Fuego en la Cineteca

Jun 17 • Lecturas, Miradas • 1600 Views • No hay comentarios en Fuego en la Cineteca

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Una casa ubicada en el Pedregal de la Ciudad de México le da título al más reciente libro de Ana García Bergua, novela de aprendizajes que, con humor, entrelaza dos historias y un incendio, el ocurrido en la Cineteca Nacional en 1982

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POR ANA CLAVEL
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Historias de fantasmas y almas en pena hay muchas. Ahí están como muestra, y de muy diversa índole, la Divina Comedia, Pedro Páramo, El maestro y Margarita, o ese antecedente en la bibliografía de la propia Ana García Bergua: Rosas negras (2004), en la que el alma de Bernabé Góngora, al morir su envoltura corporal, se queda enredada en el candil de un restaurante porfiriano en lugar de irse al más allá. Sólo que en la mayoría de las obras de corte fantástico que tocan el tema de lo sobrenatural suele prevalecer una mirada grave y dolorosa. No así en Fuego 20, la más reciente novela de la escritora mexicana Ana García Bergua (1960) para quien el humor y una mirada irreverente nunca están peleados con la reflexión incisiva.

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Novela de aprendizaje existencial y al mismo tiempo fogosa comedia de enredos, Fuego 20 combina dos tramas: la de Saturnina de los Ángeles, o Nina, una muchacha próxima a cumplir los 20 años, opacada y temerosa de la vida, y la de Arturo, un joven de provincias que viaja a la Ciudad de México para continuar sus estudios. Lejos de protagonizar una historia de amor, cada uno de ellos seguirá las peripecias de su propio devenir hasta que coincidan en el terreno en ruinas de ese infierno que, sin lugar a dudas, debió de ser el incendio de la Cineteca Nacional a principios de los 80. Un encuentro por demás extraño pues sólo uno de ellos tendrá apariencia humana mientras el fantasma del otro estará atrapado en un objeto pequeño que el fuego no pudo devorar.

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Para entonces la novela ya habrá corrido de manera vertiginosa, divertida, sorprendente en una estructura compleja que sólo el oficio de la autora sabrá conducir con la dosis necesaria de ligereza e intriga. Capítulo a capítulo las dos tramas se alternan: una corriendo en tiempo retrospectivo (la de Nina), la otra en sentido cronológico (la de Arturo), hasta entrelazarse en una puesta en remolino que mucho tiene de vértigo y delirio: de éxtasis narrativos en crescendo para culminar en una vorágine verbal capaz de incendiar nuestra imaginación más corpórea. Una cierta fascinación luciferina que tal vez no esté alejada de otro de los motores de la historia: la presencia de un Mefistófeles sui generis, encarnado en un misterioso y seductor Sr. Modeoni, encargado de la venta de una casa enclavada en el Pedregal: Fuego # 20, que será motivo central del libro, así como de otros bienes no por inmateriales menos codiciables.

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Nada más ver la casa, como la dorada promesa de los sueños que compartía con el tío Rafa, piloto aviador cuya muerte temprana dejará en la orfandad emocional a nuestra protagonista, nada más conocer a Felipe Modeoni con sus ojos de color indefinido y su temperatura hirviente, para que comience la metamorfosis de esta particular faustina. Y de ser Saturnina de los Ángeles o Nina para los conocidos, muy pronto pasará a transformarse en la sensual, rebelde, vital Ángela Miranda, capaz de decirle: “quítate que ahí te voy”. Más que un alter ego, nos encontramos ante una presencia arrolladora, que logra someter la personalidad opacada de Nina, una suerte de Miss Hyde que muy pronto habrá de llevar a su Madame Jekyll por los caminos de la lujuria, la avaricia y la perdición, pero también a una existencia más rica y compleja que tanta falta le hacía al personaje primario. Será este particular pacto con su Mefistófeles Modeoni, el enigmático nombre de resonancia italiana, en realidad anagrama de Demonio, el que le permitirá convertirse en alguien mucho más arrojado y atrevido como cuando se las arregla para regresar a tomar fotos a Fuego 20:

