La película más transgresora del Oscar

Mar 3 • Miradas, Pantallas • 11572 Views • No hay comentarios en La película más transgresora del Oscar

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Nominada al premio Oscar en la categoría de Mejor película en lengua extranjera, Una mujer fantástica, dirigida por el chileno Sebastián Lelio, es una exploración del duelo de una transexual y el rechazo de la familia de su novio difunto

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POR JORGE AYALA BLANCO
En Una mujer fantástica (Chile-Alemania-EU-España, 2017), carismático y bombástico opus 5 del celebrado argenchileno de 43 años Sebastián Lelio (La sagrada familia 05, El año del tigre 11, Gloria 13), con guión suyo y de Gonzalo Meza, ganador del premio iberoamericano Fénix y del Goya y de cuanto galardón al cine extranjero se le atraviese, el afluente industrial textil Orlando (Francisco Reyes) emerge entre el prólogo aspiracional a las cataratas de Iguazú y los cambios de colorido de la opulenta sala de sauna, busca sin éxito los extraviados boletos de sus vacaciones, recoge en un antro a su novia trans la camarera aspirante a cantante Marina Vidal (Daniela Vega), cena con ella en un íntimo restaurante de lujo para festejarse su 57 aniversario, la lleva a su depto común, hacen el amor, se ve asaltado a medianoche por un preinfarto, sufre un derrame cerebral cuando se desploma por una escalera y fallece sin remedio en el nosocomio adonde con enormes trabajos y a bordo de su propio auto lo ha conducido Marina, quien habrá de sufrir en ese instante el derrumbe de su mundo personal, sólo apoyada por Gabo el tolerante hermano alivianado del difunto (Luis Gnecco) y por un áspero de reproches profesor de canto (Salvador Hernández), pero apabullada por los prejuicios contra la gente de su género, tratada como delincuente por médicos y la falsamente solidaria mujer policía Adriana (Amparo Noguera) al mismo desnudador y morboso nivel, humillada hipócritamente por la ajadona viuda legítima Sonia (Aline Küppenheim) al restituirle el automóvil ajeno, bloqueada para que no infecte a la hijita del fallecido, despojada de su querida perrita Diabla, urgida de refugiarse en la modesta casa de su hermana y un cuñado ambiguamente insolidario, expulsada del velorio e impedida para asistir a la cremación, y agredida e inclusive pateada en la calle por el brutal hijo del muerto rodeado de guaruras Bruno (Nicolás Saavedra), hasta que tal acumulación de salvajismo clasemediero exaspere y haga reaccionar con violencia a la infeliz Marina, solitaria y acorralada, primero perdida en el dolor inexpresable, y luego zozobrante en el imaginario obsesivo de su ignominia transgénero.

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La ignominia transgénero va por todas partes desenmascarando la falta de generosidad y la mínima tolerancia bajo los disfraces más diversos, hasta la denuncia, con ingenio, vivacidad, agudeza y un sinfín de atributos específicamente cinematográficos bastante extraños en el cine latinoamericano, pues no por nada la cinta ha sido coproducida por el acerbo sagaz de altos vuelos Pablo Larraín de El club y Neruda (15/16), con una soberbia fotografía sometida a hermosos bombardeos lumínicos y siempre contrastando el adentro con el afuera de Benjamín Echazarreta, una fluida edición muy precisa de Soledad Salfate y una temeraria música exasperada de Matthew Herbert que no retrocede ni empalidece cubriendo al “You make me feel like a natural woman” emblemático de Aretha Flanklin cual himno a la diferencia.

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La ignominia transgénero transita de manera extraordinariamente hábil, afelpada y sugerente, felina y casi fellinesca, del presente a lo imaginario quasi onírico, de la realidad a la irrealidad, trátese de la súbita lucha contra el ventarrón lírico a lo largo de la calle en abiertísimo plano perpendicular fijo al estilo Rapsodia en agosto de Kurosawa (91), o trátese de las cinco apariciones del cadáver viviente de Orlando (¡vaya nombre-homenaje al joven caballero antiguo titular vuelto dama moderna de Virginia Woolf!) en la disco desatada o en el laberíntico túnel del inframundo esotérico-eléusico de los saunas, un paso a la desrealidad contigua y a los estados alterados que salva a la ficción intimista del sermón-panfleto antifamiliarista (tipo La sagrada familia), del naturalismo fugitivo beato (tipo El año del tigre) y de la fábula edificante ultraoptimista (Gloria), que sin embargo siguen siendo inherentes a ella, hasta lo grotesco y la sublimadora sublimidad, al narrar la accidentada historia generadora de una tigresa prófuga rumbo a la Gloria, a resultas de un crimen moral que, diría Camus, se adorna con los despojos de la inocencia.

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La ignominia transgénero defiende por sobre todas las consideraciones éticas y sociales, por encima de su odio contra los prejuicios de la clase media latinoamericana, y más allá de las cosas concientes e inconscientes y viscerales, el derecho básico a despedirnos de los seres que amamos, y la capacidad de recuperación psicológica (esos intimidantes saltos sobre el techo del auto familiar), una vez ejercido y satisfecho u obedecido ese inalienable derecho.

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La ignominia transgénero consuma así la pequeña épica de la caída y elevación de una nueva clase de ser humano, una criatura trans que tiene mucho de la subversiva sensualidad trans del héroe victimado de Carmín tropical (Perezcano 14), de la valentía transgresora del aún militante revolucionario en otra forma de Morir de pie (Correa 11), de la soledad poblada trans del exniño actor de Quebranto (Fiesco 12), de la doliente indefensión hundida de la trans condenada a permanecer a medias de Naomi Campbel (Videla-Donoso 13), de la lúdica voluntad indagadora de regenteadores y clientes de la Casa Roshell (Donoso 16), y por supuesto la cocteausiana voz humana de la hermosa cantante trans de Made in Bangkok (Florencio 15), con la que la angustia de Marina se homologa en esa maravillosa interpretación final del aria para contratenor farinellesco “Sposa son desprezzata” de Francesco Gasparini, radiante incluso en lo que tiene de consoladoramente inconsolable.

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Y la ignominia transgénero recurre al misterio irresoluto y al significante vacío: jamás conoceremos qué guardaba Orlando en el casillero 181 cuya oscura oquedad detalla en vano un dramático dolly-in, nunca sabremos en qué estadio de transformación sexual se encuentra Marina, para concluir de manera abierta pero implacable y secreta el indignado relato solidario.

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Foto:  Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio, está protagonizada por la chilena Daniela Vega. / Especial

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