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Ago 8 • destacamos, Ficciones, principales • 1312 Views • No hay comentarios en Eliminar archivo

POR ÉDGAR LACOLZ 

para A. R.

 

Se sentó al borde de la banca. Poco faltaba para que anocheciera. Un pájaro piaba detrás de él. Detrás y arriba, en un árbol. Luego otro pájaro se unió. Y otro. Él esperaba. Lucía cansado. Como si esperar cansara más que cargar algo o caminar o caminar cargando algo. Y parecía que llevaba más de treinta minutos con eso. Más de cincuenta minutos. Más. O quizá no era cansancio de ningún tipo. Quizá sólo era tristeza. O enojo. No lo sé. ¿Pero sólo por esperar? No lo sé. Dime, ¿entonces qué sabes? Bien podría ser por eso o por otra cosa u otras cosas.

 

Miró a la izquierda. Nada. A la derecha. Nada. Su mano izquierda entró al bolsillo izquierdo. Tomó y sacó el celular. Miró la hora. Miró a su alrededor. Nada. La otra mano entró en el otro bolsillo. ¿Qué llevaba allí? Podría ser una carta. ¿En estos tiempos una carta? Quizás. ¿En estos tiempos aún hay alguien que escriba cartas en papel? ¿Cartas manuscritas? Podría aún haber alguien, podría ser él. ¿Aún hay alguien que haga algo así? Es posible. No, tendría que ser un romántico y el romanticismo, junto con Dios y Nietzsche, ha muerto. Bueno, yo diría que… Además, lo de hoy ni siquiera es el nihilismo o la indiferencia o el jemenfoutisme o el valemadrismo. Lo de hoy es la decadencia o la fugacidad o la violencia o todo eso, en estos tiempos, al mismo tiempo. ¿Y vienes tú y me dices que una carta? Ja. ¿Alguien que escribe con su propio puño en un trozo de papel? Quizá no era una carta. ¿Y si era un puñal lo que llevaba allí adentro? Qué tal si no esperaba a alguien sino algo. Qué algo, ¿algo como el anochecer o la luna o las estrellas? Bromeas, ¿verdad? Se nota que a él nadie lo espera. Y eso le duele. Esa clase de cosas, además de doler, pesan. Además de pesar, arden. Se retuercen adentro. Joden. ¿Entonces no es cansancio lo que transpira? Entonces no es cansancio lo que transpira. No. Bueno, la verdad es que… ¿Qué? No lo tengo muy claro. La verdad es que no lo tienes claro ni sabes nada, carajo. La verdad es que él lucía tan liviano y débil y vulnerable. Y eso qué. Esos son los que son capaces de algo más. Tienes muchas expectativas con él, con este texto. Caray, ¿por lo menos lo viste? Seeeh… Ni siquiera tenía la treintena de años. Es una escena triste. Querrás decir era, ¿no? Es, la recuerdo y a mí todavía me resulta triste. Quizá la escena, pero él no. Él más bien luce trastornado, ¿no crees?

 

Y los pájaros piaban en los árboles. ¿Eso qué? Es que los pájaros fueron testigos de todo. Ay, por favor… no, lo estás haciendo mal. Aún ni siquiera has descrito su ropa. ¿Qué vestía? Llevaba un par de tenis. No eran nuevos ni viejos. Algo en medio de esas dos cosas. Unos pantalones del mismo color de los tenis y más viejos y descoloridos. Y una camisa de otro color. Pero todos colores tristes. ¿Sabías que podrías hacer referencia a la tristeza sin escribir la palabra “triste”? Sí. ¿Entonces?, no seas flojo. ¿Y notaste que los tenis, sí, los lleva pero no en los pies? ¿Notaste que los carga, no los viste? ¿Y viste que escribí la palabra “llevaba” en vez de “vestía” desde el principio de mi respuesta? Qué bestia. ¿Y por qué estará descalzo? Ni lo sé, ni lo quiero pensar. En cambio, a mí me causa curiosidad saberlo. Podrías abordarlo tú. Pero eres tú quien está bordando este texto. Entonces, no sientes tanta curiosidad en ello. Entonces déjame en paz.

 

No.