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“Esa tarde, Ángela Miranda y su Polaroid se estacionaron frente a Fuego 20. Traía el vestido nuevo y los tacones, las medias, la cabellera convertida en un enorme y oscuro algodón de azúcar. Metida en mi personaje, me empezaba a sentir mejor que cuando era yo misma. Esta vez, la sirvienta traía en la mano una charola con dos vasos vacíos. Vengo a tomar fotos, le dije, quedé con el señor Modeoni. A ver espéreme. Y se metió a la casa, pero Ángela la siguió, cerrando tras de sí la puerta de la calle. Ángela era mucho más valiente y arrojada que Saturnina.”

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Y cómo no sentirnos seducidos, maravillados, en franca “simpatía por el diablo” si gracias a él, Nina descubre a una suerte de Virgilio en contrasentido que, a través de Ángela —otra vez el juego de opuestos—, le va mostrando otras posibilidades del ser y de la vida, del poder y del placer como cuando la introduce en el grupo Triunfo 70 de Victoria de la Loza y sus pretensiones políticas de gloria y oropel en un pueblo idílico y tan retrógrado como Calipén. Pero sobre todo tentaciones para sumirse en los cielos y ascender a los infiernos del placer… Y en tan lujuriosa medida que Ángela-Nina establecerá relaciones con parejas, tríos y otras formas proteicas por no decir animales fantásticos, cuando la reprimida Nina no había hecho sino desear secretamente que el tío Rafa visitara su cuarto una noche y cual supermán idealizado la transportara entre sus brazos. Así, es Ángela la que la lleva a estrenarse como salamandra seductora y fogosa frente a César Augusto, el junior que vive en Fuego 20, en esta escena narrada por la propia Nina:

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“Ángela sirvió dos copas en lo que César Augusto quitaba el bolero de Ravel que había dejado su mamá en la tornamesa de la consola, ponía a David Bowie a todo volumen y encendía un churro de mota. Luego los tres nos sentamos en el sillón a fumar, beber y desvestirnos. Yo pensé que no estaba tomando nada para no embarazarme, pero Ángela acalló esos temores; además, para ella nada parecía ser suficiente: en un momento agarró a César Augusto de la mano y se lo llevó escaleras arriba a su propio cuarto. César Augusto aullaba muerto de la risa; parecía un mono, corriendo desnudo y enloquecido por la casa vacía. Yo iba delante de él y al llegar a la parte de arriba me topé con un enorme espejo donde se reflejaba Ángela en todo su esplendor, llena de curvas, con los senos picudos como volcanes y el cabello tan enmarañado como unas fotos de Isela Vega que había visto alguna vez. Pero lo más bonito de Ángela era su piel que brillaba suave, invitando a acariciarla. César Augusto la alcanzó, quiso abrazarla y ella corrió a la habitación. Ahí estaba lo que quería ver y por alguna razón sentí que Ángela ya presentía: la pecera con un extraño animalito, entre mamífero y reptil, una especie de montaña negra y brillante con ojos, la fascinación de César Augusto, que sonrió encantado de ver a Ángela acercarse a mirarlo y decir: qué maravilla, qué hermoso, precioso, suave. Y nos mira con sus ojitos. Te presento a Johnny Winter, le dijo César Augusto y el animal sacó la lengüita. Y cuando él la atrajo hacia su cama y empezaron a hacer el amor, Ángela sintió que Johnny salía de la pecera y se nos deslizaba por la espalda, la cintura y los tobillos como si nos estuviera acompañando en algún ritual. En la mesita junto a la cama había un cuchillo: Ángela, en uno de sus orgasmos, vio la cabeza del animalito a punto de morderle un seno y sintió el deseo de que lo hiciera, como si eso fuera a aumentar su placer. Sólo gritos y sangre hubo en ese cuarto en el que yo, Saturnina, permanecía horrorizada, encogida en un rincón del clóset…”

