Germán Cueto: escultor vanguardista

Feb 14 • Miradas, Visiones • 5899 Views • No hay comentarios en Germán Cueto: escultor vanguardista

 

 

POR ANTONIO ESPINOZA

 

 

El caso de Germán Cueto en la escultura contemporánea
de México es único; carece de antecedentes, lo cual no
quiere decir, de ninguna manera, que esté desenraizado.
Carlos Mérida, “La escultura de Germán Cueto”, en
Espacios, México, núm. 2, invierno de 1948-1949, p. 152.

 

El proyecto cultural de José Vasconcelos fue, sin duda, incluyente. Todos los artistas plásticos podían sumarse a la aventura de crear un arte nacionalista, que revelara supuestamente nuestra “esencia” e “identidad” como país. Es un hecho, sin embargo, que el mecenazgo estatal favoreció más a los pintores que a los escultores, aunque también es cierto que estos últimos eran cuantitativamente menos que los primeros. Dos maestros escultores participaron activamente en el proyecto vasconcelista, ambos nacidos a fines del siglo XIX: Ignacio Asúnsolo y Fidias Elizondo. Posteriormente, otros escultores, la mayoría nacidos con el siglo, se sumaron al movimiento nacionalista y crearon durante décadas obras de gran calidad y valor. Hablo de los exponentes de la llamada Escuela Mexicana de Escultura: Carlos Bracho, Federico Canessi, Ceferino Colinas, Juan Cruz Reyes, Mardonio Magaña, Francisco Arturo Marín, Oliverio Martínez, Luis Ortiz Monasterio, Guillermo Ruiz y Ernesto Tamariz.

 

Alejados del mundanal ruido, sin muchos reflectores, estos maestros trabajaron discretamente en sus talleres. Ninguno de ellos era más famoso y reconocido que los pintores; hombres cuya vocación era el trabajo, eran poco inclinados a hacer declaraciones y provocar polémicas para animar el medio cultural, como fue costumbre en los Tres Grandes maestros del muralismo. Su producción escultórica (antropomórfica, figurativa, nacionalista), sin embargo, caminaba a contracorriente de la revolución vanguardista de la época. Recordemos que la escultura, que durante siglos fue identificada con el antropomorfismo y, a través de él, con la representación naturalista (es el arte que encarna mejor la idea del clasicismo humanista) entró en crisis a principios del siglo XX. En un contexto vanguardista que buscaba la creación de un arte nuevo, radicalmente distinto del arte del pasado, la escultura antropomórfica resultaba obsoleta. La búsqueda de nuevas formas se convirtió muy pronto en tarea primordial de los escultores. El objetivo era la refundación de la escultura desde los presupuestos vanguardistas, alejándola claramente de los principios y procedimientos de la escultura tradicional. El iniciador de esta refundación fue el maestro italiano Umberto Boccioni, quien realizó en 1912 una obra cubista en relieve: Sviluppo di una bottiglia nello spazio.

 

Liberarse del antropomorfismo permitió a la escultura transitar por nuevos y múltiples caminos. En México, sin embargo, el proceso de deshumanización de la escultura que se inició con las vanguardias europeas, no encontró eco en los escultores nacionalistas emergentes, cuyos temas fundamentales fueron: la clase obrera, las escenas costumbristas, los indígenas, la maternidad, los héroes nacionales… Aquellos maestros, sin duda, eran hombres de gran talento, pero sus intereses estéticos e ideológicos no coincidían con los grandes cambios de la escultura occidental en cuanto al manejo del espacio y el volumen. Autores de una escultura estática, masiva, los fundadores de la llamada Escuela Mexicana de Escultura, cuyo auge se dio en los años treinta, cuarenta y cincuenta, contribuyeron también a la creación de la mitología artística de la Revolución Mexicana, una revolución que muy pronto se petrificó y sólo mantuvo su vigencia en el discurso político y la retórica del régimen. La escultura mexicana se convirtió muy pronto en una cárcel doctrinaria que rechazaba las nuevas corrientes escultóricas y sólo admitía la exaltación nacionalista (¡la “gigantomaquia indigenista”!, llegó a decir el pintor Carlos Mérida).

