Rosa Beltrán, la mirada inteligente

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Desde siempre, el mundo de Rosa Beltrán ha sido de palabras, algunas heredadas de su madre fabuladora y otras más atesoradas por la vida misma, como muestra este perfil nacido de la conversación

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POR MÓNICA LAVÍN

La amistad es un ejercicio de libertad, pero también de azar. Conocí a Rosa Beltrán hace 32 años, presentábamos nuestro primer libro en la colección Letras Nuevas del SEP-Crea en la Librería del Templo Mayor, que ya no existe (nuestros libros de cuentos, con un rostro de teclado de máquina de escribir tampoco se ven más). Estrenábamos exposición pública y, ella y yo siempre lo recordaremos, entre el puñado de cercanos familiares que nos acompañaban a Oscar de la Borbolla, a ella y a mí (pues fue tripartita la presentación), con Aline Petterson presidiendo la mesa y de alguna manera empujándonos a la luz pública, estaba la Peque, Josefina Vicens. Lo recordamos porque la Peque se puso de pie y añadió algunos comentarios después de las arropadoras palabras de Aline que nos hicieron sentir muy bien. Afortunadas. Tal vez había algo en el sino de aquel momento que presagiaba la amistad con Rosa Beltrán, cinco años menor que yo (ella cumplía 26 años y yo había llegado safe a la colección Letras nuevas que fue para menores de 30 años), y a quien no volví a ver sino años después en uno de esos fabulosos encuentros literario ecológicos, a borde de mar, que organizaba Leonardo Da Jandra en Huatulco. Entonces arrancó la complicidad que hoy me tiene aquí compartiendo con Jorge Volpi y Ana García Bergua el reconocimiento a la escritora y amiga.

 

De aquel primer momento, esa tarde en la librería, donde ponía un pie en el mundo de los escritores tan poco familiar para mí, recuerdo a Rosa hablando con mucha seguridad, leyendo de un cuaderno de puño y letra la novela que estaba preparando, así dijo. ¿Novela?, pensé yo admirándola desde ya porque Rosa no sólo escribía cuento sino compartía un trabajo en ciernes, llevaba tinta fresca y seguramente escribía todos los días, y su mundo era de palabras desde siempre. No me equivocaba, lo comprobé al paso del tiempo cuando la escuché decir que ella le robaba tiempo a la escritura para la vida. No como muchos decimos, que tenemos que pellizcarle tiempo a la vida para escribir. La imaginé entrando y saliendo de los libros como si abatiera las puertas de la casa que comparte con Ernesto Alcocer, su marido y escritor. La imaginé asombrada por el lenguaje y su textura, su ambigüedad y su sugerencia como ella misma lo resalta cuando escribe sobre lo que las palabras evocaban en su imaginación infantil. Aquello de ser un tenedor de libros, como lo era su abuelo, le parecía más un afortunado poseedor de biblioteca que un anotador de cuentas en un cuaderno de contabilidad. Dice que su madre, la fabuladora, le acercó el mundo de las palabras pues era ella, mientras el padre proveía, quien le narraba el mundo cercano. La escritora crecía sin dudas sobre su placer lector, sobre el territorio donde quería estar como le ocurre a la protagonista de Efectos secundarios, la novela sobre la lectora-presentadora a quien continuamente llega un libro con el cintillo “la mejor novela del mundo”… y que acaba absorbida y atenta a la lectura de una realidad violenta que ya no la deja vivir exaltada en el mundo de palabras.

 

Eso es lo que hace continuamente la mirada inteligente de Rosa, leer el mundo, leer los gestos, las apariencias, lo que está ocurriendo, por eso escucharla contar algo, el viaje a Kuala Lumpur a ver a su hija, la salida por el puente de la UNAM el día del temblor, la conversación con algún escritor, escenas en la cocina de su casa, todo es motivo de crónica. Es una cronista natural, algunos de sus cuentos tienen algo de ello. Y no se pueden perder la que ahora aparece en el libro de crónicas sobre Acapulco, donde nos pone el Acapulco del imaginario de la clase media de los cincuenta al alcance de una copa en la Playa Condesa para beberlo a gozo de palabras, imágenes y sintiéndonos muy cerca de un mundo de tías y padres celebrando lunas de miel entre el glamour hollywoodense. Rosa escanea, indaga, ve más allá de lo obvio y escoge ese tono natural, desenfadado y sincero que la hace tan próxima en un género (la crónica) de la que ahora se expresa con entusiasmo (incluso ha fundado una colección en la Dirección de Literatura de la UNAM), y que es tan parte de ella como necesario en estos tiempos.

 

La conocí como cuentista en La espera y la leí con entusiasmo ya habiendo estrenado amistad y conversaciones largas con Amores que matan, libro de cuentos donde su sentido del humor, su ironía fina, su certero desvestir nuestras maneras, y las maneras de un tiempo en mudanza me hacen atesorarlo y envidiarle la estrategia de libro que crece. Las nuevas ediciones de este cuentario van engordando con cuentos memorables que se suman a los muy antologados “Grafitti” y “Shere-sade”. Mujeres miradas desde dos espacios, el baño de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM donde las puertas y los muros son puentes de palabras, y la cama donde la amante del escritor tiene que emular a las anteriores en las posiciones sexuales que él le exige para que todas estén presentes en ese presente íntimo. Una y otra resultan salvadoras de las que les preceden, establecen un diálogo con las otras mujeres, a través de la desesperación o el asombro.