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Sirva este ejemplo para mostrar la trasmutación alquímica de Nina en Ángela. Para entonces, la novela está tan bien amarrada, con cabos tan convenientemente atados en una trama ingeniosa, anecdótica, simbólica que el asunto del fuego de los infiernos encuentra contrapunto en el incendio de la Cineteca de una manera casi natural. O al revés: el fuego de la Cineteca con sus muertos inexistentes en este país-Houdini-de-la-desaparición bien puede ser pretexto para contar otra historia posible: la de una mujer, como tantos otros, desaparecida en el percance. Y aquí es donde incide la otra trama alterna desde los primeros capítulos: la de Arturo, universitario proveniente de Xalapa, que trabaja en los laboratorios La Rochelle muy cerca de la Cineteca, que se preocupa por un amigo de la universidad que pudo estar dentro en el incendio: Rubén, que no estaba muerto sino que andaba de parranda y es parte de esa intelectualidad contestataria y veleidosa que Arturo observa con admiración y hasta envidia pero también con desconfianza, Arturo que ha dejado la carrera de medicina y se ha peleado con su padre que lo quiere doctor, que tiene un primo muy cascabelero llamado Pino con una novia Suzuki peluquera, con una tía Francis veracruzana que lo alberga en su casa de la colonia Roma y le prepara unos chilpacholes que sólo en el puerto podrían degustarse tan buenos, una tía empelucada y regordeta con perenne bata de flores que, por supuesto, aconsejará recurrir a una amiga bruja de Tlacotalpan cuando aparezcan los fantasmas chocarreros capaces de posesionarse de quien se pueda y alebrestarle hasta la identidad sexual al que se deje. Y así la otra historia de aprendizaje, y titubeos, y miedos, y descubrimientos que llevarán a Arturo al encuentro con Nina, pero sobre todo consigo mismo en un sugerente punto de inserción social donde el despertar del goce propio se convertirá en verdadera piedra filosofal.

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Y como fondo, pinceladas, jirones, retazos del mosaico que fue la Ciudad de México en los años 80. El noticiario de Zabludovsky: 24 horas con el anuncio de la Cineteca incendiada, las películas que podían verse en la cartelera al comienzo de la década: Fama, María de mi corazón, 10: La mujer perfecta, la librería El Parnaso de Coyoacán, recién abierta, los años finales del presidente que defendería el peso como un perro y la inminente devaluación, su Negro Nerón que construiría su Partenón trasnochado y las bases de la corrupción policiaca que conocemos hoy en día, una impostada y sorjuanesca directora de cinematografía que gracias a la figura presidencial dejó en la sombra si el asunto de la Cineteca había sido sabotaje o accidente, la aparición de bandas como Los Panchitos, el derecho recién estrenado de las mujeres para entrar a las cantinas, las lecturas de los jóvenes de entonces: Kundera, Pacheco, Revueltas, Arreola, sus ediciones de Era y Joaquín Mortiz, los clásicos editados por la Universidad Veracruzana, los diarios de Pavese, algunas novelas del boom latinoamericano, las aventuras del doctor Palinuro…

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Pero también una ciudad del interior: Calipén, ficticia pero no menos verdadera como el Tonalato al que la autora nos tenía acostumbrados en su novela Púrpura (1999), detenida en el tiempo y en sus prejuicios localistas y su alma diamantina y provinciana. Una ciudad petrificada en el pasado que colinda con la bullente ciudad del presente ochentero y se vuelve crisol para vislumbrar esta realidad actual, incierta y crepitante de nuestros días, gracias al vórtice, al incendio de Fuego 20 y a la imaginación creadora de Ana García Bergua, que en la presente entrega nos arrasa con una obra de plenitud literaria.

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FOTO: Fuego 20, Ana García Bergua, México, Edirorial Era, 2017, 312 pp.

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