 

Un creador vanguardista

Opuesto a la “gigantomaquia indigenista”, un gran escultor mexicano prefirió transitar por otros caminos. Se llamaba Delfín Germán Salvador Apolonio Gutiérrez Cueto y Vidal y fue uno de los primeros escultores modernos del continente americano. Formado en la vanguardia europea, Germán Cueto se inició en la abstracción desde los años veinte, pero su obra –rica en formas, materiales y técnicas– no encontró eco en el medio mexicano y tardó mucho en ser reconocida. De padre español y madre mexicana, nació el 9 de febrero de 1893 en la Ciudad de México. Estimulado por el escultor Fidencio Nava, ingresó en 1912 a la Academia de San Carlos. Ahí comenzó su formación artística bajo la tutela de Arnulfo Domínguez Bello, pero luego abandonó la escuela para viajar a Europa, donde permaneció entre 1916 y 1917. Este primer viaje al Viejo Continente fue decisivo, pues le permitió conocer el arte vanguardista en boga, de la mano de su prima, la artista María Gutiérrez Blanchard.

 

A su regreso a México, el joven Cueto colaboró con Ignacio Asúnsolo en la realización de las esculturas del patio de la Secretaría de Educación Pública. En 1922 se incorporó al estridentismo, un movimiento artístico vanguardista encabezado  por el poeta Manuel Maples Arce y en el que participaron otros escritores como Germán List Arzubide, Miguel Aguillón Guzmán, Salvador Gallardo, Luis Ordaz Rocha, Humberto Rivas y Arqueles Vela, así como los artistas plásticos Ramón Alva de la Canal, Leopoldo Méndez y Fermín Revueltas. El estridentismo (1922-1925) surgió como una estética radical que buscaba reinterpretar las tradiciones desde una óptica moderna y celebrar, entre otras cosas, el “mole de guajolote”. Amalgama caprichosa y lúdica de las vanguardias europeas, el estridentismo tuvo predilección por los temas citadinos e industriales, publicó varios manifiestos y se caracterizó siempre por su actitud desenfadada e irreverente en su búsqueda de la modernidad artística.

 

Acorde con estos principios, Germán Cueto fijó su mirada en el arte tradicional mexicano, muy especialmente en las máscaras, que durante décadas fueron motivos centrales de su producción. El artista realizó numerosas máscaras a lo largo de su vida, con distintas formas, materiales y técnicas, a través de un proceso incansable de experimentación y siempre con una perspectiva escultórica vanguardista. Cueto sabía, sin duda, que México es el País de la Máscara, en donde un rostro oculto posee un poder casi ritual. Por eso, con sus enigmáticas máscaras: “Cueto clausura el ámbito de la inhibición e inaugura el gran teatro del mundo a modo de colectiva irrupción de un frenesí liberador. La máscara alivia la tensión contenida, que estalla como una risa desbordada. Su significado último lo encontramos en otro lugar; su sentido es su misterio. Cuando la cara es sólo transfiguración, la máscara es el rostro, el espejo de la interioridad” (Teresa Bosch Romeu, Germán Cueto, un artista renovador, México, Conaculta, 1999, p. 18).

 

La década de los veinte vio el despegue del escultor Germán Cueto. Inició entonces una producción singular, alejada del discurso estético-ideológico de la Escuela Mexicana y más próximo a las vanguardias europeas. El gran precursor del ensamblaje en México nunca se limitó en su expresividad. Construyó máscaras, esculturas abstractas y figurativas, pero también incursionó en la pintura, la gráfica y el esmalte. Siempre defendió su libertad estética: la libertad de tratar cualquier tema como le viniera en gana. Dos obras importantes de los años veinte revelan su convicción libertaria y su afán de experimentación: Mikioito (lámina y pintura horneada, 1925) y Beisbolista (bronce, 1928), la primera más abstracta, la segunda más figurativa. Poco a poco, el maestro fue construyendo su discurso: “Desde las máscaras y los objetos chatos y abultados de sus inicios, cuyo exceso de materia y bizarría caricaturesca no dejan de sorprender, hasta las espigadas esculturas de lámina de metal […] todo tiende a señalar en este artista un deseo de decantación formal y aspiración a crear un lenguaje a fuerza de experimentación con los materiales” (Sylvia Navarrete, “Germán Cueto. Experimentación y vanguardia”, en Germán Cueto, 1893-1975, México, INBA/MACG, 2006, p. 9).

 

En 1927 Germán Cueto se instaló en París, donde vivió hasta 1932. En la Ciudad Luz se vinculó con los artistas de la Escuela de París, especialmente con el grupo “Cercle et Carré”, conformado por Joaquín Torres García para defender la abstracción geométrica en contra del surrealismo y del arte figurativo en general. En el grupo vanguardista participaban artistas procedentes de diferentes países: Hans Arp, Le Corbusier, Vassily Kandinsky, Piet Mondrian, Antoine Pevsner, Kurt Schwitters y Georges Vantongerloo, entre muchos otros. En París, Cueto también conoció a tres escultores que lo marcaron profundamente: José de Creeft (Guadalajara, 1884-Nueva York, 1982), Pablo Gargallo (Zaragoza, 1881-Barcelona, 1934) y Julio González (Barcelona, 1876-París, 1942).

