La Novela Semanal de El Universal Ilustrado

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POR YANNA HADATTY MORA

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Carlos Noriega Hope funda el 2 de noviembre de 1922 la colección “La Novela Semanal” dentro del semanario que también dirige. Como parte de la serie que aparece desde entonces hasta 1925, con alguna interrupción, se publican títulos tan heterogéneos como la nouvelle estridentista La Señorita Etcétera de Arqueles Vela, o la primera reedición por entregas de Los de abajo de Mariano Azuela (que llevará a la consagración de su autor y de la obra como literatura revolucionaria en la denominada “querella de 1925”). A partir de una simple ojeada a los títulos, podemos afirmar que en la colección “La Novela Semanal de El Universal Ilustrado aparecieron novelas de costumbres y policiales, históricas, experimentales, fantásticas; de escenarios urbanos y rurales; colonialistas e indigenistas; de amor y de política; colecciones de cuentos, crónicas, ensayos y relatos biográficos, y un etcétera demasiado largo. Proyecto incluyente y sin bandera estética, consiste en primer término en un esfuerzo sin precedentes por publicar la nueva e inédita narrativa mexicana, y ponerla en circulación de manera inmediata y a bajo costo.

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La colección “La Novela Semanal” se sitúa en el ambiguo espacio de la literatura efímera o el periodismo de colección; esto provoca que, en ocasiones, y según el criterio, aparezca registrada en la revista sobre lecturas El Libro y el Pueblo, o se la omita de las referencias editoriales. No se encuentra archivada en el acervo del periódico en el cual se publicó. Tampoco se conserva en bibliotecas. El repertorio de columnistas-escritores de narraciones breves habla de este carácter dual y democratizador del periodista de todos los días que ensaya ser escritor los jueves, quizá recuperando el rostro y la firma (o un seudónimo) que lo libere un poco de la rutina del reporter. Ciertos autores de posterior renombre —Vela y Monterde, pero también Gilberto Owen— se inauguran en sus páginas, y desarrollan posteriormente una importante producción literaria. Alguno de juvenil incursión definirá más adelante sus vertientes en otros géneros —Helú, en el teatro, el cine y el relato policial, en donde sus antihéroes recordarán a Pepe Vargas—. Otros —Palavicini, Espinosa— continuarán su derrotero más bien como periodistas o personajes públicos.

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La temática de lo que podemos simplificar como “el drama de la labor del periodista” imprime a los personajes este carácter de héroes de la posrevolución. Plumas heroicas y plumas mercenarias; con firma, seudónimo o anónimas; periodistas que sobreviven ínfimamente y otros que medran de autoridades y empresarios, el reporter se convierte en un tópico recurrente en la noticia y la literatura. La literatura presenta un campo especialmente provechoso para poner en acción y debate el perfil de este protagonista y escritor de los mismos textos.

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A principios de los años 20, El Universal brinda de manera privilegiada el escenario para ello en sus diversas secciones, y sobre todo en el espacio de su semanario El Universal Ilustrado. Este último resulta el obligado territorio de convergencia para un conjunto estéticamente heterogéneo y socialmente afín, que debate entre la ficción, la crónica, el editorial y el ensayo su propio papel en el momento histórico, con criticidad, acidez y humor. Finalmente, vale señalar que esta década representa para México, además de una visible movilidad social, una interesante insurgencia del campo periodístico en el literario: el moderno reporter escribe sus notas, generalmente sin firmar, mientras reivindica para sí un espacio dentro de la actividad literaria como autor de ocasión, sin necesidad de exhibir filiaciones literarias o cartas credenciales. Voces jóvenes y bisoñas, ajenas al campo intelectual, toman en sus manos la escritura de obras consideradas acaso sólo de entretenimiento, de poca elegancia, con sus apenas treinta y dos páginas de papel periódico, y portada en couché a tinta azul acero. Este fenómeno no ocurre por primera ocasión en esos años: tanto en México como en Argentina se documenta unas décadas antes la emergencia de periodistas que incursionan en la escritura de ficción, y el consiguiente cambio en el campo literario, su “desintelectualización”: como reconoce una revisión de la historia de la literatura argentina, “los periodistas, los cronistas y los folletinistas integran el pelotón intelectual de fines del siglo xix y principios del xx, y las actividades que llevan a cabo están comprendidas dentro de las profesiones intelectuales del momento”.

