Historias detrás del Negocio

May 27 • Conexiones, destacamos, principales • 10120 Views • No hay comentarios en Historias detrás del Negocio

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Tierra fértil y envidiable, Sinaloa concentra las contradicciones entre la pobreza y la opulencia, una condición que lleva a muchos de los habitantes de zonas marginales a enrolarse en las filas del narcotráfico, incluso con la bendición materna. Esta crónica es una descripción pormenorizada de cómo el negocio de los enervantes ha influido en la vida de los sinaloenses y en el nacimiento de varias identidades locales

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POR GENEY BELTRÁN FÉLIX

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Culiacán. —Ahí se sentaba el Javier —mi amigo señala una mesa pequeña, con dos sillas, al lado de la pared. Ahora esa misma mesa está ocupada por un hombre joven que habla por celular mientras se lleva una taza a los labios.

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Han pasado sólo tres días desde el asesinato de Javier Valdez. La fotografía de la mesa que acostumbraba tomar en este café del centro de Culiacán se volvió en redes sociales una poderosa imagen de su ausencia al día siguiente de su muerte. El crimen había acabado con la vida del periodista emblemático de la ciudad, el cronista que, audaz y perseverante, rescató un caudal de historias detrás del ascenso y fortaleza del narcotráfico.

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Tres días después, nada hay en la escena del café que nos lleve a pensar en la violencia de allá afuera, en las calles. Son las seis de la tarde de un jueves de mayo. Veo a una buena cantidad de jóvenes que aquí y allá, dispersos en las mesas de las varias secciones del Bistro Miró, hablan con vivacidad, ríen, piden una rebanada de pastel u otra taza de café. Esta es también, cómo negarlo, la realidad de Culiacán: una ciudad que lleva ya varias décadas inmersa en las reglas del narcotráfico y que, sin embargo, sigue viva y vibrante, como desentendida de que la existencia puede en cualquier momento verse vulnerada por el estrépito sangriento de un arma de fuego.

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El Negocio en un pueblo del Triángulo Dorado

La avioneta llegaba a las cinco de la mañana. En una de las partes altas del pueblo se había aplanado una larga franja de tierra para hacer nacer una pista de aterrizaje. Los soldados bajaban de la nave. Pagaban al contado. Los lugareños se encargaban, ellos mismos, de subir La Mercancía, ya empacada en costales de yute.

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Esas ocasiones, la única tienda de abarrotes del pueblo abría desde las seis, más temprano que los demás días. Y los billetes que habían pasado de unas manos militares a otras campesinas unos momentos antes seguían su camino al mostrador de la tienda, donde cada hombre saldaba las cuentas a crédito de su familia por los últimos meses.

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Los guachos sabían de los sembradíos, dónde barbechaba Fulano y dónde Mengano. Pero ellos eran los que compraban La Mercancía.

¿Y no buscaban mejor destruirlos, quemarlos, esos plantíos? —le pregunto a mi madre.

Sólo cuando llegaba un nuevo comandante a Tamazula. Así le hacía: mandaba a los boludos a quemar algún plantío para anunciar su llegada, para hacerle saber a la gente que ahora iban a negociar con él.

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Si algo supe desde mi infancia en un pueblo de la sierra de Durango, en la frontera con Sinaloa, a cien kilómetros de Culiacán, es que existía El Negocio. Podía tratarse de sembrar amapola o mariguana y venderle todo luego a los soldados. O, si no, uno podía irse Pabajo, a Culiacán, o más lejos aún: al Otro Lado, a Estados Unidos, y meterse a trabajar de puchador o gatillero. Los muchachos volvían luciendo una camioneta, con la música del dúo Carlos y José o de Lorenzo de Monteclaro a todo volumen, con cadenas y relojes. Mandaban poner una antena parabólica en la casa materna, regalaban televisores y plantas solares, pagaban los quince años de alguna prima huérfana o de familia pobre.

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Los que regresaban, claro.

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Ustedes tienen que estudiar —nos decía mi madre—. Si se reciben de licenciados no van a querer andarse metiendo en El Negocio.

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El problema del Negocio era uno muy claro: los muchachos no duraban.

