Mujercitos! Historias del deseo reprimido

Jun 27 • Conexiones, destacamos, principales • 9343 Views • No hay comentarios en Mujercitos! Historias del deseo reprimido

 

POR GERARDO ANTONIO MARTÍNEZ

 

A mediados de los años 70, en una Comandancia de Policía se remitió a una persona acusada de reñir en la zona roja con una “dama de la noche”. Ya tras bartolinas, los oficiales alarmados descubrieron que la detenida, a la que apodaban “La Chiquis”, era en realidad Rodrigo Antonio Rosado, alias “El Tony”, donde “los policías, asqueados, lo raparon como castigo!” (sic).

 

 

Este hecho, recogido por la edición de la siguiente semana de la revista Alarma!, muestra algunos de los juicios de la sociedad mexicana tenía sobre las sexualidades periféricas y el tratamiento que la prensa daba a los hechos que involucraban a homosexuales, travestis y transgéneros en varias ciudades del país.

 

 

Por más de cincuenta años, desde 1963 hasta 2014, la revista Alarma! se dedicó a satisfacer la demanda de nota roja dura de los lectores de todo México. Mutilados, linchados, cuerpos calcinados, no natos abortados, “sanchos” entamalados, entre otras linduras alimentaron por décadas el morbo de los lectores mexicanos.

 

 

De esta colección de casos recopilados en las páginas de este semanario sensacionalista, la investigadora Susana Vargas hace en su libro Mujercitos! una relectura del material gráfico de los “alborotos”, “orgías” y “actos cínicos” en que se vieron involucrados, “raritos” y “lilos”, así como los códigos que esta misma comunidad usaba ante las cámaras.

 

 

“Encontré 286 historias en total, de éstas 120 trataban de ‘mujercitos’. En la mayoría de ellas los personajes aparecían posando. En 20 historias se hablaba de ‘mujercitos’ siguiendo la narrativa criminal de la revista Alarma!. Todas las demás eran por bodas, orgías o redadas. En realidad parecía que eran pretextos para tener fotos de ‘mujercitos’. No se sabe exactamente por qué estaban criminalizados, cuál era el delito, la multa. Sólo se mostraban a la foto posando. Y sólo en dos de ellas, los personajes no miraban a la cámara. En todas las demás están retando, están desafiando, cambiando las dinámicas de poder entre el fotógrafo y el sujeto fotografiado.”

 

 

La investigadora, quien durante cinco años exploró los archivos de esta revista que publicó su último número el 17 de febrero de 2014, comenta que su estudio sobre los códigos estéticos de la comunidad homosexual y travesti en Alarma! surgió de la intención de presentar un registro gráfico de la tesis de doctorado que desarrolló en paralelo en la Universidad de McGill, en Canadá, sobre los estamentos “pigmentocráticos” en México.

 

 

A casi tres décadas de que se cerrara la primera época de esta revista, que suspendió su tiraje entre 1986 y 1991, Vargas Cervantes relata que algunas escenas que fueron reproducidas en las páginas de este semanario funcionan como testimonios de la transición de los conceptos de la sexualidad de los personajes fotografiados, los lectores y de los periodistas de nota roja.

 

 

“Los ‘mujercitos’ aparecen posando no para la cámara de Alarma!, sino para una foto de sociales. En la sección de Bodas están posando para su álbum de fotografías de Pop Magazine. Utilizan la fotografía como espacio de resistencia y de subversión a las formas de violencia en México. Alguien que supiera descifrar esos códigos estaba deseando ser un ‘mujercito’. Por ejemplo en la foto de ‘La Magali’ menciona que la puedes encontrar los lunes, miércoles y viernes afuera de Bellas Artes. Alarma! funcionaba hasta como anuncio de clasificados.”

 

 

Las 127 páginas de Mujercitos!, publicado por Editorial RM, hacen un recuento de la primera época de Alarma!, en la que a comparación de las segunda y última época se dio más espacio a los casos de travestismo narrados por los reporteros que este semanario tenía en varias ciudades del país. De este modo, a lo largo de 23 años los lectores mexicanos de nota roja pudieron enterarse de los casos más sanguinarios de crímenes pasionales y de delincuencia organizada en el país, pero al menos una vez al mes se consignaban historias de redadas contra homosexuales y travestis en Ciudad Juárez, Poza Rica, Mazatlán, Zamora, Coatzacoalcos, Guadalajara y Monterrey.

