Lídia Jorge y la transformación de la historia

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Las novelas históricas, a diferencia de los libros historiográficos, llegan al corazón de los lectores, sostiene la escritora portuguesa Lídia Jorge, de visita en México, entrevistada a propósito de Los memorables (Elefanta, 2018), novela que cuenta la historia de una periodista que regresa a Lisboa durante la Revolución de los claves, en los años setenta

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POR YANET AGUILAR SOSA

Guadalajara. Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) ha repetido varias veces una sentencia que es un mantra: “la literatura lava con lágrimas ardientes los ojos de la historia”. Aunque algunas de sus novelas hurgan en la historia de Portugal, una de ellas atisba en un episodio emblemático de esa nación europea que ha vuelto a estar en crisis. Se trata de Os Memoráveis (Los memorables) que recupera la llamada Revolución de los claveles y lo hace al puro estilo de Lídia Jorge, del irrealismo y la fantasía subjetiva que algunos han etiquetado dentro del realismo mágico.

 

La escritora que estudió literatura francesa en Lisboa y pasó algunos años en Angola y Mozambique durante las guerras de independencia colonial, está de visita en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como parte de la delegación de Portugal, que es invitado de honor, y para presentar Los memorables (Elefanta, 2018), una novela protagonizada por Ana Maria, una periodista portuguesa que regresa a su país a realizar un documental sobre la Revolución de los claveles que echó del poder al dictador António de Oliveira Salazar, en menos de 24 horas.

 

“Las sociedades globales, las sociedades en general, quieren olvidar pero la literatura tiene otro papel, el papel de no querer olvidar, porque la realidad es continúa y se repite también. Cuando se repite es bueno saber que la memoria puede decir lo que ha sido bueno y lo que no ha marchado bien”, afirma en entrevista la autora que en 2007 fue condecorada por la Asociación de Escritores Portugueses con el Grande Prémio SPA/Millennium por el conjunto de su obra.

 

Sus dos primeras novelas: O Dia dos Prodígios (1980) y O Cais das Merendas (1982) la colocaron como una de las mejores autoras contemporáneas de Portugal. Fue con A Costa dos Murmúrios (1988) —La costa de los murmullos— que Jorge confirmó un lugar importante en las letras portuguesas contemporáneas. La novela, que refleja su experiencia colonial vivida en África, fue llevada al cine por Margarida Cardoso en 2004.

 

En 2013, Lídia Jorge fue nombrada como una de la diez mejores voces literarias por la Magazine Littéraire de París; en 2014 obtuvo el Premio Luso-Español de Arte y Cultura; y en 2015 el Vergílio Ferreira por el conjunto de su obra. Este 2018, por vez primera, la obra de Lídia Jorge es traducida en México por Elefanta, una joven editorial que apuesta todo a esta escritora que relata un episodio en la historia de Portugal, a partir de una foto de un grupo de revolucionarios entre los que se encuentra un militar, un cocinero, poetas y hasta un campeador.

 

¿Por qué apostar por una novela sobre un momento histórico de Portugal?
Si uno lo hace no como historia sino como literatura es bueno porque tiene el lenguaje del deseo, tiene el lenguaje de la salvación, eso es absolutamente importante para mí. Yo cito la frase de Adorno “a la luz de la redención” porque entonces la historia se torna fantástica, se transfigura. Cuando nosotros con la literatura transfiguramos la historia ofrecemos una parábola. Esa parábola es siempre más explicativa porque va al corazón del lector, mientras que historia es muy distinta porque la historia nos amarra completamente a los hechos reales, en tanto que la fantasía literaria abre una ventana para el futuro.

 

¿La literatura abre una ventana al futuro y nos salva?
La literatura es una disciplina indispensable para la salvación de los países, para la comprensión de los países, hoy en día que estamos delante de una globalización que es una globalización de objetos, una globalización de viajes, pero no en una globalización de pensamientos. No somos aún iguales, no somos aún idénticos, felizmente no lo somos aún. Tenemos nuestras visiones nacionales, no digo nacionalistas porque eso es un pecado grosero muy grave, pero tenemos pensamientos singulares conforme se juntan nuestras tradiciones. Si las compartimos eso es maravilloso.

