma y volver a sentirse orgullosos de su cultura, tras un pasado de brutal expoliación.

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“Lo que me impulsa a hacer hip hop es despertar el ser mapuche. Y lo vamos a hacer a través del idioma de nuestra tierra que es el mapudungún”, dice Luanko, uno de los raperos más reconocidos dentro de la escena de hip hop mapuche en Santiago.

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Durante su adolescencia en la comuna santiaguina de Pudahuel, Luanko –quien perdió a su padre mapuche en la niñez– tuvo un peuma1 que fijaría proféticamente su destino: en él aparecía su abuelo paterno, quien lo conminaba a aprender el idioma de sus ancestros. Luanko comenta que el mapudungún le permitió, además de acercarse a sus raíces, adentrarse en otras formas de percibir el mundo: “Cuando yo hablo el mapudungún me siento realmente liberado, me descolonizo. Cuando hablo mi idioma estoy pensando en otras lógicas espirituales, en otras prácticas, en otras formas”.

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Antes de tomar el micrófono y cantar en su idioma, Luanko se obligó a sí mismo a familiarizarse con las enseñanzas de sus ancestros. “Para aprender mapudungún, algo vital es la creencia: si vas a aprender el idioma para rapear, mejor no lo hagas”, dice enfático.

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Así, y a medida que se auto educaba en la cosmovisión de su pueblo, Luanko fue encontrando en la naturaleza –elemento central para su pueblo– la fuerza para seguir adelante con su aprendizaje. “Cuando ya sabía hablar un poco, le pedía a mis abuelos en mapudungún, a los árboles, a la montaña, a las águilas, que me devolvieran mi lengua, y es increíble cómo cada vez empezaba a hablar más. Me sentía realmente escuchado”.

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Tras componer sus primeras líricas en mapudungún, Luanko se fue dando cuenta de una situación que lo llevó a cuestionar a la sociedad chilena y su relación con su cosmovisión de origen: “Muchas personas con apellidos mapuches en distintos trabajos que he tenido –haciendo el aseo o en los paraderos de micros– no tenían idea de su cultura, de la importancia que tienen, de la fuerza que llevan detrás”.

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Hoy, sin embargo, muchos creen que ese panorama ha cambiado radicalmente. Es el caso de Waikil, ex miembro del colectivo Wechekeche ni trawün2 y otro de los referentes de hip hop mapuche en Santiago, quien estima que en la actualidad se vive una revaloración de la cosmovisión de ese pueblo. En ese proceso, el rapero cree que la misma evolución del hip hop como género ha jugado un rol fundamental:

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“En Estados Unidos el rap pasó por el tema del Gansta, el hip hop sexista. Eso también ocurrió acá en Chile. Pero creemos que, en este momento, está volviendo a sus orígenes. La gente de los pueblos oprimidos, de todos los territorios, está tomando esta herramienta y la está poniendo en función de sus demandas. Lo que en realidad hoy nos mantiene unidos es el espíritu del hip hop con el que partieron los afro descendientes en Estados Unidos”.

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El Bronx de los mapuches

La región de la Araucanía y sus zonas rurales –como Nueva Imperial, Ercilla o Toltén– han presentado, históricamente, los mayores índices de pobreza, vulnerabilidad social y desempleo en Chile. En los años 90, después de la dictadura de Augusto Pinochet, los gobiernos democráticos dieron luz verde a la llegada de hidroeléctricas y madereras que, en pocos años, destruyeron e inundaron miles de hectáreas de bosque nativo en territorios ancestrales que eran vitales para el sustento y la forma de vida mapuche.

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El caso de la represa y central hidroeléctrica Ralco resulta paradigmático de la expoliación al pueblo mapuche y del daño histórico de este tipo de proyectos en las comunidades. Para su instalación, fueron relocalizadas varias familias de la etnia Pehuenche3 por medio de la permuta de tierras. Hasta hoy, la intensa militarización en la zona es el reflejo de un conflicto –entre el estado chileno y sectores mapuches que reclaman por la recuperación de su territorio, el Wallmapu4– que se ha arrastrado por más de ciento cincuenta años y que aún no muestra atisbos de solución.