 

José de Creeft es prácticamente desconocido en México. Vivió en Nueva York y en París. Fue de los primeros maestros que participaron en la renovación escultórica, realizando en el París de los años diez y veinte obras metálicas muy vanguardistas, auténticos ensamblajes: Avestruz (1924) y El picador (1925), son sólo dos ejemplos. Lo mismo hicieron en su momento Pablo Gargallo y Julio González, quienes partieron del cubismo para atacar la escultura tradicional, sustituyendo sus masas y volúmenes por planos, líneas y vacíos. Si el espacio pictórico cubista ejercía una función activa en la configuración esquemática de sus figuras, la utilización activa del espacio y el vacío fue el equivalente escultórico. Germán Cueto participó activamente en la construcción de este nuevo lenguaje escultórico: un sistema de construcción por planos. Lo que vincula a Cueto con Gargallo y González es precisamente el tratamiento de la superficie o planimetría escultórica.

 

De su fructífera estancia en Europa, podemos destacar en la producción artística de Germán Cueto tres obras de primer nivel: Napoleón (piedra de Reims, 1928), Cristo gótico (bronce, 1930) y su antisolemne Monumento a la revolución (madera ensamblada, 1932). Sin embargo, tras su regreso a México, el escultor se encontró con que su obra vanguardista era demasiado innovadora, alejada totalmente del gusto imperante en el país, pues el nacionalismo artístico (en la pintura, la escultura y otras expresiones) estaba en su apogeo. El artista no pudo conseguir un lugar destacado en la escena escultórica. Por eso, durante años, vivió de su trabajo docente, a la vez que se entregaba apasionadamente y con gran libertad a la experimentación y a la creación de obras en las que combinaba abstracción y figuración, que nunca consideró contrapuestas.

 

A pesar de su formación vanguardista europea, Germán Cueto se vio influido en un momento del espíritu nacionalista en boga. De su autoría es un Busto de José Guadalupe Posada (piedra volcánica, s/f), que pertenece al Museo Nacional de Arte (Munal) y que podría haber firmado cualquiera de los escultores nacionalistas. Pero en esta vertiente su obra sin duda más destacada es La tehuana (lámina de cobre, latón y acero sobre pedestal de madera, 1949), que pertenece al Museo de Arte Moderno. Sobre esta pieza, el estudioso más acucioso de la obra de Cueto, Serge Fauchereau, afirma: “Este trabajo de herrero es ciertamente lo que caracteriza y singulariza a Cueto en México: golpear, doblar, retorcer, recortar, soldar los metales le separa de los tallistas de piedra que se forman, en México, en la Escuela de Talla Directa…” y lo acerca a los escultores De Creeft, Gargallo y González (“Germán Cueto”, en Germán Cueto, Madrid/Barcelona, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía/Editorial RM, 2004, pp. 66 y 67).

 

El reconocimiento a la trayectoria de Germán Cueto llegó hasta fines de los años cincuenta, por parte de los artistas jóvenes. Durante toda esa década y la siguiente el maestro realizó numerosas exposiciones en México y el extranjero, y recibió varios reconocimientos. En 1965 se presentó en el Museo de Arte Moderno una exposición-homenaje al creador de 72 años de edad. En 1968 participó en la Olimpiada Cultural con la obra El corredor, en el Estadio de Ciudad Universitaria. Ese mismo año realizó otra obra monumental: El sagitario, en el conjunto habitacional Torres de Mixcoac, en Lomas de Plateros, en la Ciudad de México. Cueto murió el 14 de febrero de 1975, a los 82 años. En 1981 el MAM presentó una muestra retrospectiva de sesenta años de producción del autor extinto. Pero la exposición más grande sobre Cueto se realizó hasta el año 2005, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid. Curada por Serge Fauchereau, la muestra vino después a México para presentarse en el Museo Carrillo Gil, el Museo Federico Silva y el Museo de Zapopan. Una magna exposición del artista polifacético que renovó el lenguaje escultórico y que murió hace cuarenta años.

 

 

*Fotografía:  Durante décadas, un tema central de la producción del escultor Germán Cueto se basó en las máscaras/ Germán Cueto, “Máscara III”, cartón pintado, 1924 / Cortesía: Fundación Andrés Blaisten

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