 

¿Qué me dices del vagabundo que está acercándose a él? Sólo que tiene una barba larguísima de no sé cuántos años y con restos de comida y basura. ¿Y del costal que arrastra? Que, como todo buen mendigo de respetar, aún tiene algo que lo sujeta a este mundo. ¿Y notaste cuando se acercó a él y le dijo que le diera una moneda? Sí, pero eso, a diferencia de ti, a mí no me importa. ¿Y dejarás en el olvido el semblante de tu protagonista ante el mendigo: esa expresión de meimportaunpitismo su penar? ¿En serio no te interesa teclear la respuesta del mendigo? De ser así, no registrarás a detalle esa voz pastosa que escapó de la maraña de barbas y le dijo a tu protagonista: Usted no está pobre, está jodido, que es peor. No, en cambio, me interesa aquella viejecita que va por allá. ¿No la irás a tumbar en medio de la calle y fracturarle la cadera sólo para sacar de su ensimismamiento al cretino del banco? No, te encantaría pero no soy tú. Menciono a la viejecita porque si el protagonista la mirara pensaría en su abuela materna. ¿Te refieres a esa mujer que maltrataba a sus hijos porque no podía con su marido y que luego maltrató a sus nietos porque no podía con sus hijos y que al final, antes de morir, se empeñó en maltratarse a sí misma porque ya nadie le seguía el juego? Déjala, no, bueno, sí, ella… pero yo imaginé que al verla el protagonista podría evocar algún recuerdo grato: el chocolate caliente como disculpa en la infancia, los frijoles puercos y la carne con chile como perdón en la adolescencia, el gusto por las cartas manuscritas. ¿Qué me dices del pequeño cuchillo de la abuela, filoso y catártico, que hundía de vez en vez: ahora en gallinas o luego en palomas? Caray…

 

Retomando: ¿estaba borracho? No lo creo, al menos no de alcohol. ¿Tuvo líos con mujeres? No lo sé. ¿Solía aprovecharse de las situaciones? Cómo voy a saber yo esa clase de cosas. Lo que sí tengo claro es que ya no pudo hacer nada. Ya no pudo siquiera hacer algo. Ya no tenía idea de lo que se traía entre manos y tripas y cabeza y corazón. Y ahora, mientras él se sujeta al borde del banco, pensarás que piensa: ¿Así es como uno se vuelve loco?… mientras yo pienso que tú te sujetas al borde del teclado.

 

¿Y si en realidad era una carta? Una carta empapada con letras. Con un montón de palabras. Cargada de párrafos. Pesada. Una carta escrita con letra pequeña. Con líneas derechas. Las líneas y las palabras y los renglones muy apretados. Una carta que condensaba más de una idea o más que un simple adiós o más que una sola propuesta. Que condensaba una buena parte de él. Más que reclamos. Más que razones. Algo más. Y ahora es cuando insistes en que los pájaros piaban alrededor, ¿verdad? Sí, porque sí piaban y siempre estuvieron allí. Y él volteó a verlos. Como esperando asustarlos o expulsarlos o exterminarlos con la pura mirada. Pero en realidad, sólo volteó y los vio y nada más. Necesitaba desahogarse. Pero no pudo o no supo cómo. Con los pájaros pudo haberlo hecho. Pero no. No se desahogó ni los asustó ni se fueron. Y siguieron piando detrás de él.

 

¿Y el lugar? Queda claro que era una plaza. Había árboles y pájaros y bancas vacías. Aún se encuentra por allí esa plaza. Y está cerca de una iglesia. Y ese día, este día que cuento, no era viernes ni sábado ni domingo. Ya dije que empezaba a llegar la noche. En alguna de las esquinas había un vendedor de churros. En cambio, ningún globero. No era día para globeros. Los globos, como las cartas, ¿qué? Déjame. Había un circo en alguna de las otras tres esquinas. Y su mirada no sólo lucía triste. No sólo reprimía tristeza en su interior. Había cansancio, pero no uno físico. Además de iracundo, ¿reprimido?

