Dos nuevas óperas mexicanas

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Luciérnaga, de Gabriela Ortiz, y Harriet, de Hilda Paredes, son obras con un discurso musical sólido y efectivo que cuentan historias de resistencia frente a la opresión

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POR IVÁN MARTÍNEZ

Como hace unas semanas con IMPULSO, otro festival en la UNAM dominó la escena musical este octubre. Lo que otros años suele hacer el Festival Cervantino, ahora la atención se concentró en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario con tres actividades dentro de Vértice, un encuentro de “experimentación y vanguardia”.

 

Me refiero a esa coincidencia fascinante que fueron los estrenos de dos óperas de dos compositoras mexicanas sobre personajes femeninos de suficiente singularidad, idóneas para llevar a escena a través del lenguaje operístico: Luciérnaga (10 de octubre), de Gabriela Ortiz, y Harriet (viernes 19), de Hilda Paredes. Así como al debut mexicano del JACK Quartet (sábado 20), quienes acaban de ser nombrados ensamble del año por la revista Musical America y que también estrenaron obra de una compositora mexicana, Cristina García Islas, en un programa de deslumbrante sonoridad y elocuente visión en el que presentaron igualmente el Segundo cuarteto de Ligeti y El alquimista de John Zorn; el encuentro fortuito de lo femenino ha sido casualidad y no agenda.

 

La de Ortiz, con libreto de Silvia Peláez, se inscribió también en las conmemoraciones por los 50 años del Movimiento estudiantil de 1968 que se llevaron a cabo en la Universidad y trata sobre la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo (1924-1997), quien durante la ocupación militar de Ciudad Universitaria entre el 18 y el 30 de septiembre de ese año, vivió escondida durante esos doce días en un baño de la Torre de Humanidades. La ópera retrata su encierro con una serie consecuente de escenas poéticas consecutivas.

 

Es una pieza efectiva gracias a la música: su dramaturgia es débil en tanto se limita a hacer una secuencia de episodios poéticos a través de los que se desvela sutilmente el martirio y el consecuente trastorno de la poeta, mientras la partitura la desnuda completamente. Es con la música de Ortiz –desde su deslumbrante preludio que contextualiza– y no con la posición súper poética que adoptó Peláez para la creación con la que viajamos a la entraña, a su psicología, que la conocemos y que nos comunicamos como espectadores con ella.

 

La partitura de Ortiz, quizá la más sólida de cuantas ha escrito para escena, es rítmica, de mucho vigor y dramática. Muy descriptiva y de mucho carácter. Ha ayudado a verla como ópera y no como un oratorio dramático la puesta dirigida en esta primera ocasión por David Attie, totalmente gráfica y realista, incluso en los momentos delirantes: es junto la escenografía de Jesús Hernández con la que ambos detallan la narrativa pasiva del libreto.

 

La soprano encargada de dar voz a Alcira ha sido Cecilia Eguiarte, quien ha deslumbrado con su trabajo escénico y destacado por su ejecución limpia de las dificultades impuestas por Ortiz. El acompañamiento ha estado a cargo del Ónix ensamble y extras, dirigidos por Ludwig Carrasco, quien ha llevado formalmente la pieza con corrección, pero con superficialidad: se alcanzan a dis tinguir detalles de entraña, de profundidad dramática, que parece quedaron en el papel.

 

La ópera de Hilda Paredes es musicalmente igual de fascinante y escénicamente tan poderosa. Harriet, con el subtítulo “Escenas de la vida de Harriet Tubman” (alrededor de 1820-1913), se inscribió en el proyecto Ópera Mexicana del Siglo XXI del Festival Cervantino, donde tuvo días antes una representación. Previamente tuvo también funciones en Europa, a donde seguirá su travesía en los meses siguientes y desde donde distintos teatros e instituciones apoyaron la posibilidad de su creación.

 

Narra, en cuatro actos que se ejecutan sin interrupción, la historia de esta luchadora por los derechos negros en los Estados Unidos durante la Guerra Civil, contada por ella misma a un personaje que los historiadores han especulado se trata de su nieta.

 

La partitura es intensamente detallista y desafiante, y la parte instrumental –apenas un cuarteto de violín, guitarra, un percusionista y electrónica, dotados de partes equitativas tanto técnicamente como en su uso musical– parece estar escrita como soporte al libreto creado por Mayra Santos-Febres, cuya única debilidad es procurar demasiado la narrativa textual de la historia sin buscar las diferentes capas internas de la protagonista o las de la relación entre los personajes.

 

Más que como camino para construir esa narrativa, la escritura instrumental existe para brindar atmósfera y contexto: como apoyo a las líneas vocales cantadas por Harriet (mágica y opulenta, la soprano Claron McFadden) o el personaje de apoyo (deslumbrante en su versatilidad de actriz y cantante, la mezzo Naomi Beeldens), quienes lo mismo viajan por los caminos más intrincados de las vocalidades de vanguardia que con naturalidad se entremezclan con cantos negros citados con astucia por Paredes.

 

La ejecución fue guiada con batuta precisa y atenta de Manoj Kamps, y la parte instrumental a cargo del HERMES Ensemble. Igualmente poderoso, limpio y efectivo el diseño escénico de Jean Lacornerie apoyado por la escenografía de Miwa Matreyk: una cortina de cuerdas que sirve tanto para mirar a través de ella como soporte para distintas proyecciones.

 

FOTO: Luciérnaga es protagonizada por la soprano Cecilia Eguiarte en el papel de Alcira Soust Scaffo. / Cultura UNAM

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