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Con ese telón histórico de fondo, el músico Jano Weichafe, junto a su agrupación Weichafe Newen5 comenzó a escribir –a mediados de los años 90– las primeras canciones de hip hop con contenido mapuche. Al respecto, Jano recuerda: “buscaba incorporar nuestra historia, nuestros héroes y hablar de todo el contexto de discriminación, pobreza y drogadicción que viven nuestras personas en los sectores más excluidos y periféricos de la ciudad”.

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A fines de los años 80, cuando vivía en la población de Lanín, en las cercanías de Temuco, Jano formó parte del colectivo pionero de hip hop en la Araucanía, Los Brocas de las Nakis.

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“No teníamos espacios donde poder reunirnos o hacer actividades, así que lo hacíamos en la esquina. De ahí el nombre de Brocas de las Nakis, que en coa6 significa ‘los muchachos de la esquina’”, recuerda.

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Según el etnomusicólogo norteamericano Jacob Rekedal, los orígenes de este colectivo “son muy similares a lo que ocurrió en los años 70 en el Bronx neoyorkino con raperos como Afrika Bambaataa” (DJ y figura decisiva en el desarrollo de hip hop).

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Los Brocas fueron creados por el asistente social Johnny Silva para ayudar a niños y jóvenes en riesgo social. “Comenzaron practicando actividades sociales, limpiando los barrios y sacando la basura de la calle”, agrega Rekedal.

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Luego, y tal como lo había hecho Bambaataa con su filosofía “Peace, Love, Unity, and Having Fun” (Paz, Amor, Unidad y Pasarlo Bien)” –con la que llegó incluso a reconciliar a bandas rivales en el Bronx– actividades como el freestyle, el grafitti o el breakdance se convirtieron para “Los Brocas” en efectivas válvulas de escape del contexto de marginalidad en el que vivían.

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“El rap, y luego el hip hop –comenta Jano- se transformaron en un medio de expresión para nosotros por su origen en los guetos del Bronx. Ahí la población afroamericana comenzó a denunciar la pobreza, la discriminación y la violencia que los afectaba. Acá tomamos esa visión, pero la incorporamos a nuestro propio contexto territorial y sociocultural”.

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De vuelta a los orígenes

Durante los década de los noventa e inicios del 2000, muchos niños y jóvenes mapuches crecieron siendo hijos de la primera generación de padres emigrados a la ciudad desde zonas rurales.

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Oscar, miembro de Unión de Pobla, otra de las agrupaciones pioneras de la Araucanía, recuerda: “Por haber nacido en la ciudad teníamos poco o nulo conocimiento de nuestra cultura, de nuestro idioma. Mis papás, cuando llegaron, tuvieron varias dificultades… la discriminación, las burlas. Todo eso los llevó a esconder su idioma, a esconder sus costumbres y a que su cultura se durmiera. No nos transmitieron los saberes que tiene el pueblo”.

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En Santiago, en las décadas de 1960 y 1970, de los miles de mapuches que llegaron para trabajar como panaderos, obreros o asesoras del hogar, muy pocos se atrevían a hablar en su idioma originario o a transmitir sus conocimientos. Muchos cambiaban sus apellidos por vergüenza. Eran las consecuencias de la “chilenización” forzada iniciada más de cien años atrás.

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Entre 1974 y 1979 la dictadura de Pinochet promovió una serie de decretos y leyes que seguían por la misma senda: terminar con las pocas protecciones con las que contaban las tierras indígenas, otorgar bonificaciones a las industrias forestales y facilitar la compra de terrenos a privados. En su momento, muchos calificaron esas medidas como la definitiva condena a muerte de la cosmovisión mapuche.

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“Nuestros padres vivieron una época tremendamente oscura durante la dictadura, donde aparte de ser perseguidos fueron reprimidos psicológicamente”, comenta Waikil. “Por eso, las personas mapuches dejaron de sentir orgullo por su cultura y comenzaron a renegar de su cosmovisión, dejaron de hablar mapudungún y de transmitirle el idioma a los más jóvenes”, añade.