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Esos chamacos quieren el dinero fácil. Todavía no saben ni limpiarse la cola cuando ya andan cargando una pistola en el cinto. Pero no hay nada seguro ahí —alegaba mi madre a la hora de la comida, cuando se comentaba el cuerpo asesinado por la espalda de alguien del pueblo que ya no regresaría—: los matan pronto.

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Y sí: las historias de traiciones y venganzas llegaban a oídos del pueblo, si no es que ocurrían ahí mismo. La frase de siempre era “ajustes de cuentas”. Aunque El Negocio se llevara a tantos jóvenes, nadie cuestionaba de fondo nada: los billetes del narco daban para comer, y más que eso. ¿Qué sentido podía tener citar la ley de las ciudades, decir que eso era ilegal o inmoral? La ley de las ciudades no existía, no importaba; era sólo una cosa de licenciados tramposos, algo siempre negociable; en cualquier caso, eran leyes sin repercusión en la forma de vida de la sierra. El Negocio era su propia ley, y venía fijada por la supervivencia de la familia, por el temor del hambre.

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El Negocio es como Dios, muchacho —le escuché una vez decir a Flores, un vecino ya entrado en años que tenía una milpita cerca del Huerto de Zamudio—. El Negocio da y El Negocio quita.

Decomiso del Ejército Mexicano de una avioneta en una pista clandestina en el municipio de Mocorito, Sinaloa, en noviembre de 2005./Archivo EL UNIVERSAL

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En La Chicago del Noroeste

Y luego, un día de agosto de 1985, nos mudamos a Culiacán. Yo acababa de terminar cuarto, mi hermano sexto. En el pueblo no había más que primaria.

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La única herencia que les podemos dejar su tata y yo son los estudios —decía mi madre a menudo. Ella, igual que mi padre, sólo había podido estudiar hasta tercero. Más de una vez dijo que, de haber tenido la oportunidad de perseverar en las aulas, se habría recibido de médico. Los más de los alumnos en la escuela del pueblo apenas acababan el último grado de primaria se olvidaban de los cuadernos y los libros de texto gratuito y se ponían a echar el hombro en la milpa con sus padres. Pero no eran pocos los que, como nosotros, también partían hacia la capital del estado vecino. Más que seguir los estudios, en muchos de ellos esa era la primera etapa de otra ambición: irse de mojados al Gabacho, a Los Yunaites.

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En la década de 1980 Culiacán, situada a los pies del Triángulo Dorado, en la salida por carretera hacia la frontera norte, llegó a ser vista como la capital mundial del narco. Una colonia, Las Quintas, era famosa por sus enormes y ostentosas residencias, señal de fortunas vinculadas con El Negocio. Y en esos rumbos no eran infrecuentes las balaceras.

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Se matan entre ellos, hasta eso —explicaba mi madre luego de leer una noticia de enfrentamientos en la nota roja de El Debate de Culiacán—. La vida de los cristianos la respetan.

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Para entender la conversión de Culiacán en La Chicago del Noroeste no basta con la provechosa situación geográfica para el trasiego de la droga. Es importante hacer ver un fenómeno: la migración de la sierra a la ciudad. De 168 mil habitantes en 1970, la población de Culiacán pasó a más del cuádruple en 2015: unos 858 mil. Para muchos, como dije, la ciudad era una estación de paso, en su mudanza a La Paz, Nogales, Tijuana o, si había suerte, El Otro Lado. Para otros, Culiacán devino su casa, pues ofreció las secundarias y prepas que no había Allá Parriba y, a muchos más, los empleos, legales o no, que redimían de la atadura al cultivo de la tierra.

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Son gente güevona que no quiere trabajar en cosas honestas —le oí decir varias veces a R., un ex profesor de administración en la Universidad, que trabajó como gerente de diversas empresas a lo largo de los años, y con quien nos topábamos en las fiestas familiares—. Vienen de Parriba y, como no tienen estudios, y ni siquiera saben hablar con propiedad, la única manera que tienen de hacerse de billetes rápido es metiéndose al Negocio. Ya nadie quiere ser pobre pero honrado.

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De aquellos tiempos recuerdo cómo, para los citadinos de clase media o alta, El Negocio era una actividad en la que se metían únicamente los otros, los serranos. Los broncos. Eran vistos como gente sospechosa por su acento, su vestimenta y su gusto musical. Sin embargo, no resultó difícil enterarse cómo esa versión del fenómeno era interesada y falible. Como había yo aprendido en el pueblo, con el ejemplo de la avioneta piloteada por soldados, El Negocio era una pista en donde otros agentes inesperados se aparecían.