 

Además de escribir cuento, un día Rosa y yo descubrimos que habíamos leído con el mismo entusiasmo el cuento de un italiano emigrado a Canadá: Arturo Vivante, “Can can”. Fue tan extraño coincidir en aquella pieza breve, era como encontrarse a la misma hora en un café de una agitada ciudad, confirmé que la amistad entre nosotras tenía un sello distintivo, podíamos hablar de la vida y sus vicisitudes, y podíamos conversar lecturas y recargar la incertidumbre o el entusiasmo sobre lo que estábamos escribiendo. Así nos confesamos la pasión por Carson McCullers, Raymond Carver y John Cheever, Alice Munro, ya había sido señalada como excepcional por la pasión lectora de Rosa, antes de recibir el Nobel. Intercambiamos asombros y Rosa, además del doctorado en Letras Comparadas al que dedicó varios años en Los Ángeles y a través del que me permite ver detrás de los libros el diálogo con las tradiciones, las coordenadas en el tiempo y el espacio, siempre me abre boquetes de lecturas necesarias. Le creo. Concuerdo con su gusto y me regodeo en su voluptuosidad lectora.

 

Arriesgada en la novela, su mirada se ha posado sobre nuestra historia, sobre las familias, sobre las parejas, sobre Darwin y el nuevo coleccionismo de una evolución que parece no darse, porque Rosa siempre se está preguntando quiénes somos frente a esos modelos que perseguimos, frente a lo tecnológico, al culto por la apariencia, al machismo, al cuerpo y su veneración, a las colecciones de santos, de casos, de especímenes, de libros, de melodramas del cine mexicano que ella adora y sabe colocar como lupa en la exageración de nuestras maneras. La agudeza y el sentido del humor la hacen necesaria para conversar el mundo de lo público y lo privado y por eso es mi privilegio estar a la vera de sus escritos y de su amistad.

 

Hay algo que me rebasa. ¿Cómo hace Rosa para hacer todo lo que hace? Desde la Dirección de Literatura maneja colecciones de libros y muchos proyectos, fundó Solo cuento (con 8 tomos) para difundir y poner a dialogar al cuento que se escribe hoy en Hispanoamérica, lee a los nuevos escritores, asiste al mundo de compromisos formales, académicos, administrativos, participa en La Academia Mexicana de la Lengua donde es la escritora más joven. ¿Cómo le hace para estar atenta a su familia, ser ahora una abuela orgullosa y seguir habitando el mundo de libros y debatiéndose entre las ideas y los textos que explora porque las formas escritas y las maneras de leer el mundo son siempre un reto que desea, que enfrenta y al que va dando cauce para que podamos acompañarla en La corte de los ilusos, El paraíso que fuimos, Alta infidelidad, El cuerpo expuesto?

 

Ahora que hemos estado grabando el programa Contraseñas en el Canal 22, y que me digo cada miércoles: hoy sí voy a llegar antes que Rosa, no hay manera. Ella ya está allí, sonriendo, platicando con las maquillistas, diciendo que asistió a la Cátedra Mandela, hablando del libro de nuestro entrevistado, desplegando un gusto por la vida y una capacidad de estar y de hacer las cosas no sólo bien, sino muy bien, y con un enorme compromiso que es difícil igualar. ¿Cómo le hace Rosa para en medio de aquel maremoto atender las peticiones de sus más queridos o de una amiga como yo que de pronto necesita verla cualquier día en medio del bullicio, cómo encuentra esa rebanada de tiempo para las zozobras de la emoción? ¿Cómo le hace para corresponder a cada uno de los que la aprecia, la quiere, la admira, la precisa? Si algo la distingue además de su lucidez, su talento y su sentido del humor, es su enorme generosidad.

 

Alguna vez logramos reunirnos Ana García Bergua, Verónica Murguía, Rosa y yo para tallerear nuestras novelas, fueron tiempos dichosos cuando la ciudad y nuestro propio trajín laboral permitían ese remanso. Era un placer además de atender lo particular de los textos, preguntarnos sobre el sentido de la escritura misma. Cada vez resulta más difícil encontrar el tiempo para la conversación, es preciso hacerlo contra viento y marea. Qué bien hacer este alto compartido para festejar los libros que ha escrito Rosa Beltrán y los que vendrán, esas ventanas de su original mirada que nos permiten habitar el mundo con mayor certeza de que sus letras son boyas necesarias y la calidad de su persona un raro y privilegiado hallazgo.

 

Texto leído en Protagonistas de la Literatura Mexicana, Sala Manuel M. Ponce, 28 de agosto

 

FOTO:  Rosa Beltrán, autora de La corte de los ilusos (1995), es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 2016. / Cuartoscuro

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