 

 

¿En la ficción la historia de un país entra a los corazones?
Es la posibilidad de crear alteridades. Entonces para mí la literatura hoy, cuando habla de las singularidades de los países, de las historias de los países, y lo muestra a los otros abre una ventana. Eso es hablar de alteridad.
Yo soy del grupo de George Steiner que habla de las presencias reales; que cuando uno empieza a leer una obra debe entrar ceremoniosamente. Los portugueses escriben en una forma litúrgica, en algunos casos es una literatura un poco difícil porque nosotros tenemos una especie de escritura poética. Entonces los lectores que están habituados a una literatura anglosajona piensan que nosotros escribimos mal, que no sabemos narrar, más no es eso: es nuestra forma singular de narrar.

 

¿Más litúrgica es más reposada?
Lo que yo le pido a los lectores es que sigan leyendo a los portugueses. Y cuando lean mis libros en particular les pido que tengan un poco de paciencia, que entren lento. Lo que hacen con António Lobo Antunes la primera vez es entrar lento; lo que hacen con Saramago es entrar lento; lo que hacen con una escritora muy grande como Agustina Bessa-Luís es entrar lento, entrar despacio, con ceremonia, porque nosotros tenemos algo para ofrecer, pero es lento. A mí me gusta que sea así. Es nuestra raíz.

 

 

¿Es una literatura que invita a perderse?
A perderse en este laberinto. Hay que perderse para encontrarse. Ésta —dice sobre Los memorables— es una historia sobre la traición de la historia. Yo sé que mucha gente cuando llega a la última página llora porque siente que la verdad no está siendo dicha, que es necesario enarbolar una verdad, que sobre todo es necesario recordar 24 horas fantásticas que han sido sumergidas por lo que ocurrió después. Entonces la gente se siente excitada, no frustrada pero sí excitada, por la visión de que esa historia ha traicionado a los propios protagonistas, que ya no saben quiénes son y han olvidado su propio papel, que la memoria ha traicionado a la verdad.

 

 

¿En Los memorables hay un deseo de recuperar a la verdad?
A mí me parece que es importante para el lector ir por esas capas de sucesivas verdades; por ejemplo, hay muertos que hablan dentro de la cabeza de la joven periodista que ve la silla en donde ha estado el memorable que no está más, pero ella escucha sus palabras porque el periodista ha estudiado los documentos que están guardados y ha visto que la historia no habla de ellos.
Los periodistas de este libro quieren alcanzar una verdad, pero esa verdad pasó transfigurada. La protagonista está delante de la silla que está gastada por tantas veces que sentaron al hombre que fue traído por sus compañeros. El hombre aquel que ha dado la vida tres veces pero que, después, ha sido relegado. Y que al final lo único que quería era una pequeña pensión de alimentos para su familia cuando supo que iba a morir, y que le fue negada.

 

 

¿Fue una escritura dolorosa?
He escrito rápido este libro, he estudiado mucho y he hecho muchas lecturas, pero la escritura ha sido rápida. Claro que comprendo que la lectura debe ser lenta porque hay capas de verdad, hasta el final, cuando lo que pasa es una fantasía. Esas capas de verdad yo las doy en dosis sucesivas. Los memorables, los que hicieron la Revolución de los claveles, fueron olvidados.
Quise escribir sobre esos hombres. Hablé con todos. Les he dicho: “voy a escribir sobre vosotros pero vosotros no seréis héroes. Vosotros seréis memorables, hablaréis de hechos, ¿estás de acuerdo?” Ellos dijeron: “sí, por favor, puedes seguir adelante”. Y yo seguí adelante.