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Por su parte, la revista se jacta de simbolizar la frivolidad dentro de la cultura en el México de los 20. El Universal Ilustrado representa de este modo frente a un México cuarteado, asaltado por el horror, la violencia incontenible de las balas y la guerra fratricida, un bálsamo que, más que medicinal, se publicita como maquillaje u olvido; bálsamo de modernidad, anunciado sobre todo inicialmente como partícipe del espíritu de una publicación que proclama ser la vocera cultural de la frivolidad intrascendente, que vende esa vida como propia y al alcance del habitante de la Ciudad de México. Bajo esta premisa, se oculta un escepticismo crítico: el semanario (y, en su turno, las novelas semanales) puede hacer escarnio del Porfiriato tanto como de los estereotipados revolucionarios pistoleros del teatro de revistas. Paz y tolerancia, fiesta e intrascendencia frente a la guerra y sus caudillos. La ironía y la polémica cultural distan de manejarse en este espacio en donde todos caben, a partir de la criba estética propia de la cultura letrada; son acogidas y propiciadas por un desenfadado editor moderno que se exhibe arremangado ante la mesa de redacción, y que resulta un excepcional promotor de la novela corta, como de tantos otros temas, concursos, colecciones y proyectos culturales, que dinamizan los contenidos y la misma idea de cultura de esos años. El papel de los ilustradores de la colección, especialmente de Cas, Duhart y Audiffred, como actores de la prensa y de la modernidad publicitaria al tiempo en que como dibujantes de las novelas, se pone también de relieve, por tratarse de una colección que aprovecha la nómina del semanario y sus estrategias de construcción de un discurso doble, plástico y literario. Un núcleo de análisis surge de la valoración de las imágenes que acompañan a las novelas, estética que reproduce, no por calco sino por coincidencia en el gusto del semanario y de la colección, el abanico estético prevanguardista —sobre todo modernista, costumbrista y realista— que predomina en estas novelas. La vanguardia queda constreñida a la siempre sorprendente La Señorita Etcétera de Arqueles Vela, que con todo y las ilustraciones de la edición original, tomando en préstamo la terminología de Noé Jitrik en su descripción histórica de la literatura hispanoamericana como proceso de continuidades y rupturas, se constituye en una “tumoración” en primera instancia de la colección y, en segundo, de las letras mexicanas: demasiado extraña y llamativa como para ser negada, y al mismo tiempo demasiado innovadora para intentar unirla con las obras literarias previas, o con sus contemporáneas.

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Por otra parte, el nombre “La Novela Semanal” se repite entre esta colección y otras de su tiempo. En un simple rastreo, asoman al menos otros tres proyectos con el mismo nombre para estos años: La Novela Semanal existe como publicación bogotana, madrileña y bonaerense, además de la mexicana. La primera en editarse es la versión argentina: aparece entre 1917 y 1927, como adecuación regional de El cuento semanal español. La colección española aparece después como publicación independiente entre el 25 de junio de 1921 y el 26 de noviembre de 1925. Le sigue la serie mexicana, cuyo primer número aparece a partir del 2 de noviembre de 1922, como suplemento de la revista semanal El Universal Ilustrado, y circula los jueves, hasta fines de diciembre de 1925, aunque eventualmente presente cambios de nombre. La última colección de la novela semanal que se publica en esos años resulta la colombiana, que inicia a fines de enero de 1923, a escasos cuatro meses de la antes mencionada. Ésta no sólo tiene un primer tiraje, sino que aparecen reediciones inmediatas de los números más solicitados, y desde la portada de inmediato se jacta de ser “la revista de mayor circulación en Colombia”. Generar un gran público lector abaratando costos parece un motor común de las cuatro colecciones. Estos proyectos de la modernidad coinciden durante el primer cuarto del siglo xx.