 

Ay, el hubiera: ¿Y si se hubieran roto los candados? ¿Y si se hubieran soltado los leones en plena función? ¿Y si antes alguien hubiera liberado a esas pobres bestias? Bestias de mirada aún más acuosa. ¿Para qué traerlas a este caos de concreto y tenerlas como sedadas o atontadas y enjaularlas? ¿Quién puede asegurar que no esperaban el momento oportuno para, de un salto o de un tajo o de un zarpazo, zas, destrozarle la yugular al Señor Látigo que las mantenía allí tan reprimidas? Tan en contra de la naturaleza. Tan natural en los humanos esa cosa de estar en contra de su naturaleza. ¿Y él, nuestro protagonista, no sentía algo similar? ¿No llevamos dentro, todos los aquí presentes, algo de eso?

 

Quizá algo similar pensaba él, cuando una camioneta destartalada y despintada y muy ruidosa pasó. Pasó detrás de él, más allá de los pájaros piando y de los árboles. Esa camioneta antes fue de color azul. Y ahora pasea por las calles con una especie de megáfono. Vende polvo de avión y asegura que su fórmula es única y mejorada y contra toda clase de mal rastrero. Luego, la grabación termina y comienza de vuelta. Otra vez la misma tarantela, desde el principio. Como los pájaros piando. Y el joven pensó que algo de ese polvo podría ser una solución. Y luego qué. Luego, pensó que esa no era la hora adecuada para vender polvo de avión. Era un imbécil. Todo él se había empeñado en situarse en los momentos inoportunos e inadecuados. ¿Era un incompetente? Y de seguir vivo, el muy idiota, seguiría empeñándose en estar a un lado del camino, sin darse cuenta que, sencillamente, se encontraba fuera de lugar, que no es lo mismo. ¿Era un cobarde? ¿Eso es lo que era? Era un hombrecillo a medias, no un mediador. Era un hombrecillo, no un hombre. Y, de seguir vivo, seguiría con sus miedos y siendo un ser a medias. Miedoso. Confundió, inocentemente, la vida fácil con la facilona vida. Y ahora, allí en la banca, se encontraba solo. No una soledad grata, sabia, fructífera. Se encontraba del otro lado de la soledad. Y su ingenuidad acentuó en él la imagen del incomprendido. Y la estupidez, con el paso del tiempo, añejó su ingenuidad. La vida bohemia se había terminado hace tanto tiempo. El romanticismo también. Él mismo se había puesto la soga al cuello hace tanto y tantas veces. Pero como buen cobarde, se apretaba y se ajustaba más y más el nudo al cuello. Pero nunca consiguió una silla o un árbol o una viga. Y andaba por allí, rastreramente, arrastrándose al lado del camino con la soga al cuello. Patético. Siempre fuera de lugar él y sus cosas. Ni siquiera llegó a ser un murmullo de alguien. ¿Y por eso la espera a ella? ¿Le pedirá ayuda? ¿Una venganza? ¿Un ajuste de cuentas?

 

Pero, ¿qué estás haciendo? Esto ya es otra cosa. No, es la misma cosa pero contada por otro. Y ese otro que soy yo y tú y él y todos los demás, no dejamos de ser cosas. Cosas contables. Pero… y ahora, ¿qué sigue? ¿Y dónde los leones, la jaula, el zas? ¿Dónde la camioneta, el polvo, la fórmula? ¿Dónde el zarpazo, el avionazo? ¿Dónde el Señor Látigo? ¿Dónde la solución? Favor que le haríamos si él, por fin, de una buena vez, perdiera los estribos. Favor que le haríamos en darle un cortón de tajo, con toda y su ridícula soga, en el cuello. Directo a la yugular. Los pájaros piarían fanfarrias.

 

No. ¿No? No y no y no. Todo está mal narrado. Eso desde el principio, eh. No cuentas nada en forma y ni me dejas contar. Querrás decir que ni cuento y ni dejo contar. Sólo vienes y lo deformas. Cuando llegué la cosa ya iba mal. Yo empecé y tú te colaste. Maldito metomentodo. Abre otro Word, anda, ábrelo y comienza de nuevo sin toda esta paja. ¿Estás seguro de que no me molestarás? Ni un pío vas a escuchar. ¿En serio? No te molestaré. ¿Me dejarás en paz? Por supuesto…

 

 

 

…ingenuo.

 

 

 

*Ilustración: Leticia Barradas.

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