“El problema del Negocio era uno muy claro: los muchachos no duraban”. En la imagen, una mujer observa el cenotafio de dos personas fallecidas en Culiacán, Sinaloa/Foto de Juan Carlos Cruz.

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La ciudad desmembrada

La explosión inmobiliaria de las últimas décadas en Culiacán se ha dado con desorden y sin el menor sentido urbanístico. Peor aun, ha contribuido a acentuar las desigualdades sociales. La ciudad se ha vuelto un conjunto de pequeñas ciudades, pues el modelo más recurrido por las clases medias y altas ha sido el de las privadas, los fraccionamientos de casas que aspiran al aislamiento al hallarse cerrados al tránsito y lucir medidas de seguridad para el ingreso. El emblema de este modelo es La Primavera, una zona ubicada al sur que en sus orígenes aspiraba a ofrecer a los residentes todos los servicios sin el requerimiento de salir a la ciudad, y que es la residencia de la elite política y empresarial. Vivir en La Primavera es la señal absoluta de valía económica.

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¿Que estos pormenores inmobiliarios no tienen nada que ver con El Negocio?

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Al contrario, compa: las privadas son el gran ejemplo del triunfo del narco en Culiacán —me explica mi amigo F., periodista a quien conocí a principios de los noventa, cuando trabajé en El Diario de Sinaloa, y que ahora está jubilado—. Y esto no sólo porque varias de ellas son habitadas por jerarcas del Negocio, sino porque siempre se rumoró que, detrás del boom constructor, ha habido toneladas de dinero sucio. ¿Cómo explicas entonces que se han puesto a construir a lo pendejo? Las casas no se terminan de vender en un fraccionamiento cuando ya están levantando otro a un lado.

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¿Y eso quién lo investiga?

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Nadie lo investiga —responde F.—, ni en sueños. Bien mirado, más allá de la presunción, a los narcos-narcos les importa un bledo lo que se escriba en los periódicos. Son los otros, los narcos de clóset, los empresarios y los políticos, los que más tendrían que perder con una prensa libre.

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¿Y eso tiene que ver con el asesinato de Javier Valdez?

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F. se me queda viendo. Suelta un suspiro.

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Nada de esto puedo demostrártelo con documentos ni con testimonios ni nada. Pero mandaron matar al Javier no por lo que estuviera investigando. Lo mataron porque era el más famoso. Fue un golpe en la mesa. Si quieres ponerlo así, fue un asesinato ritual: cada cuándo hay que recordar quién manda, qué se permite hacer y qué no. Y confían en que un periodista asesinado a la raza ultimadamente le vale madres.

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Sería sin duda desmedido e injusto afirmar que El Negocio prospera en Sinaloa gracias a la complicidad de los ciudadanos. Más aun porque el paradigma ha cambiado: la última década las balaceras empezaron a cobrarse la vida de personas comunes y corrientes, que ni la debían ni la temían, y eso ha significado un despertar, aún insuficiente, de una conciencia cívica en torno al tema. Sin embargo, si El Negocio ha sido una realidad en la vida de todos los días, se ha debido también a una estructura económica que no ha ofrecido a la población de la sierra suficientes oportunidades de ascenso social a través de la educación, y que dio forma a una concepción de la vida donde El Negocio no era medido por su dimensión legal o moral, sino por su eficacia para asegurar la supervivencia.

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El Negocio no se va a acabar nunca —me dice por el teléfono mi amigo I., compañero de la preparatoria que ahora tiene una empresa de decoración de interiores—. Es un negocio demasiado bueno como para renunciar a él sólo porque se derrama sangre o porque es ilegal, si lo que sobra es gente que acepta acarrear La Mercancía hasta La Línea o llenar de plomo a un traidor o un reportero alzadito. Y la ley la puedes comprar bastante barata. Para detener esto lo que se ocupa es que los gringos dejen de comprar La Mercancía. Y eso, loco, no lo verán nuestros ojos.

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FOTO:  Un soldado recorre la comunidad serrana de Huixiopa, en Badiraguato, Sinaloa, durante un operativo en la zona conocida como “Triángulo Dorado”./Iván Stephens/EL UNIVERSAL

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