La cicatriz del tiempo

Feb 17 • destacamos, Lecturas, Miradas, principales • 3438 Views • No hay comentarios en La cicatriz del tiempo

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Los personajes de Berta Isla, la novela más reciente de Javier Marías, se mueven dentro de los distintos tipos de vacío que representan la espera, un querer saber y desentrañar a los otros, tan ocultos como ellos mismos

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POR LUIS FELIPE PÉREZ

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Berta Isla (Alfaguara, 2017) podría ser ejemplo de la novela como método de reconocimiento, dice el propio Javier Marías sobre esta obra que se ubicó como el libro del año entre las novedades de 2017. Cuando habla de reconocimiento se refiere a ese tipo de autores que cuando se los lee da la impresión de que se atreven a mirar las cosas como son, y uno a menudo tiene una fuerte sensación de “verdad” porque reconoce lo que dicen. Y no es algo ignoto a lo que se acerca el lector, sino algo de lo que quizá no se estaba consciente; un encuentro con algo familiar pero que no ha sido dotado de esa experiencia, conocida como “caer en cuenta”.

Javier Marías, Berta Isla, Madrid, Alfaguara, 2017, 544 p.

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Berta, la protagonista, busca reconocer a Tomas Nevison, su marido, al que dejó de ver por lustros, sin previo aviso, hasta tener que darlo por muerto, según los términos legales. Pero también estamos ante el reconocimiento de ese transcurrir de esposa a viuda, y de viuda a esposa. Si nos atreviéramos a encapsularla en una sola toma, Berta Isla podría situarse en la imagen de una mujer acodada en el balcón, trasunto de la espera. No se trata tanto de quien espera o de quien es esperado, ni tampoco de las causas para irse o las causas para estar ahí, en el balcón esperando a la vuelta de quien se fue. Los protagonistas, completos, contundentes, formados con detalle, con descripción y con dramaturgia son entrañables, pero, sobre todo, son la vasija para verter el pensamiento literario de una narración cuya voz apunta con tino a la experiencia emocional del lector.

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El tema, o al menos alguno de ellos, es la espera. Un asunto moral es el que interesa a Marías. Lo que hay aquí, en Berta Isla, es la contundente narración de los estertores de la espera. El lector está ante un relato que ostenta el poder de embelesar. No es ningún adelanto confesar que el marido ha vuelto. Las reacciones íntimas y exteriores de los protagonistas son lo inquietante para Marías. El recorrido entonces será no en pos de acciones propias de una investigación, aunque la mayoría de los personajes formen parte del Servicio secreto. El cauce de la narración tiene que ver con esa pretensión que luego nos aqueja a todos: querer saber y desentrañar a los otros.

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El contrato inicial pide al lector centrarse en Berta, en lo que cuenta, que es la vuelta del marido. El narrador deja en las primeras líneas el dilema del personaje que da el título a la novela, a quien seguimos de cerca, a veces en sus pensamientos, a veces, a través de una astuta y contundente voz que revela situaciones ubicándonos con la alevosía del líquido ritmo de la prosa que se amolda y calza de acuerdo a las necesidades de la exploración de la historia. En otros momentos es un dubitativo ente que pondera, poco a poco el “en medio” de los diferentes tiempos de esa espera que personifica Berta, profesora de lenguas inglesas casi por circunstancia, y de la que aprendemos a recordar pasajes específicos, de obras literarias y el significado que ella les otorga en sus reflexiones sobre Tomas Nevison, su marido, el que una vez se fue y ahora ha vuelto. En otros momentos el narrador es un escéptico del pensamiento o de las ideas de los personajes, como si esta manera de enfocar, menos aguda y exterior, fuera el envés necesario para espejear, para hacer digerible el otro lado, el lado al que le dedica sus escudriñamientos Berta Isla, para hacer imaginables los espacios y las costumbres en los que está sugerida la novela.

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Sabemos que Tomas Nevison, el esposo, vuelve luego de haberse ido. Ya Auerbach había centrado la atención en la vuelta del esposo. En “La cicatriz de Ulises” podemos recordar que hace notar la diferencia de ese personaje homérico, frente a los desgastados y canosos personajes bíblicos como los del Éxodo, por los que el tiempo obra. Auerbach pensaba en el paso del tiempo, y en cómo habría de notarse. Esa misma magnitud, y lo que sugiere el hecho de sólo aludirla, podría ser el centro de la novela de Marías. De hecho, quizá las cicatrices del tiempo son las que le interesan.

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Berta Isla contiene el paso del tiempo y los sucesos. Pone en la mesa ese transcurrir como el objeto de la mirada de la mujer en el balcón –a veces narradora, a veces personaje–, como materia propicia para narrarse, en pretérito. No es un horizonte difuso lo que distingue Berta Isla cuando ve a la nada o a una plaza madrileña. Enfoca hacia ella misma, como personaje de una historia donde lo normal sería imaginarla con una rueca, hilando y deshilando. La subversión de esta historia se halla en que ese hilo es una reflexión sobre “la negra espalda del tiempo”, “el polvo suspendido en el aire”, eso que no se ve, aquello que parece destinado a olvido, pero, a veces, se recuerda. La pregunta inicial del narrador es ilustrativa: “¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo?”.

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Da la impresión de que la espía es Berta Isla. Se entrega a la labor de escudriñar todo mirando desde su balcón. Y eso que delibera es un retrato, en el sentido revisionista del concepto, de Tomas Nevison. Este otro personaje es alguien que carga con la sensación de haber sido elegido y de no tener libertad para escoger casi nada de su vida. La frustración del espía burlado quizá pueda centrarse en darse cuenta de que ha sido él la víctima de un engaño; quizá su desgracia radica en reconocer lo vicaria que resulta su existencia. Lo de Nevison no es el cuadro de un héroe que triunfa luego de las misiones secretas. El caso de Nevison, el espía renegado y puesto en una sombra durante mucho tiempo, tiene que ver también con el tiempo, con el paso del tiempo sin él en el recuadro. Pareciera que es motivo de tragedia para alguien que se siente especial no serlo y que transcurra el tiempo paralelo, ese que sucede sin nosotros. La comprensión de lo sucedido siempre llega tarde. Javier Marías convierte un nudo fuertemente amarrado en su objeto de narración. Con su estilo ya reconocible nos sitúa en una suspensión donde pasa poco, pero hay mucho movimiento. Berta Isla es un camino de reconocimiento que impacta en el lector porque piensa las emociones, eso que se desata luego de los hechos, las consecuencias de lo vivido, las cicatrices que deja el tiempo.

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FOTO: Berta Isla, de Javier Marías, podría situarse en la imagen de una mujer acodada en el balcón, trasunto de la espera./EFE

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