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Mientras muchos de estos jóvenes crecían en contextos urbanos el hip hop se convirtió, para ellos, en la herramienta que les permitiría reconectarse –y reconciliarse– con esos orígenes.
“El hip hop me impulsó a buscar mi propia identidad, de donde venía, quien era yo”, confiesa Jaas Newen, una de las pocas raperas mapuches que a fines de los 90 frecuentaba el circuito santiaguino. “Al cuestionarme todo eso me encontré con mis raíces y me identifiqué con la gente de la tierra, la gente mapuche”.

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Con los años, la revalorización de la identidad entre jóvenes mapuches se fue logrando, en parte, gracias al mensaje reivindicatorio y el uso del mapudungún que estos raperos comenzaron a promover en sus letras.

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“Muchos en Santiago, en los barrios y también gente chilena empezó a reconocer, debido a eso, su herencia mapuche”, cuenta Luanko. “Hoy, el chileno empieza a respetar y a valorar su origen mestizo, a querer aprender su lengua”. Según estudios recientes, un 44 % de los chilenos tiene ascendencia amerindia.

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Un rol fundamental también han jugado actividades como las llevadas a cabo por el colectivo artístico We Newen7 –que promovió el reconocimiento y protección legal del mapudungún–, el desarrollo de masivos encuentros de hip hop mapuche –como el evento anual Newen8 hip hop, en la ciudad sureña de Curarrehue–, el trabajo de grupos como Wenu Mapu9, raperos como Erwin Rap, Gran Massai y la aparición de un renovado interés entre las nuevas generaciones por las ceremonias mapuche.

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“Afortunadamente, esa fuerza o newen, como decimos nosotros, ha renacido”, afirma Waikil. “Muchos peñi lamngen10 más jóvenes que nosotros están aprendiendo el mapudungún, nuestra cosmovisión, y lo están enseñando también a las nuevas generaciones, a los niños”.

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En ese sentido, Luanko agrega: “Me alegra el corazón que el hip hop en mapudungún no sólo lo escuchen jóvenes sino que abuelos, personas adultas, niños… Se está traspasando entre generaciones, y es un aporte concreto. Hay muchas escuelas en el campo que hoy en día están aprendiendo mapudungún a través de los videos que uno ha realizado”.

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Oscar, por su parte, reflexiona: “Antes se burlaban mucho de las personas con apellido mapuches. Hoy, en cambio, uno les transmite a los hijos llevar el nombre con la frente en alto. Nadie esconde hoy su apellido; más bien, se resalta con orgullo”.

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Un lenguaje común para la gente de la tierra

“Ocupar un bombo y una caja, un beat, también lo podemos hacer con un kultrún, con una trutruca o una pifilca11. Los instrumentos, a ratos, suenan iguales”, expresa Waikil respecto a las similitudes entre la música mapuche y el hip hop. “Hay elementos muy similares”, reconoce.

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Luanko, por su parte, cree que no es casualidad que el hip hop sea un medio de expresión tan escogido no sólo por jóvenes mapuche, sino que por quechuas, aimaras, mayas, mazatecos, mixtecos, zapotecas y totonacas. Las cosmovisiones de los pueblos originarios y la cultura afroamericana –que está en la base del hip hop– comparten, según Luanko, un elemento fundamental: la tradición oral.

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“En el fondo es como un rompecabezas que se empieza a unir porque la cultura africana tiene una estructura circular, de oralidad, y los pueblos originarios tenemos una base similar. El rap, en el fondo, consiste en hablar con ritmo, y eso, todos los pueblos originarios lo tenemos”.

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En Mali, el pueblo Dogón posee la leyenda del Nommo, una deidad a la que se le atribuye el poder mágico de utilizar las palabras para actuar sobre los objetos y crear vida. Dentro de la cosmovisión mapuche, el ngenpiñ12 es el que guarda y protege –a través del lenguaje– la tradición y sabiduría ancestral, y es también el encargado de dirigir las rogativas del guillatún13.

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“El ngenpiñ es el orador, el maestro de la palabra, y en el hip hop pasa algo similar: tú tienes que encantar a quien te escucha, tienes que atraerlo. En el hip hop, el freestyle, el improvisar es muy importante porque te va desarrollando pensamiento, es un ejercicio, una habilidad. En el ülkantun14 nuestros abuelos, los viejitos, cantan lo que vivieron de niños. Pero no lo tienen escrito, lo van improvisando”.