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El Universal Ilustrado, suplemento de divulgación tipo magazine, aparece los jueves con el diario, entre 1917 y 1940. Se considera que este semanario constituye la vanguardia dentro de las revistas culturales mexicanas, por su novedad, cosmopolitismo y combinación de textos con abundante información gráfica (fotos, dibujos, publicidad, caricaturas) que se define como política editorial desde su mismo título. El semanario tiene como directores, sucesivamente, a Carlos González Peña, Xavier Sorondo y María Luisa Ross en esta primera etapa; pero indudablemente alcanza su mayor auge cuando de 1920 a 1934 la dirección se encomienda a Carlos Noriega Hope, un periodista de veinticuatro años que reúne junto a su juventud una serie de atributos del héroe moderno: de asistente de arqueólogo a self-made man, reporter, guionista y crítico de cine, con una estadía en Hollywood en que conoce el mundo del star system por dentro; editor, narrador, dramaturgo y crítico teatral. Su ágil pluma adiestrada en Estados Unidos le da un carácter maleable para entrevistar personajes del deporte como boxeadores, o promover con sus columnas la filmación nacional. En 1922, Noriega Hope se lanza a la tarea de fundar la colección “La Novela Semanal”. Se trata de una de muchas campañas de avanzada periodística de Noriega Hope, calificada por Manuel Horta —quien llegaría a ser director de Revista de Revistas, el semanario de la competencia, de 1925 a 1929— como la revista que se encontraba “en el primer sitio de la república”.

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En cuanto al semanario, la mejora tecnológica lo marca también en un cambio en la relación con el mercado: la divulgación e incluso la generación de la novedad cultural se vuelve el centro de la campaña editorial en la década al apuntar hacia el mantenimiento y el aumento del público lector, preferentemente del más amplio espectro: amas de casa, niños, hombres y mujeres jóvenes, oficinistas, gente de la bohemia y de las letras, de la Ciudad de México y del interior. Las páginas del semanario acogen durante esta década noticias de actualidad sobre el teatro de revista, los estrenos cinematográficos, la literatura europea de vanguardia, los nuevos cuentistas y novelistas mexicanos, al tiempo en que en ellas se genera un nuevo modo de hacer crítica literaria y cultural, sobre todo con sus provocadoras encuestas y reportajes, y las polémicas que éstos desencadenan. Al cubrir el acontecer literario, mientras reseñistas, cronistas y críticos se ocupan de las novedades, de los autores bisoños y de los más nuevos movimientos en el arte y la cultura, la redacción y ciertos corresponsales dan cuenta de los estertores del modernismo, de las necrológicas de los autores en relevo, de la coexistencia del relato romántico, modernista, colonialista, indigenista, costumbrista, realista, siendo más visible su contraste en la sorprendente colección de novelas cortas “La Novela Semanal de El Universal Ilustrado, de donde surge una nueva promoción literaria. La moda europea, la neoyorquina, la emergencia del jazz, la radiofonía, la nueva arquitectura, la vialidad, las locomotoras, los novedosos cortes de pelo, el surgimiento de lo urbano y la variación en la percepción moderna sobre todo a través de la crónica, son también frecuentes temas del semanario. Los números de la revista presentan declaraciones de los directores de la Academia Mexicana de la Lengua, así como de algunos autores del Ateneo de la Juventud; cubren las exequias de Amado Nervo, Enrique Gómez Carrillo y Anatole France; suscitan las contiendas verbales de Manuel Maples Arce y sus detractores; albergan las crónicas de Arqueles Vela, Cube Bonifant y Salvador Novo; las reseñas literarias de Rafael Heliodoro Valle y de Martín el Bibliófilo (alias de Francisco Monterde), las encuestas y los concursos artísticos, las influencias del jazz y del cine en la literatura, de la moda flapper y de las tiples, la difusión de los denominados ismos por parte del regiomontano asentado en París Rafael Lozano, junto con entrevistas exclusivas a Ramón María del Valle Inclán, Oliverio Girondo, Salvador Díaz Mirón, y un largo etcétera. La línea de ilustradores, caricaturistas, fotógrafos, publicistas gráficos y pintores es también importante fuente informativa para entender lo que representa este complejo fenómeno cultural en todas sus dimensiones.

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FOTO: Yanna Hadatty Mora, Prensa y Literatura para la Revolución. La Novela Semanal de El Universal Ilustrado, México, UNAM-EL UNIVERSAL, 2016.

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