Karyn Kusama y la feminvención destructiva

Ene 12 • destacamos, Miradas, Pantallas, principales • 1076 Views • No hay comentarios en Karyn Kusama y la feminvención destructiva

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En Destrucción, una viciosa policía de Los Ángeles, interpretada por Nicole Kidman, investiga el asesinato de un gángster conocido suyo

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POR JORGE AYALA BLANCO

En Destrucción (Destroyer, EU, 2018), hipertruculento opus 5 de la feminista neoyorquina también TVserialista de 50 años Karyn Kusama (Girlfight 00, Diabólica tentación 09, La invitación 15), con el apoyo de su inamovible equipo creativo integrado en lo fundamental por mujeres (la diseñadora de producción Kay Lee, la fotógrafa Julie Kirkwood, la editora Plummy Tucker) pero con libreto de su habitual mancuerna imaginativa viril/antiviril formada por Phil Hay y Matt Manfredi, la vetusta y enviciada policía de Los Ángeles que aún parece responder al nombre de Erin Bell (Nicole Kidman estragada irreconocible) llega tarde a su matutino llamado patrullero para encargarse del asesinato de un hampón hallado en el arroyo con inconfundible tatuaje en el cuello y debe ceder la investigación a diligentes colegas, pero haciendo señas obscenas al despedirse, sorpresivamente afirma conocer todo sobre el caso, pues se trata del asaltante de bancos Silas (Toby Kebbell) en cuya banda estuvo infiltrada y luego turbiamente ligada, junto con su falsa/verdadera pareja policial y amorosa Chris (Sebastian Stan), tal como poco a poco lo irá descubriendo una peligrosa indagatoria en torno al odiado malhechor, y para llegar hasta él, desatando traumáticos recuerdos ambiguamente criminales, a través de un sórdido itinerario humano que, aparte del temeroso exmarido que de ella se esconde Ethan (Scott McNairy) y de la sexualizada hija de 16 años que la repele Shelby (Jade Pettyjohn), involucra, entre otros despreciables especímenes, al erotómano forajido en agonía Lawson (Toby Huss), al opulento abogángster traidor DiFranco (Bradley Whitford) y a la rubicunda hampona rectora actual de un asalto fallido Petra (Tatiana Maslany), para finalmente arribar al ansiado ajuste de cuentas y poder acribillarse cara a cara con el mismísimo Silas en un solar, de madrugada, afirmando así la empecinada Erin, a cada paso y a cada recuerdo, su indómito temple multivulnerado de feminvención destructiva.

 

La feminvención destructiva lleva al límite de la estridencia genérica su retrato psicológico femenino, una estridencia autoconsciente y con un intoxicante compás hoy sólo posible de sostener gracias a miles de horas de vuelo en acezantes series de acción violenta, una estridencia de estructura narrativa y de realización estallando a cada secuencia y en todo momento, merced al borbotón inextricable e incontenible de un complejo flujo de memorias que jamás reclaman ni vuelven a suceder en orden alguno sino simplemente hacen irrupción, y a los eruptivos hechos en apariencia que semejan ser presentes pero resultando tan misteriosos y llenos de agujeros como los ininteligibles acontecimientos anteriores, incompletos, en suspenso, intentando explicarse con nuevos elementos inexplicables, integrando un rompecabezas en ignición al que, en lugar de ir avanzando en la solución de sus enigmas y de sus intrigas por deslindar, parecen hacerles falta cada vez más piezas, trátese del manchado billete de cien dólares que dentro de un sobre recibe como desafío la investigadora o a las maletas repletas con fajos de análogos billetes en poder de Erin, trátese de la naturaleza de las drogas o sustancias prohibidas que se mete la explosiva Erin con tanto sigilo que ni los azulosos lentes cosméticos que usa pueden darse cuenta, trátese del juego del gato y el ratón al que se entrega la misma heroína con sus propios afectos y con su honradez maculada tanto por la tentación como por el acto irreversible, trátese del intento fallido por comprar la ausencia del amante-violador de su hija menor de edad o del virtuosístico montaje acelerado de espacios fractales en la crucial escena del asalto diferido, o trátese de cualquier otro de los riesgosos enfrentamientos a metralleta en ristre que acomete ese estereotipo/antiestereotipo de mujer policía con los ovarios de Sigourney Weaver tan bien puestos como en su saga Alien, para oscilar entre la trepidante agente Jamie Lee Curtis de Acero azul (Bigelow 90) y la descomposición de la prostituida asesina en serie carreteril Charlize Theron en Monster (Jenkins 03), un nuevo ideal femenino masoquista y grandioso, un rompecabezas conductual en pos de imposible reconstrucción porque su clave debe permanecer puramente ficcional y mental hasta al último instante.

 

La feminvención destructiva sustituye toda posible profundidad o estudio psicológico con esa estructura enérgica y con el mejor impávido behaviorismo criminal a lo Preminger (Gene Tierney en Laura 44, Dana Andrews en Cuando el círculo termina 50), a base de muecas, rictus de disgusto, ademanes de insulto, gestos desdeñosos y semblante acabado de mujer grogui cuya única interioridad detectable será la esquizofrénica música supermutante de Theodore Shapiro, para seguir siendo cien años-tiniebla después la misma Virginia Woolf que fuera en Las horas (Daldry 02), siempre mirando de frente a su destino cercado, en plan policiaco-delincuencial de una Clint Eastwood jodidamente septuagenaria prematura por la fuerza envejecedora y degradante de un sinfín de adicciones, para conformarse en lo erótico post Ojos bien cerrados (Kubrick 99) con una cadena de filiales desdenes y la obligada masturbación gratuita al antiguo cómplice descompuesto más un par de besitos romanticones.

 

Y la feminvención destructiva termina volcando toda su acritud reivindicadora sobre el imaginario de una mujer destruida que acaba tan exitosa cuan perturbada y perturbadoramente su itinerario aventurero de film noir subjetivo, un intempestivo e imprevisible neothriller trastocante y trastornado, desintegrando todos los imaginarios a su alrededor, empezando por el imaginario estructural que da vuelta en redondo para morderse la cola, y concluyendo por el imaginario de la hija Shelby, el único humanamente rescatable, que prevalece para permitirle a Erin cargarla protectoramente cuando niña durante la travesía de un bosque en una inolvidable noche eterna.

 

 

FOTO: Destrucción, de Karyn Kusama, se exhibe en las salas comerciales de la Ciudad de México. En la imagen, Nicole Kidman en el papel de una atormentada agente.

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