 

 

¿Los memorables no quieren ser olvidados?
Escribí esta novela pensando en los lectores jóvenes, en alguien que no conoce nada. A los protagonistas los imaginé muertos y después resucitados: gente resucitada que viene con una luz que está llena de imperfección. No son más los verdaderos que existieron. Es una especie de creación literaria única en mi vida porque no hay cuerpos reales. Es un libro hecho con mi propia sangre, un libro muy especial.

 

 

¿Cómo sale de esta inmersión a la historia?
Yo me dejo ir por esa fantasía, me dejó llevar y me transformo un poco en todos los personajes. Amo a los imperfectos y perfectos, me dejo invadir por esa diferencia. No escribí sobre mí misma, tengo mucha dificultad en hablar desde el yo, el yo como yo. Por ejemplo, escribo poemas para mí misma, para guardarlos. Tengo un poco de vergüenza de hablar de mí misma, pero hablo como otros yoes, como otros personajes, y me dejo ir.
Cuando hablé del campeador, hablé de ese personaje tan conmovedor pero que no existe, porque en la vida real se cree un actor, pero es un mal actor. Sin embargo, él fue el cerebro de la revolución. Es un hombre fantástico, es como un niño viejo, es un soñador. Fue muy importante crear a ese hombre sobre su caballo, que se imagina que va a ser visto por la BBC, y después es una broma cruel. Ha sido tan importante en mi vida porque lo he vivido yo misma. Yo marché sobre ese caballo, marché sobre esas olas. Él decía: “yo soy el héroe del mar”, como en nuestro himno nacional que dice héroes del mar, grande pueblo, grande vida inmoral. Él se creía un gran héroe del mar, el héroe portugués, pero en realidad no lo era para nada. Fue como si yo creara mi Don Quijote. Quería mi Don Quijote. Y él es para mí mi Don Quijote.

 

 

¿Hay en este momento en Portugal un renovado optimismo?
Nosotros estamos saliendo de un trauma muy grande porque hemos sido de nuevo intervenidos por el Fondo Monetario Internacional. Eso es muy grave, muy duro, muy doloroso. Ha obligado a la migración de los más jóvenes y de los universitarios, a los que preparamos para salir. Pero hay una cosa positiva entre nosotros que nos da mucha esperanza: una coalición de izquierda que está funcionando. Es la primera vez que hay una alianza. Eso ha creado una esperanza entre los obreros, entre la gente más pobre. Sobre todo se está luchando contra la ausencia de reglas en el trabajo. Entonces Europa nos mira nos cierto respeto, cosa que no ocurría. Portugal se está volviendo fuerte. Somos un país con poca autoestima, pero en este momento miramos con sorpresa. Porque incluso abrimos las puertas a los migrantes y los acogemos muy bien.
La gente acoge muy bien a los migrantes. Me sorprende que en Portugal hay un movimiento positivo. Los portugueses lo sabemos muy bien porque nosotros hemos sido muy pobres. Nuestro ADN es un ADN de migrantes económicos. Nosotros todos tenemos un abuelo que ha sido migrante y que era analfabeto. Ese sentimiento hace llorar a las personas.

 

 

¿Trabaja en una nueva historia?
Tengo otro libro que se llama Estuario. Es la historia de una familia portuguesa que pierde todo durante la crisis. Cuando una familia empieza a perder frente a la catástrofe, sea el tiempo que sea, surge el sentimiento de quien no puede luchar más y empieza a autoinculparse. Uno de ellos, el más joven de todos —que ha estado en África y ha participado en un campo de concentración en un país africano—, comprende que si el mundo no encuentra pronto otras reglas se va a acabar. Él es insensible al drama familiar porque piensa que es resultado del drama global. Al final comprende que no salvará al mundo global, sino que aprende a salvar a quienes están próximos. Comprende que aprendiendo a salvar a su familia es como encontrará la fórmula para después salvar a los otros. Esa historia ocurre al borde del río portugués Tajo.

 

FOTO:  La escritora Lídia Jorge, fotografiada en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. / Juan Boites / EL UNIVERSAL

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