Jeannette Betancourt: naturaleza muerta

Ago 19 • Miradas, Visiones • 2744 Views • No hay comentarios en Jeannette Betancourt: naturaleza muerta

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En esta exposición, que estará abierta hasta el 1 de octubre, la artista puertorriqueña reutiliza los conceptos de antropoceno y noosfera para para hacer una reflexión pesimista sobre el ser humano y su relación con la naturaleza

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POR ANTONIO ESPINOZA

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La agudización de la crisis medioambiental está a la vista. Es una amenaza para la humanidad. Calentamiento global, desertificación, deshielo, extinción de especies, inundaciones, nuevas enfermedades, sequías… el panorama es preocupante. Jeannette Betancourt (Brooklyn, Nueva York, 1959) lo sabe y actúa en consecuencia: produciendo arte con el fin de hacer conciencia del grave problema al que nos enfrentamos. Convencida de que el arte debe cumplir una función social y que su obra debe despertar el interés de todos por detener el deterioro de nuestro planeta, la artista conceptual de origen puertorriqueño presenta una exposición con temática ecológica, como parte del ambicioso proyecto de investigación visual que inició en 2016 apoyada con la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Con el título de Efectos del antropoceno y la noosfera sobre la tierra, este proyecto sigue la misma línea de su proyecto anterior, apoyado también por una beca del FONCA: ser una reflexión sobre el ser humano y su relación con la naturaleza.

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Con el título de La tierra: entre el antropoceno y la noosfera, la exposición de Jeannette Betancourt se presenta hasta el 1 de octubre en la sala vestibular del Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (Moneda 4. Centro Histórico). La muestra está integrada por seis obras conceptuales que construyen un discurso crítico que se despliega en varias direcciones: el impacto brutal que la actividad humana ha tenido sobre los ecosistemas, la depredación del sistema capitalista (un modelo económico basado en el principio de la productividad y la ganancia sobre el principio de la sustentabilidad) y el futuro mismo del ser humano en relación con su entorno. En su texto de presentación, la artista nos ofrece un diagnóstico pesimista de nuestro tiempo: “La percepción de un mundo como fuente de recursos y no como un hábitat que compartimos con otras especies, ha despojado al planeta tierra de su salud y de su capacidad de renovación. Participamos del momento de mayor avance de conocimiento y tecnología a la par que se evidencia nuestra mayor carencia intelectual”.

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Pesimismo aparte, la exposición de Jeannette Betancourt resulta ser toda una experiencia visual y auditiva. La obra central del conjunto se llama Distopía (2017) y es una instalación escultórica construida a manera de laberinto, el cual debe recorrerse para descubrir al final una columna luminosa que puede contemplarse en santa paz sentado en cojines (acompaña a la pieza un audio, diseñado por Eduardo Roel, titulado “Estados líquidos”). De la paz distópica se pasa al desconcierto cuando se sale del laberinto y aparece ante nuestros ojos la obra: Lógica de la aceleración (2017), que consiste en tres relojes-cronómetros digitales con horas distintas. En la era digital, todo ha cambiado, nuestra vida se ha vuelto más “acelerada”, nuestras actividades cotidianas, nuestras relaciones personales. ¿A qué hora nos ponemos de acuerdo para salvar al planeta?

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Es en serio: nuestro planeta está en peligro. La obra Mundos comprometidos (2017), es una serie de tres redes tejidas a mano, cada una con seis esferas de acrílico y grafito en su interior. Las esferas, ya de por sí violentadas con algún instrumento punzocortante, se encuentran en un estado de inestabilidad dentro de su red. Igualmente inestables pueden ser los paisajes naturales que tanto alegran nuestras vidas. Jeannette Betancourt se apropió de varios de ellos, los fotografió con su cámara (dos en El Yunque, Puerto Rico; uno en Guavate, Puerto Rico; uno en Kethican, Alaska; uno en Michoacán y uno en Valle de Bravo) y luego los intervino de manera ingeniosa. Los imprimió en un papel especial llamado Hahnemühle, para luego manipularlos hasta conseguir formas “escultóricas” y presentar la serie como Desechos (2017). Las seis esculturas en papel lucen muy bien sobre sus bases de acero y dentro de sus capelos.

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También lucen muy bien los cuatro ensamblajes de la serie: Naturaleza rota (2017), aunque su mensaje no sea nada optimista. Lo que hizo Jeannette Betancourt fue introducir en bolas de acero innumerables palos de madera, de distintos tamaños, para armar piezas de forma esférica que aluden a las sequías que asolan varias regiones del planeta. Muy distinta fue la manera en que la autora abordó el tema económico en la que quizá sea la obra más pulcra de toda la exposición: El curso de la plata (2017). Con la técnica del calado a mano, convirtió 49 tarjetas de crédito platino en todo tipo de figuras, las enmarcó y armó un mosaico de signos que revelan el carácter ficticio del dinero en el mundo capitalista. Viendo esta pieza, me vino a la memoria una frase de Adam Smith, uno de los padres del capitalismo: “El dinero es una cuestión de creencia”.

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El discurso crítico de la exposición empieza con un título que debe explicarse: La tierra: entre el antropoceno y la noosfera. El antropoceno se define como una nueva era geológica, caracterizada por la presencia del ser humano y su efecto sobre el medio ambiente. Acuñado por el químico Paul Crutzen, el término antropoceno no ha logrado consenso entre la comunidad científica. Pasa lo mismo con el término noosfera, acuñado por el geoquímico ruso Vladimir Vernadsky, quien sostuvo que la emergencia del pensamiento humano transformaría la biosfera –la esfera de la vida biológica en la tierra– en una nueva etapa de desarrollo. La noosfera se define como el lugar del pensamiento y la inteligencia, el mundo de las ideas y de la conciencia universal. De acuerdo con Vernadsky, el factor cultural propiciará en algún momento la evolución desde la biosfera hasta la noosfera. Conocedora de los dos términos, Jeannette Betancourt se apropió de ellos para darle título y sentido a su proyecto becado y a su exposición. La idea es que el ser humano tiene ante sí un dilema: seguir depredando la naturaleza o imponer finalmente su inteligencia para vivir en armonía con ella y salvar al planeta.

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FOTO:  Jeannette Betancourt, “Naturaleza rota”, I, II, IV y V, ensamble de madera y bola de acero, 2017/ Cortesía: Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público

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