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Similitudes con la figura de los Griots –cantantes y poetas viajeros de África Occidental– saltan a la vista. Paul Oliver, en su libro Savannah Syncopator, describe la labor de estos narradores: “Aunque (el griot) debe conocer muchas canciones tradicionales sin equivocación, también deben contar con la habilidad de improvisar sobre acontecimientos actuales, hechos casuales y todo aquello que le rodea. Su ingenio puede ser devastador y su conocimiento de la historia local, formidable”.

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Nuevas voces, nuevos ámbitos

Si los raperos mapuches surgido desde mediados de los años 90 hasta la actualidad se han caracterizado por su procedencia urbana, sin duda la poesía lírica del joven rapero Don Chicha o Chicha con Harina constituye una potente novedad.

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Nacido y criado en la comuna de Freire –aunque con breves estadías en entornos urbanos durante su niñez y adolescencia– desde el año 2010 su rap en español ha venido logrando lo que, a simple vista, parecía imposible en el hipertecnologizado escenario actual: transmitir, en pleno siglo XXI, los modos de vida, formas de trabajo y costumbres de un comunero mapuche rural.

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Desde su natal Freire, Don Chicha comenta: “acá me dedico a la agricultura, a la huerta, a criar bichos, animales, y a todas las labores distintas del campo que son demasiadas, son muchas”.

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El etnomusicólogo y profesor del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, Jacob Rekedal, opina: “su hip hop es muy complejo, tiene un poco de picardía, es realmente interesante. Tiene canciones que abordan mensajes políticos, pero utilizando metáforas que vienen del campo y que también se refieren a veces a los animales”.

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“Tiene, por ejemplo, ‘Los chanchos cochi cochi’ es una canción muy graciosa que, a partir del conocimiento interno que tienen los campesinos mapuche de cómo se comportan esos animales, otorga un mensaje político de cómo actúan los grandes empresarios: de forma muy similar a los chanchos”.

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Don Chicha define su labor como la de un “humilde relator” de lo que sucede dentro de su entorno: “un comunero del campo que tiene otras formas, otras visiones de ver esta existencia”, precisa.

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“Algunos han dicho –comenta Rekedal– que si él hubiera aprendido mapudungún antes que español habría sido un cantufe, el cantante tradicional de la cultura mapuche. Pero como primero aprendió el español, entonces es rapero. Eso nos da una idea bastante elocuente del papel que está jugando hoy el hip hop dentro de la cultura mapuche”.

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El hip hop de los jóvenes mapuches en pleno siglo XXI quizás sea una elocuente muestra de lo que alguna vez observó el político y Premio Nacional de Literatura chileno Volodia Teitelboim, quien en una ocasión dijo: “cuidémosnos de decir que la poesía nació en Chile con la llegada del castellano: las palabras –y las melodías– existían antes”.

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Notas:

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1. Sueño.
2. Reunión de jóvenes.
3. Mapuche de montaña.
4. Nombre otorgado al territorio que los mapuches han habitado históricamente en el Cono Sur de América y que mantuvo autonomía hasta fines del siglo XIX. Abarca lo que hoy es parte de Chile y Argentina.
5. Fuerza del guerrero.
6. Jerga popular o forma de criminolalia utilizada por los chilenos.
7. Nueva fuerza.
8. Fuerza.
9. La zona celestial.
10. Hermanas y hermanos.
11. Instrumentos musicales del pueblo mapuche.
12. Figura de gran importancia dentro de la cultura mapuche. Según Enzo Cozzi “el dueño de las palabras, el orador, el que sabe decir”. Sabiduría Ancestral Mapuche. Conversación con el Ngenpin: Armando Marileo Lefío.
13. Antigua ceremonia religiosa.
14. Término empleado para designar las formas de canto mapuche.

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FOTO: En su adolescencia, Luanko, uno de los exponentes más importantes del hip hop mapuche, soñó que su abuelo lo conminaba a aprender el idioma de sus ancestros. /Foto tomada de la página de Facebook de Luanko.

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