 

 

De las 120 perfiles recopilados por Vargas, sólo 20 de ellas están involucradas directamente en historias criminales. El resto se explotó en planas que retratan a los personajes como sujetos de arresto en redadas, bodas entre personas dos presidiarios del mismo sexo o de detenidos a partir de denuncias de vecinos.

 

 

Uno de estos casos de relación criminal es el de “‘Las Flores Marchitas”, que en el número 638 de Alarma! consignó la historia de un grupo de travestis que en los rumbos de Ciudad Satélite ofrecía su compañía a visitantes de centros nocturnos para después asaltarlos. “‘Las Flores Marchitas’, a sabiendas de que nunca serían denunciados a las autoridades, desde hace más de dos años se dedicaban a este tipo de asaltos”, menciona la nota la Julio Peralta con fotografías de Juan Manuel Camacho.

 

 

“Después del 91 ya no hay tantas notas de ‘mujercitos’. Ahora el vocablo políticamente correcto es gay. Ya hay grupos de derechos humanos que están muy atentos de cómo es el tratamiento de la prensa hacia las sexualidades periféricas. En su segunda época este semanario tenía un competidor que se llamaba Alerta, que tenía una sección titulada Anatomía de un homosexual. Ahí se les mostraba siempre acribillados, mutilados, víctimas de crímenes. En cambio, en Alarma! sí aparecía su espacio de subjetividad femenina que los ‘mujercitos’ reclamaban.”

 

 

Un estudio de la relación entre los textos y las fotografías expuestas en las notas de Alarma!, sostiene la investigadora, refleja no sólo las visiones que los reporteros de nota roja tenían sobre los travestis.

 

 

“El texto está ahí solo para bajar el tono de la fotografía. La misma persona que escribía el texto es la misma que tomaba la fotografía. Eso refleja mucho de la sociedad mexicana. Te permites este deseo extendido a plena vista sólo descifrable para quienes tienen estos códigos, que deseen un ‘mujercito’, pero te lo castigas a la hora de redactar porque es la única forma en que vas a poder tener esa fotografía.”

 

 

Otras de las lecturas desde esta perspectiva periférica es la de los estamentos de clase a partir de la pigmentación de la piel. Para ilustrar estas dinámicas, Vargas Cervantes menciona el caso de Claudia, dedicada a la prostitución y que posa arrogante para las cámaras de Alarma!.

 

 

En esas poses arrogantes busca “ocupar ese espacio de subjetividad femenina que la sociedad le niega y no busca necesariamente ser blanca, sino ocupar el espacio de blancura que es el espacio de privilegio en México. Así como hemos aprendido del feminismo que género y sexo no son la misma cosa, pero que no se pueden estudiar de forma separada, la clase y tonalidad de la piel no son la misma cosa pero sí constituyen un sistema de poder en el que no podemos hablar de clase, pero sí de tonalidad de piel. Claudia no quiere necesariamente ser blanca, pero sí ocupar el espacio de privilegios de la blancura en México, es decir ser rica, pertenecer a una posición económica alta.”

 

 

Algunas de las dinámicas y juicios que llevaron a los editores de la revista Alarma! a exhibir aquello que consideraron depravado y cínico, hoy goza de una condición distinta en la prensa. Discriminación y subversión siguen presentes, dice, en algunas publicaciones tradicionales en las que personajes transgénero han logrado transmitir discursos reivindicatorios de su identidad.

 

 

“Un ejemplo es la portada de junio de Vanity Fair con Caitlyn Jenner. Mucha gente puede leer esta revista como totalmente conservadora porque apela a una feminidad normativa, patriarcal, y al mismo tiempo representa un espacio de resistencia. Es complicado.”

 

*FOTO: Entre 1963 y 1986,  la revista Alarma! asimiló en su primera época episodios de la vida social de los travestis con la narrativa criminal./ Cortesía de Alarma! y Editorial RM

 

 

 

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